lunes, 4 de febrero de 2013

Historia y New Age: la epidemia Da Vinci - Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña

Historia y New Age: la epidemia Da Vinci
Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña


Numerosos expertos han catalogado el fenómeno espiritual post-moderno de la llamada New Age (Nueva Era) como una "religiosidad de supermercado", es decir, una religiosidad sincrética en la que funciona algo tan actual como el "hágalo usted mismo". Cada creyente se fabrica una religión a su medida personal, rechazando aquello que le causa disgusto o intuye que le va a suponer un esfuerzo o sacrificio y abrazando los aspectos más placenteros y consoladores de cada religión. Es ésta una religiosidad emocional y panteísta en la que el denominador común es el rechazo de toda autoridad, magisterio y tradición. Las sectas y movimientos de la Nueva Era se esfuerzan en halagar al posible "cliente" con promesas de felicidad y listas de "derechos" de los hijos de Dios: ningún deber para con el Altísimo no sea que se asusten.

En mi condición de historiador asisto en los últimos años, cabe decir que estupefacto, a la extensión exitosa y vertiginosa del virus New Age al campo de la Historia, en concreto de la divulgación histórica novelada. Este virus presenta los mismos síntomas en el ámbito de la Historia que en el de la espiritualidad. Podríamos decir que es una "Historia de supermercado" en la que el pseudo-historiador o novelista de turno pica de aquí y allá algunos aspectos históricos y los entremezcla sin criterio en un totum revolutum en el que el lector no precavido no advierte la diferencia entre la historia y la ficción.

Al igual que sucede con la religiosidad New Age, la pseudo-historia New Age se queda con aquellos aspectos más morbosos/misteriosos de la Historia científica para mezclarlos arbitrariamente con fantasías e invenciones sin preocuparse lo más mínimo de "cosas" tales como el rigor, las fuentes documentales, la coherencia o la contextualización. Ni que decir tiene que esa otra cosa llamada "verdad" les trae al pairo. De hecho, cabría decir que esta forma de hacer historia es un retroceso a algo que creíamos superado con Sócrates: el mito.

Me temo que la razón está siendo abandonada por estos buscadores de fantasía y misterio en aras de un retorno irracional al mito y la leyenda, un retorno muy propio de la Post-modernidad. Mi corazón me dice que esto es cierto, que me gustaría que esto fuera cierto (en muchas ocasiones, basta con que ese hecho en cuestión deje en mal lugar a la Iglesia Católica, objeto hoy día de tantas antipatías) y, por consiguiente ¡tiene que ser cierto!

Ciertamente, el éxito de El Señor de los Anillos o Harry Potter son indicativos de la existencia de una sed de maravillas, de una demanda de fantasía en una sociedad triste, desangelada, sin espíritu, sin Dios y sin alegría. La evasión literaria es algo comprensible y hasta saludable cuando la realidad resulta agobiante y te aplasta como sucede en nuestra sociedad post-industrial. Además, todo hay que decirlo, la calidad literaria de J. R. R. Tolkien es indiscutible y la inmersión en su maravilloso mundo imaginario de la Tierra Media solo puede hacer bien a los espíritus.

Ahora bien, el éxito de bodrios literarios como El Código Da Vinci y sus innumerables imitadores (en España tenemos a periodistas poco cultivadas triunfando rotundamente en las listas de ventas con novelas anticatólicas como El último Catón o La Hermandad de la Sábana Santa) resulta ser un fenómeno infinitamente más grave y preocupante que la querencia por Harry Potter.

Generaciones enteras de lectores están descubriendo una historia que no les han contado y dando crédito buena parte de ellos a una serie de embustes y fantasías como si fuera la versión correcta, oculta hasta ahora, de la historia de la Iglesia y de Occidente. No se me ocurre un ejemplo más claro de las consecuencias malignas que puede tener la ruptura de la New Age en particular y la Postmodernidad en general con el concepto de autoridad, algo tan propio del mundo científico como del eclesiástico.

Y es que la quiebra de la creencia en la autoridad eclesiástica o en todo tipo de magisterio espiritual ha preparado a muchas almas para la incredulidad en cualquier otro tipo de magisterio, sea este científico, social o político. ¿A qué sino se debe la creencia de tantos en las visitas extraterrestres, el tarot o la astrología a pesar de que el mundo académico es unánime en denunciarlo como superchería? Pues bien, lo que han venido sufriendo desde hace décadas las cátedras episcopales ahora lo vamos a sufrir las cátedras profesorales (por cierto, hijas éstas de aquellas en la Edad Media).

El descrédito de la ciencia histórica ante unas masas populares que optaran siempre por unos templarios esotéricos y protomasones antes que por los templarios reales, duros soldados fieles al Pontífice Romano, resulta, sin duda, inexorable. No podemos competir con la fantasía y la novela. Las estanterías del Corte Inglés dan fe de ello, apenas hay un libro escrito por un historiador sobre este tema por veinte de corte sensacionalista. Si non e vero.

¿A dónde vamos a ir a parar si mi magisterio académico de doctor en Historia Medieval vale lo mismo que el de cualquier periodista ágrafa metida a novelista? Recuerdo muy bien una conversación con una alumna mía en la que yo intentaba demostrarle la falta absoluta de historicidad del Código Da Vinci y ella, obcecada, negaba y negaba mis evidencias con la fe del carbonero. Había decidido que eso tenía que ser cierto a pesar de cualquier prueba objetiva que lo contradijera. Para que luego digan que los católicos somos fanáticos e irracionales por creer en los milagros de Lourdes o Fátima.

Un último apunte para concluir: Dan Brown y su Código Da Vinci no son inocuos. No estamos ante un novelista que se está haciendo de oro sin más con una mezcla de historia y fantasía. Estamos ante alguien con una ideología y un programa, ante un apóstol de la Diosa Madre que quiere terminar con el prestigio y la imagen de la Iglesia Católica en particular y del Cristianismo en general. ¿Cómo sino interpretar afirmaciones tales como que la Iglesia quemó a cinco millones de brujas (p. 158) cuando todos los especialistas, con Brian Pavlac a la cabeza, limitan la cifra a 30.000 a lo sumo para el periodo 1400-1800 (por cierto, el 90% víctimas de la Inquisición protestante y no de la católica!)








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