Mons. Antonio Marino
Homilía en el Domingo de Ramos, en la Catedral de Mar del Plata, el 24 de marzo de 2013.
Queridos hermanos:
I. Semana Santa
Esta celebración del Domingo de Ramos, nos introduce en la Semana Santa. Todas las semanas del año son tiempo de gracia y de la abundante misericordia de Dios. Pero ésta no es una semana más. Una manifestación mayor de esa misericordia nos espera. Es por cierto legítimo vincular con el descanso los feriados de los próximos días santos. Pero qué pobreza espiritual sería la nuestra, si los dejáramos pasar como días de simple turismo mundano, sin intensificar nuestra oración, sin procurar renovarnos mediante la gracia de los sacramentos y la participación fervorosa en los diversos actos de piedad. En estos días se contiene la respuesta a las preguntas más importantes de la vida. ¡No los dejemos pasar sin que dejen una huella en nosotros!
II. Domingo de Ramos
En el día de hoy se juntan dos aspectos que parecen contradictorios: el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén, aclamado como Rey y Mesías; y el relato de su pasión, muerte y sepultura. La gloria y el fracaso humano. Procuremos entender.
Con fervor de creyentes hemos participado en la bendición y en la festiva procesión con los ramos y palmas. Con espíritu de fe, los hemos levantado para imitar el entusiasmo de los discípulos que aclamaron a Jesús cuando se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos. Lo mismo que ellos, “llenos de alegría”, hemos querido reconocerlo como Rey y Mesías: “¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lc 19, 38).
Estos ramos que llevaremos a nuestras casas, encierran un simbolismo y nos mueven a un compromiso. Constituyen un recuerdo de lo que aquí hemos hecho. No son mágicos sino provocadores, porque nos estarán preguntando a lo largo del año si llevamos de manera coherente el nombre de cristianos que nos honra.



