martes, 24 de febrero de 2009

Dispersos por el mundo y unidos al Papa en la fe - San Luis Orione


Dispersos por el mundo y unidos al Papa en la fe
San Luis Orione


Durante el viaje de despedida, navegando por el río Paraná, desde Itatí a Buenos Aires (29 de junio de 1937). Comparte con sus religiosos dispersos por el mundo la profunda ansia pastoral de llevar a los humildes y pequeños al Papa, a la Iglesia, a Cristo.


Hoy es la fiesta del apóstol San Pedro, fiesta del Papa. Desde ayer a la una de la madrugada estoy navegando por el Paraná, a eso de las seis de la tarde espero llegar a Rosario, donde permaneceré esta noche y parte del día de mañana; luego una escapada a Buenos Aires para la última visita a las otras casas.En todas partes hoy se ora por el Papa, se enaltece al Papa, se mira con inmenso amor a Roma y al Papa, "dulce Cristo en la tierra". Y yo en medio del río Paraná pienso en los hermanos e hijos que dejé ayer en medio de la noche en los extremos confines de la Argentina, frente al Paraguay; en los que están en el Chaco, en los que veré esta noche en Rosario, en los que están en la Pampa, en Mar del Plata, y en otros puntos de esta república; en los del Uruguay y el Brasil; en los de Albania, Rodas, Inglaterra, Polonia; y en Uds. que están en Italia. Hoy, todos unidos conmigo, distantes pero no divididos, desperdigados pero todos unidos en la fe común y el mismo amor de hijos fieles, hoy nos consolamos mutuamente, rezamos todos juntos por el Papa, celebramos y honramos a Jesús y al Apóstol Pedro en nuestro Papa Pío XI.

Tenemos que palpitar y hacer palpitar miles y millones de corazones en torno al corazón del Papa: tenemos que conducir a él, de manera especial, a los pequeños, y a la humilde y tan insidiada clase trabajadora; guiar hacia el Papa a los pobres, los afligidos, los marginados, que son los predilectos de Jesús, los verdaderos tesoros de su Iglesia.

El Papa es el padre del rico tanto como del pobre; para El no existen nobles o plebeyos, sino sólo hijos; del Papa viene la fe, la luz, la mansedumbre de Jesús, que es bálsamo para los corazones y alivio y consuelo para los pueblos.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder del Infierno no prevalecerá contra ella" [Mat 16, 18]

Pasaron los siglos y estas palabras de Jesús resuenan a través de los tiempos, y de todas las tempestades del mundo. Contra el Papa y la Iglesia se desataron furiosas y terribles tempestades que lejos de sumergir a la Iglesia y al papado, los convirtieron en la mayor potencia espiritual y moral, y muestran cada día más y mejor, que la Iglesia y el Papado son obra de Dios, fuerza de Dios.

¡Admirable unidad, vital y orgánica, la de la Santa Iglesia! Nosotros, por el Bautismo y por el Papa, no formamos más que un solo cuerpo, vivificado por el único y mismo Espíritu Santo: un solo Rebaño, bajo la guía de un solo Pastor: el Papa.

Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia, ni contra el Papa, a quien Cristo ha dado las llaves del reino de los cielos, y la promesa solemne de que todo lo que ate en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desate en la tierra será desatado en los cielos.[Mat 16, 19]

En el Papa nosotros reconocemos no sólo al Vicario de Cristo, la Cabeza infalible de la Iglesia, inspirada y guiada por el Espíritu Santo, y el fundamento de nuestra Religión, sino también la piedra firme de la sociedad humana.

El Papa es la síntesis viviente de todo el cristianismo, es la cabeza y el corazón de la Iglesia, es luz de verdad indefectible, es la llama perenne que arde y resplandece sobre el monte santo. ¡Donde está Pedro, está la Iglesia; donde está la Iglesia, está Cristo; donde está Cristo, está el camino, la verdad, la vida!


martes, 17 de febrero de 2009

COMPRADOS A GRAN PRECIO - La pornografía: un ataque al templo vivo de Dios - Mons. Paul Loverde


COMPRADOS A GRAN PRECIO
La pornografía: un ataque al templo vivo de Dios



Carta pastoral de Monseñor Paul S. Loverde, Obispo de la Diócesis de Arlington
30 de noviembre de 2006



Por ventura, ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio? 1 Cor. 6,19-20



I. Introducción: "La vida del hombre es la visión de Dios" (San Ireneo)


En mis cuarenta años de sacerdocio, he presenciado la propagación del mal de la pornografía como una plaga a través de nuestra cultura. Lo que alguna vez fue un vicio vergonzoso y poco frecuente de unos pocos, se ha convertido en la principal forma de entretenimiento de muchos, por medio de la Internet, la televisión por cable, por satélite y por sistemas de transmisión aérea, los teléfonos celulares y aun varios dispositivos portátiles de juego y entretenimiento diseñados para niños y adolescentes.


Nunca antes habían estado tantos estadounidenses tentados a ver pornografía. Nunca antes habían sido tan débiles las estructuras de responsabilidad, para no mencionar las defensas que cada sociedad debe construir para proteger el precioso don de sus hijos.


Esta plaga arruina el alma de los hombres, las mujeres y los niños, destruye los vínculos del matrimonio y victimiza a los más inocentes entre nosotros. Oscurece y destruye la capacidad de las personas para verse unas a otras como expresiones singulares y hermosas de la creación de Dios; en lugar de ello les nubla la vista y las lleva a ver a otras como objetos que se pueden usar y manipular. Se ha justificado como un canal de libre expresión, apoyado como una iniciativa comercial y permitido como apenas otra forma de entretenimiento. No se reconoce ampliamente como una amenaza a la vida y a la felicidad. No suele tratarse como una adicción destructora. Cambia la forma en que los hombres y las mujeres se tratan entre sí a veces de forma asombrosa, pero a menudo sutil. Y no va a desaparecer.


Me he enterado de la existencia de esta plaga por mis hermanos sacerdotes que la enfrentan regularmente en el confesionario; por los orientadores que la tratan por medio de nuestras varias instituciones católicas de servicio social; por los maestros de las escuelas católicas, los ministerios de los jóvenes y los maestros de educación religiosa que enfrentan sus efectos en la vida de nuestros jóvenes; por los padres de familia que hablan de la dificultad de criar a sus hijos con modestia en nuestra cultura; y por mi participación en la Alianza Religiosa en contra de la Pornografía, una coalición de líderes religiosos de distintos credos.


Con todo, esta plaga se propaga más allá de los límites de la Iglesia o de la escuela. Sus víctimas son innumerables. Hoy en día, quizá más que en cualquier otra época, el ser humano se da cuenta de que su don de la vista y, por lo tanto, su visión de Dios se han distorsionado por el mal de la pornografía.


Como parte de mi responsabilidad de conducir a toda la población de la Diócesis de Arlington a la visión de Dios, he estimado necesario en este momento abordar los graves peligros morales, sociales y espirituales de la pornografía. Al hacerlo, pido a los católicos y a quienes no lo son que se detengan un momento y se unan en mis reflexiones en esta carta pastoral en la cual: 1) se examinará la naturaleza de la amenaza actual; 2) se abordarán los argumentos expresados por las personas que tratan los jóvenes, las parejas y los sacerdotes sobre la forma de protegerse contra la pornografía, liberarse de su esclavitud y buscar el perdón de Dios y, por último, 4) se reflexionará sobre el don de la vista y su satisfacción en la contemplación divina.



II. La naturaleza de la amenaza actual: una falta grave


En el mundo del arte a menudo se ha mostrado el cuerpo humano, vestido y desnudo, en varias representaciones y poses. Si bien el peligro de la inmodestia existe aun en relación con las obras de arte, el mal de la pornografía es mayor y más insidioso. La pornografía muestra al cuerpo solamente de una manera explotadora y las imágenes pornográficas se crean y se ven únicamente con el fin de despertar impureza sexual. Por ende, la producción, visualización y propagación de la pornografía constituyen una ofensa contra la dignidad de las personas, actos objetivamente malos, y deben condenarse.


En una cultura que ve la pornografía apenas como una debilidad privada o aun como un placer legítimo que debe protegerse por ley, es preciso repetir aquí la enseñanza constante de la Iglesia Católica. En palabras sencillas, el Catecismo de la Iglesia Católica condena la pornografía como una falta grave (CIC 2354).


La inmoralidad de la pornografía proviene, en primer lugar, del hecho de que distorsiona la verdad sobre la sexualidad humana. Desnaturaliza la finalidad del acto sexual (CIC 2354), la entrega íntima de un cónyuge al otro. En vez de ser la expresión de la unión íntima de vida y amor de una pareja casada, el acto sexual se reduce a una fuente degradante de entretenimiento y aun de lucro para otros. La pornografía también viola la castidad porque introduce pensamientos impuros a la mente del espectador y a menudo conduce a actos impúdicos, como la masturbación o el adulterio.


La pornografía es también una ofensa contra la justicia. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público) pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita (CIC 2354).


Se usa y se manipula a los "participantes" de una forma incompatible con su dignidad humana. Todos los participantes en la producción, la distribución, la venta y el uso de pornografía cooperan y, hasta cierto punto, hacen posible esta degradación de otros. En realidad, la pornografía se ha convertido en un sistema y en una industria de degradación mutua. El hecho de que algunas personas estén dispuestas a participar, de ninguna manera reduce la culpabilidad de quienes se dedican a la producción y al uso de la pornografía.


Además, la pornografía representa un grave abuso de los medios de comunicación y, en ese sentido, viola el octavo mandamiento. Debemos recordar que el derecho al uso de los medios de comunicación (por ejemplo, la libertad de expresión) no es un derecho absoluto. Siempre debe estar al servicio del bien común. Las autoridades civiles deben velar por que el uso de los medios de comunicación se realice de conformidad con la ley moral. Para lograrlo, las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico (CIC 2354).


Por lo tanto, me permito recordar a todos los fieles que el uso de pornografía, es decir, su fabricación, distribución, venta o visualización, es un pecado grave. Quienes participen en esa actividad con pleno conocimiento y consentimiento cometen un pecado mortal. Tales actos los privan de la gracia santificante, destruyen la vida de Cristo en su alma y les impiden recibir la Sagrada Comunión hasta cuando hayan recibido la absolución por medio del Sacramento de la Penitencia.


La gravedad de este pecado se aprecia con mayor claridad cuando se considera el profundo daño que causa el uso de la pornografía a la sociedad. En primer lugar, perjudica a toda la familia, la célula básica de la sociedad, y a la Iglesia, porque destruye el vínculo conyugal. Puesto que introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio (CIC 2354), el uso de la pornografía por un hombre desvía su atención y afecto de su esposa. Le crea en la mente expectativas irreales y a menudo inmorales para su vida íntima. Él comienza a acercarse a ella solamente como medio de gratificación propia y ya no como "compañera apropiada".


Los sacerdotes y los orientadores conocen muy bien la gravedad de la amenaza que presenta la pornografía para el matrimonio y saben cuántas familias ya han sufrido una triste división debido a sus efectos.


La disponibilidad e intrusión de la pornografía perjudican el bien común al producir una imagen consumista y licenciosa de la sexualidad, particularmente de las mujeres. Es cada vez más difícil inculcar y proteger la inapreciable virtud de la castidad cuando la pornografía infecta a la mayoría de los medios de comunicación. El interés de la sociedad en la preparación de los hombres y mujeres jóvenes para el matrimonio también sufre cuando los medios de comunicación presentan el sagrado acto de intimidad que es propio del sagrado vínculo del matrimonio como un juguete mercantil.


Sin embargo, quizá lo peor de todo es el daño que causa la pornografía al "modelo" de la visión sobrenatural que tiene el ser humano. Nuestra visión natural en este mundo es el modelo de la visión sobrenatural en el otro mundo. Una vez que hayamos distorsionado o dañado el modelo, ¿cómo podremos entender la realidad? Nuestro Señor nos ha dado el don de la vista con la intención de que, en definitiva, podamos verlo a Él. El uso pecaminoso de esta facultad distorsiona nuestro entendimiento de ello y, peor aún, paraliza nuestra capacidad de lograr su satisfacción en el cielo. Lo que el ser humano debe usar para recibir la verdadera visión de Dios y la belleza de su creación, lo utiliza más bien para consumir imágenes falsas de otros en la pornografía.


¿Cómo podemos entender la visión sobrenatural que Dios desea para nosotros, es decir, la contemplación de Dios en la visión beatífica, una vez que nuestra vista natural se ha lesionado y distorsionado?



Los cristianos en un mundo seglar


Los cristianos son intrínsecamente un pueblo aparte. La realidad del Bautismo nos convierte en una comunidad llamada al desierto, en un pueblo consagrado para establecer una relación con el Creador de todas las cosas. Con todo, al igual que el pueblo de Israel que fue llamado a salir de Egipto, los miembros de la Iglesia también se encuentran inextricablemente vinculados a la misma cultura de la muerte de la que Dios los ha libertado.


Y murmuró en aquel desierto contra Moisés y Aarón el pueblo de los hijos de Israel, a los cuales dijeron los hijos de Israel: ¡Ojalá hubiésemos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando estábamos sentados junto a las calderas llenas de carne y comíamos pan cuanto queríamos! Éxodo 16, 2-3.


Entonces no es sorprendente que asumamos actitudes comunes en el mundo seglar y estemos confusos con respecto a la verdadera naturaleza del pecado. Esta confusión puede llegar a ser mortal cuando la empleamos para justificar nuestra propia culpabilidad o para buscar una "definición diluida" de la naturaleza maléfica de los pecados que nos tientan. En ningún otro punto es esto más evidente que en la confusión que experimentan algunos cristianos sobre la verdadera naturaleza de la pornografía.


Los jóvenes cristianos luchan por vivir con las exigencias de su condición de apóstoles bajo las presiones de la cultura que los rodea. Este proceso de integración se dificulta más en una cultura que, en la última generación, ha abandonado la virtud de la castidad.


Los cónyuges, sobre todo los esposos, que luchan por crecer en la fidelidad inherente a su vocación conyugal, encuentran tentaciones para escapar y buscar falso consuelo en imágenes y fantasías.


Los sacerdotes y los consagrados, que se han comprometido a llevar una vida de castidad y celibato, se encuentran en medio de una cultura que considera el celibato como una meta imposible de cumplir y que atenta contra la salud. En un momento de duda, pueden buscar falso consuelo en la impureza. Sus faltas son aún más graves por causa del escándalo que acarrean a la Iglesia.


Como consecuencia de estas fantasías, los hombres y mujeres solteros se distraen de la tarea más importante de percibir: la llamada de Dios en su vida. Al pasar de pensamientos impuros a imágenes y a mal comportamiento sexual en la realidad, minan la base de la confianza y la fidelidad que se necesita para la felicidad futura.


Ninguna persona que viva en nuestra cultura puede separarse totalmente de este azote de la pornografía. Todos se ven afectados en mayor o menor grado, aun quienes no participan directamente en el uso de la pornografía. Con todo, si las personas que se han dejado llevar por este vicio contestaran con sinceridad si son mejores o más felices por causa de la pornografía, solamente las más indiferentes darían una respuesta afirmativa. Una evaluación sincera revela que el uso de la pornografía causa debilidad espiritual, social y emocional.


Entonces, ¿por qué sucumben tantos a una tentación tan obviamente contraria al bien de la persona humana? Por lo menos en parte, es por causa de la duda y la confusión ocasionada por los falsos argumentos de quienes justifican este comportamiento. A esos falsos argumentos me referiré ahora antes de ofrecer orientación.



III. Falsos argumentos


"No hay víctimas, por lo tanto, nadie sale lesionado".


Esta justificación de la pornografía, suele comenzar con una consideración de la actividad como un intercambio privado entre los espectadores y los productores y distribuidores del material. En esa consideración, hay "libre" elección por parte de adultos que realizan un acto por su propia voluntad para atender una "necesidad" y recibir compensación por ello. La ilusión inherente en esta racionalización está en creer que todos los participantes terminan el intercambio como las mismas personas que entraron en un principio, sin sufrir ningún daño. Al igual que todas las racionalizaciones, esta es una ilusión.


La primera ilusión está en que la visualización de los hombres y las mujeres en relaciones íntimas no los perjudica como personas. A menudo eso no es verdad ni siquiera en un plano físico. Al aprovecharse de las personas vulnerables y necesitadas, la industria de la pornografía a menudo las incita a tener patrones de comportamiento más arraigados y peligrosos hasta que el daño físico es inevitable.


Con todo, la misma naturaleza de la pornografía lleva a cometer un acto de violencia contra la dignidad de la persona humana. Al tomar un aspecto esencial de la persona, la sexualidad humana, y convertirlo en un producto para operaciones de trueque y venta, empleado y desechado por otras personas desconocidas, la industria de la pornografía comete el más violento atentado contra la dignidad de esas víctimas.


El eros, degradado a puro "sexo", se convierte en mercancía, en simple "objeto" que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran "sí" del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. Papa Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 5


Cada año, miles de hombres y mujeres se ven atraídos a la industria de la pornografía por la promesa de dinero fácilmente adquirido. La industria se aprovecha de los más vulnerables: los pobres, los maltratados y marginados y aun los niños. Esta explotación de los débiles es un pecado grave. Ya sea que la necesidad, la confusión o el alejamiento impulsen a los hombres y las mujeres a convertirse en objetos pornográficos, su elección, con toda seguridad, no puede verse como un acto libre. Los productores y distribuidores de pornografía dejan a su paso un amplio camino de hombres y mujeres destruidos y desvalorizados.


Son cada vez más numerosas las víctimas jóvenes y aun los niños. Cuando ellos, que son los más vulnerables e inocentes de nuestra sociedad, se convierten en víctimas de las exigencias deshumanizantes de una industria que desea destruir la inocencia por razones de lucro, ese es un acto de violencia incalificable.



Deshumanización del espectador


Los culpables dentro de la industria son fáciles de identificar, pero no están solos. Toda la industria pornográfica existe para obtener lucro, y no puede haber lucro sin clientes. Quienes buscan y usan imágenes pornográficas son participantes activos en la victimización de otros. Quienes ven materiales pornográficos no se pueden separar de la responsabilidad moral relacionada con la victimización y la degradación de los hombres, mujeres y niños presentados en esos materiales, y los espectadores mismos sufren degradación.


Es erróneo pensar que el efecto singular de los actos pecaminosos de elección moral es el daño que causan a otros.


Obviamente, el efecto inmediato de optar por participar en la visualización de material pornográfico es la violencia espiritual y emocional cometida contra aquellos cuyas imágenes se ven. Con todo, el efecto personal y existencial en la persona que opta por ver imágenes pornográficas está en el centro de esos actos pecaminosos.


La persona humana, la única criatura con sentido moral, establece o destruye progresivamente su carácter con cada acto de elección moral. Por lo tanto, uno se convierte en persona virtuosa por el propio acto de practicar la virtud y en persona depravada por practicar actos de vicio. Cuando uno opta por ver pornografía, aun si al principio es contra su voluntad, se convierte en la clase de persona dispuesta a usar a otros como puros objetos de placer, sin tener en cuenta su dignidad inherente como hombre o mujer creado a imagen de Dios. A medida que se arraiga más el hábito de la pornografía, se hacen más pronunciadas las características de una persona que degrada a otras, las convierte en objeto y deja un legado de violencia contra su dignidad.


En esta transformación, a veces, gradual y, a veces, repentina del carácter humano, ejerce el pecado su mayor influencia en las personas y en la cultura. Los jóvenes manipulan y abandonan con más facilidad a los amigos para satisfacer sus deseos temporales y a menudo egoístas. Los cónyuges comienzan a valorar a su pareja en una escala de lo que reciben de la relación en lugar de hacerlo por su fidelidad conyugal con el don de sí mismos. Los adultos jóvenes ven el matrimonio apenas como un contrato no vinculante que puede anularse si los beneficios del estado matrimonial ya no satisfacen sus deseos y expectativas cada vez más irreales y aun perversos. Los sacerdotes y los consagrados juzgan su ministerio sobre la base de la satisfacción y del adelanto en el plano personal más que a partir del sacrificio. El uso generalizado de la pornografía naturalmente lleva a la degradación de la sociedad humana porque envilece a las personas que se someten a ella.


La pornografía hace de la intimidad una mentira. Al distorsionar la propia característica humana que promete poner fin al aislamiento, la pornografía lleva al usuario no a la intimidad, sino a un alejamiento aún más profundo. El propósito divino de la sexualidad humana es satisfacer el anhelo de comunión con otro y traer a la persona al vínculo del amor que da vida y la nutre.


En esta experiencia humana de intimidad con otro, se ha preconcebido el destino eterno del ser humano de perfecta comunión con su Creador.


Jesús, en respuesta, les dijo: ¿No habéis leído que aquel que al principio creó el linaje humano, creó un solo hombre y una sola mujer y que dijo: por lo tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y habrá de unirse con su mujer, y serán dos en una sola carne? Así que ya no son dos, sino una sola carne. Mateo 19, 4-6.


La falsa promesa de intimidad ofrecida por la pornografía lleva más bien a un alejamiento aún más profundo que paraliza la capacidad del usuario de experimentar verdadero contacto humano íntimo. El usuario de pornografía, al anhelar intimidad, con humana de aquellas personas cuyas imágenes se emplean, ¿cuánto más lo será contra la dignidad humana de la persona a quien se le prometió la exclusividad del afecto? El uso de la pornografía es una violación del compromiso matrimonial. Aun si el cónyuge la tolera, ¿cómo puede uno dejar de sentir el rechazo y la traición cuando la propia pareja comprometida recurre a la ilusión y a una felicidad efímera en imágenes pornográficas? Este rechazo, si no se corrige, a menudo llevará a la destrucción permanente del compromiso conyugal.


Como sucede con la naturaleza de todo pecado, quienes más sufren son los inocentes. Los niños, que se esfuerzan naturalmente por imitar e incorporar el amor de sus padres con capacidad para dar de sí mismos, en lugar de ese amor encuentran tensión, traición y egoísmo. Es comprensible entonces que lleguen a creer que el amor verdadero, un amor de sacrificio y con el don de sí mismo, es una ilusión.


Es una esperanza en vano creer que un cónyuge usuario de pornografía podrá mantener en secreto este pecado y también que el material propiamente dicho podrá permanecer oculto. Los niños encuentran este mismo material que ha causado daño a su familia y son llevados a entender la sexualidad de una forma no prevista por sus padres. En lugar de aprender y experimentar la nobleza de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios, experimentan la degradación de la persona humana reducida a un producto, a un objeto.



"El uso moderado de la pornografía puede ser terapéutico"


Algunos defienden la posición de que los actos sexuales, en general, y el uso de la pornografía, en particular, satisfacen la más básica de las necesidades humanas. Esta posición plantea que la pornografía puede proporcionar una cierta medida de satisfacción humana y de consuelo para quienes encuentran que la intimidad en el matrimonio es imposible o, por lo menos, inexistente. Se citan ejemplos de cónyuges separados por la distancia, hombres y mujeres solteros que todavía no pueden casarse, esposos y esposas carentes repentinamente de intimidad conyugal por causa de la edad o de enfermedad. En cada uno de estos casos, el logro de un cierto grado de satisfacción humana (es decir, sexual), aun si es inferior a la verdadera intimidad conyugal, se ofrece como alivio temporal para una persona que anhela el contacto humano.


Esta opinión presupone que la actividad sexual en sí o el acto de ver a otros que participan en ella es de alguna manera de la misma naturaleza que la verdadera intimidad humana. De hecho, la intimidad a la que aspiran todas las personas es la antítesis de la experiencia explotadora y deshumanizante del uso de imágenes pornográficas. En lugar de proporcionar consuelo o satisfacción, el uso de pornografía no sólo conduce inevitablemente a experiencias insatisfactorias repetidas, sino que exige una intensificación del estímulo. Cada intensificación y cada experiencia degradan y desensibilizan al espectador con respecto a la belleza y la nobleza de la persona humana.


En lugar de proporcionar un cierto toque de intimidad humana, el uso continuo de imágenes pornográficas limita las posibilidades de la persona y aun la capacidad de lograr intimidad con otra persona. ¿Cómo es posible iniciar una relación de amor y respeto cuando la preparación para este encuentro humano se basa únicamente en una "necesidad" carnal? ¿Cómo se puede lograr la confianza necesaria para la verdadera intimidad si los actos están determinados por deseos secretos? El uso de material pornográfico deteriora las verdaderas cualidades humanas que hacen posible la intimidad: en particular, el respeto, la confianza y la disposición a sacrificarse por el otro.


Las mismas personas que presentan la satisfacción de las necesidades biológicas como intimidad también presentan la fidelidad como un sacrificio demasiado oneroso para cumplirlo. Todas las parejas casadas enfrentan épocas en que la intimidad conyugal no es posible. Para algunas, estas épocas pueden ser prolongadas. Presentar esa privación como excusa para el uso de material pornográfico es degradar la promesa de fidelidad en la cual se basa cualquier matrimonio. Aceptar la pornografía como sustituto de intimidad conyugal es una admisión tácita de que el cónyuge es un medio de satisfacer "necesidades" biológicas en lugar de un compañero en la comunión del amor humano.


Algunas personas luchan con tentaciones compulsivas y, a veces, obsesivas de impureza. En un intento erróneo por controlar esas tentaciones, pueden recurrir al uso de pornografía como "el menor de dos males". Este uso de la pornografía se justifica erróneamente como una "válvula de escape" que permite satisfacer estos deseos compulsivos de una forma que no es nociva puesto que solo afecta a la persona. En esta racionalización se entiende equívocamente el verdadero daño causado por el pecado.


Si bien proporciona un aparente alivio de las tentaciones, el uso de pornografía por esas personas solamente sirve para alimentar más sus impulsos obsesivos.


De una forma similar, algunas personas luchan con las tentaciones que son peligrosas y destructoras: atracción por personas del mismo sexo, atracción por personas jóvenes y fantasías sádicas. Con la esperanza de mantener estas tentaciones en secreto, dichas personas suelen recurrir a la pornografía como forma de controlar sus impulsos. Este engaño alimentará las tentaciones en lugar de reprimirlas. La discontinuidad entre la persona pública y la persona privada se amplía hasta el punto en que la fantasía no se puede separar de la realidad. De hecho, es a menudo el uso de esta pornografía "fetichista" que solidifica la tentación en lugar de aliviarla. El uso repetido de imágenes y fantasías pornográficas transforma la tentación en una clase de profecía que por su propia naturaleza contribuye a cumplirse. El que recurrió a la pornografía para escapar de la tentación se convierte en la encarnación de esa tentación.


No puede haber un uso "moderado" de la pornografía como tampoco puede haber un uso "moderado" del odio o del racismo. Presentar esa posibilidad es aceptar una caída en el mal, paso a paso. Cualquier alivio aparente será efímero y las consecuencias duraderas harán que la resistencia futura sea aún más difícil y que posiblemente se intensifique hasta convertirse en una adicción.



"La pornografía puede ser una ayuda para el proceso de maduración emocional y sexual".


A menudo el uso de la pornografía se considera como una parte "natural" del proceso de maduración, una forma mediante la cual los jóvenes pueden llegar a entenderse como personas sexuales. Los padres, quizá al recordar sus propias dificultades, pueden hacerse los ciegos en cuanto al uso de la pornografía por sus hijos. En lugar de alentar a los jóvenes a lograr dominio y respeto de sí mismos, esta actitud presenta a los jóvenes un futuro que depende del capricho y de la oportunidad.


Por su naturaleza, la pornografía anima a una expresión de la sexualidad humana que no sólo es deformada sino también gravemente limitada y evidentemente falsa. El uso de pornografía por los jóvenes evita comprender la sexualidad humana integrada con la propia expresión y la intimidad que es la plena expresión de la persona humana. En lugar de crecer para apreciar la santidad de la persona, los jóvenes atrapados en la red de la pornografía comienzan a relacionarse con otros y consigo mismos como objetos.


El dominio de sí mismo es un elemento indispensable de la seguridad emocional. Sin el dominio proveniente del control de sí mismos y, cuando sea necesario, de la lucha con los patrones de comportamiento destructor de sí mismos, incluso con la pornografía, los jóvenes en proceso de maduración se encuentran en la atemorizante situación de ser incapaces de controlarse y de controlar el mundo. Una persona joven que ha abandonado la esperanza de dominio de sí misma también es incapaz de controlar lo que les hace a otros.


La pornografía no puede ayudar a adquirir madurez porque todo lo que ofrece es una mentira sobre la persona humana: la posibilidad de explotar a una persona. El uso de la pornografía por los jóvenes dificulta más su auténtico desarrollo sexual y emocional por la manera falsa de presentar la interacción humana. Se debe orientar a los jóvenes para que luchen por alcanzar la madurez del control propio y de la modestia y para que, de esa forma, puedan convertirse en personas plenamente integradas, respetuosas de otros y de sí mismas.


"La oposición cristiana a la pornografía proviene del odio del cuerpo expresado por los cristianos".


Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que cometa el hombre, está fuera del cuerpo; pero el que fornica, contra su cuerpo peca. Por ventura, ¿no sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros, y el cual habéis recibido de Dios, y que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio? Glorificad a Dios y llevadle en vuestro cuerpo. I Corintios 6, 18-20


Los defensores de los derechos de "libertad de expresión" de quienes practican la pornografía a menudo presentan la defensa de la pureza por parte de la Iglesia como algo puritano más que pastoral. Los defensores de esta empresa delictiva se presentan como defensores de un verdadero humanismo y señalan que las enseñanzas cristianas sobre castidad son "antihumanas". La Iglesia se presenta como una entidad que odia el cuerpo humano y, por lo tanto, reacciona contra la naturaleza humana.


Esta mentira se ha enunciado tantas veces a lo largo de la historia de la Iglesia que muchos la aceptan como un elemento central del pensamiento cristiano. De hecho, la verdad es exactamente lo contrario. La Iglesia siempre ha condenado la doble comprensión del espíritu como bueno y del cuerpo como malo. Dios creó todas las cosas, tanto el espíritu como la materia, y vio que su obra era buena (véase Gen. 1). La resurrección del cuerpo es nuestra esperanza, y nuestro reconocimiento del cuerpo como parte integrante de la persona humana es la base de la castidad cristiana.


La Iglesia no plantea una oposición entre cuerpo y alma sino que señala la necesidad de integridad del cuerpo y del alma para que haya una totalidad verdadera, que afirme la vida. Lejos de denigrar el cuerpo humano y de tratar la sexualidad como algo malo, la Iglesia afirma la santidad del cuerpo. Por causa de esta santidad, el acto conyugal se reconoce como algo de carácter sacramental y sagrado que la Iglesia busca proteger.


Por otra parte, los partidarios de la pornografía defienden esa dicotomía de cuerpo y alma. Cuando se considera el cuerpo como algo sin consecuencia para la persona, se tiene poco respeto por la forma en que se presenta. Se supone que el cuerpo es algo aparte de la persona y, por lo tanto, sin consecuencias duraderas.



IV. Qué se puede hacer: una palabra para el sector público


Las autoridades públicas tienen la responsabilidad de defender y ennoblecer las normas de las comunidades a las cuales sirven. La protección de una empresa delictiva multimillonaria que destruye la vida de las personas que aparecen en el material pornográfico y de los integrantes del público previsto bajo la excusa de protección de la libertad de expresión, no es un servicio, sino un acto de complicidad. Las autoridades públicas deben trabajar incansablemente para promulgar y cumplir leyes que contribuyan a una cultura que respete la vida de todos los ciudadanos.


Esta empresa delictiva conocida como industria pornográfica es un delito contra las personas indefensas y carentes de apoyo a las cuales destruye, y es una afrenta contra un pueblo civilizado. La continua tolerancia de este tóxico veneno insidioso que se esconde bajo el disfraz de libertad de expresión y libertad de conciencia contribuye a la degradación de nuestra cultura y a la victimización de nuestros propios niños.


Los ciudadanos libres tienen el derecho y la responsabilidad de formar una cultura que apoye la vida, la dignidad y la nobleza de cada persona. Los ciudadanos deben unirse para exigir leyes que impongan restricciones razonables en la presentación del cuerpo humano y de la intimidad humana.


Donde la mentalidad pornográfica haya invadido aun a los principales medios de comunicación, y obviamente lo que se ofrece ahora en la televisión por cable y aun en la televisión por sistemas de transmisión aérea se acerca cada vez más a un contenido pornográfico, los ciudadanos deben exigir que las autoridades públicas cuyo servicio consiste en reglamentar dichos medios de comunicación, tomen medidas inmediatas y eficaces. Contrariamente a la afirmación hecha en la defensa presentada por algunos medios de comunicación al servicio de sus propios intereses, esas medidas no son censura, sino más bien la exigencia de que termine la explotación de las personas y la degradación de la moralidad pública.



Orientación para todos los cristianos


Haced, pues, todas las cosas sin murmuraciones ni perplejidades, para que seáis irreprensibles y sencillos hijos de Dios, sin tacha en medio de una nación depravada y perversa, en donde resplandecéis como lumbreras del mundo. Filipenses 2, 14-15


Los cristianos no deben sorprenderse de ser parte de una cultura que, de muchas formas, es contraria al Evangelio y rechaza la virtud cristiana. Eso mismo ocurrió en la época de San Pablo y, hasta cierto punto, ha sucedido en cada generación de creyentes.


Pero los cristianos de cada generación son llamados a vivir de conformidad con la verdad de Jesucristo y a mantenerse separados de los aspectos de la cultura que sean contrarios a esa verdad. Una forma muy eficaz en que los creyentes pueden combatir la plaga de la pornografía es dando testimonio de su vida.


La cultura está formada por los actos de elección de un pueblo libre. Es importante que escojamos objetivos que eleven la moral y afirmen la vida y contribuyan al bien común y al florecimiento de todas las personas. Dentro de sus capacidades, cada persona debe hacer todo lo posible por aportar formas de entretenimiento sanas y castas que todos puedan compartir. En los campos del arte, la literatura y la música, nunca debemos comprometer nuestra propia dignidad cristiana para adaptarnos a las expectativas de una cultura decadente.


Es preciso formar estrechos lazos de amistad cristiana con el fin de recibir mutuo apoyo y de afirmar nuestros principios. Cuando sea conveniente, usen esos vínculos de amistad para explorar y forjar la cultura a su alrededor. De hecho, en esos lazos de amistad y vínculos familiares se puede encontrar la auténtica intimidad humana.


Hoy en día, los cristianos viven en una era sin precedentes en cuanto a la capacidad de comunicarse y de encontrar información. Por medio de la televisión, el cine las comunicaciones inalámbricas y la Internet, nos encontramos con un volumen casi ilimitado de información al alcance de la mano en cualquier momento del día o de la noche.


Por desgracia, una gran cantidad de la información disponible en la Internet es de naturaleza pornográfica. Para algunas personas ese acceso instantáneo a imágenes impuras es una tentación difícil de superar. No se debe justificar la presencia de una serpiente en la casa por los beneficios que pueda traer. Es preciso recordar nuestra obligación moral de no colocarnos a sabiendas ni deliberadamente en una ocasión de pecado. La inconveniencia de perder el acceso instantáneo a la información será superada con creces por la capacidad de vivir una vida integrada y pura.


El crecimiento espiritual es imposible de lograr sin un reconocimiento sincero de la culpa y sin reconciliación. Todos los cristianos deben aprovechar la gracia del Sacramento de la Penitencia y hacer de este sacramento de misericordia la piedra angular de la lucha contra la pornografía.


Por último, nunca subestimen la eficacia de la oración cristiana. Recen por las víctimas de la pornografía para que su inapreciable dignidad humana pueda ser sanada y restituida. Ofrezcan actos concretos de penitencia por medio de obras espirituales y ayuno por las personas que manipulan a otras en este delito de la pornografía y que comparten la complicidad de su distribución. Por medio de estos actos de reparación, ofrezca un sacrificio aceptable y agradable ante los ojos de Dios.


Encomiende siempre a la Iglesia a la protección de San José.


Oh glorioso San José, tú fuiste escogido para ser el padre putativo de Jesús, el castísimo esposo de María, siempre Virgen, y la cabeza de la Sagrada Familia. Has sido escogido también por el Vicario de Cristo como el Patrono celestial y el Protector de la Santa Iglesia fundada por Cristo. Protege al Sumo Pontífice y a todos los obispos y sacerdotes en comunión con él. Amado San José, sé mi padre, protector y guía en el camino de la salvación. Obtenme la pureza de corazón y el amor para fortalecer mi vida espiritual. Que siguiendo tu ejemplo, todos mis actos sean ofrecidos para mayor gloria de Dios, en unión con el Divino Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María y tu propio corazón de Padre. Por último, ruega para que pueda yo compartir la paz y el gozo de tu santa muerte.
Amén.



Orientación para los jóvenes


Me dirijo con particular preocupación a los jóvenes que son mis hermanos y hermanas en Cristo. Temo que todo el peso de la rendición de nuestra cultura a la pornografía recaiga sobre sus hombros, tanto en la actualidad como en los años venideros. No solamente se han convertido ustedes en blanco de esta empresa delictiva como fuente de lucro financiero, sino que deberán sufrir el empobrecimiento de la noción de intimidad proveniente de una cultura que ha confundido el amor con la autogratificación.


Ante todo, sepan que Dios los ha destinado al amor verdadero y plenamente humano que halla su centro no en manipular a otros sino en compartir y florecer en comunión con el ser amado.


Nadie te menosprecie por tu poca edad; has de ser dechado de los fieles en el hablar, en el trato, en la caridad, en la fe y en la castidad. 1 Timoteo 4, 12


Muchos miembros de la sociedad han aceptado la falsa expectativa de que los jóvenes no pueden controlar sus deseos naturales y practicar la virtud de la intimidad casta. Esta creencia, de que es poco práctico o aun poco natural evitar la impureza y la complacencia en la fantasía pornográfica, es una mentira y está muy lejana del pensamiento de la Iglesia. La aceptación de esa mentira de inmadurez se convierte en la excusa para dejar de lado la vital importancia del fortalecimiento de las virtudes de la modestia y la castidad, que ocupan un lugar central en su futura felicidad.


El crecimiento de la intimidad que se encuentra en el centro de la experiencia de la juventud comienza en la familia. Ahí, en el misterio del amor y del sacrificio humano, ustedes comienzan a explorar la alegría de la intimidad y la confianza. En la sagrada comunidad de la familia, ustedes aprenden que su valor no depende de su utilidad ni de su éxito, sino del hecho de que a ustedes se les valora como personas irremplazables y sagradas. También en esta sagrada comunidad de la familia es donde se aprende y se practica por primera vez el perdón, que es un elemento central en nuestra lucha contra el pecado.


Recuerden siempre su importante función en la comunidad de su familia. Respeten la función que Dios les ha dado a sus padres de guiar su vida. Cooperen en sus esfuerzos por velar por su seguridad y guiar sus decisiones. Esto es sumamente importante en sus decisiones de usar varios medios de comunicación y de tomar parte en actividades de recreo. A medida que ustedes desarrollen un sentido sano de privacidad, no se dejen llevar equívocamente a aceptar el secreto. La privacidad es la comprensión sana y necesaria de que partes de su experiencia, es decir, sus pensamientos, sueños y aspiraciones, son singularmente propios y deben compartirse solamente cuando ustedes decidan hacerlo en intimidad. Sin embargo, el secreto es el enemigo de la intimidad y es un acto de violencia contra los vínculos de la familia. El secreto es el rechazo del amor.


Lancen una mirada a sus hermanos y hermanas y recuerden su responsabilidad hacia ellos. Si son mayores, anímenlos con elogios de su éxito. Recuérdenles que ustedes desean imitarlos en su virtud. Si son menores, ayúdenles con la experiencia que ustedes han adquirido de su propia lucha.


Estad siempre prontos a dar satisfacción a cualquiera que os pida razón de la esperanza en que vivís. 1 Pedro 3, 15


El crecimiento en la intimidad no termina con la familia. Para los jóvenes, la formación de los lazos de una amistad íntima marca el final de la niñez y el comienzo de la vida adulta. La formación de esas amistades ejerce un gran deseo de aceptación y pertenencia. A menudo descritas como "presión de los compañeros", estas expectativas de amistad no son solamente una fuente de la tentación de experimentar con un comportamiento destructor, sino también una oportunidad de compartir cosas de valor verdadero y perdurable. No cedan cuando se les pida que compartan imágenes impuras por un deseo de lograr esa aceptación. Rechacen el camino fácil de la conversación impura, el vestido inmodesto y el entretenimiento pornográfico. Estén listos a explicar a sus amigos por qué han optado ustedes por evitar este mal. Más bien ofrezcan el ejemplo del dominio de sí mismos. Así como la demostración de esa clase de dominio en el atletismo, la música y las actividades académicas es motivo de admiración natural de los compañeros, su demostración también en la pureza será motivo de admiración de los amigos que enfrentan incertidumbre y tentaciones de la misma clase.


Cualquier lucha humana, incluso la lucha por lograr pureza y modestia, viene acompañada de la posibilidad de fracaso.


A menudo se logra el dominio por medio del fracaso y de la persistencia en el triunfo. Ustedes no deben descorazonarse si sucumben a las tentaciones que les rodean. Sean persistentes en su meta y levántense con calma de su derrota temporal. Los jóvenes tienen gran afinidad por el Sacramento de la Penitencia. Por causa de su comprensión innata de la tragedia del fracaso, los jóvenes aspiran naturalmente a tener una forma de regresar al estado de gracia. Aprovechen esta oportunidad de reconciliación y participen regularmente en el Sacramento de la Penitencia.


Recuerden que Dios los ha creado para tener perfecta intimidad con Él. Su lucha contra el pecado, ya sea contra la pornografía o contra otras tentaciones de la vida, es en realidad su preparación para esta verdadera intimidad para la cual su Padre amoroso los ha creado. En cualquier vocación a la cual los invite el Señor, el éxito de su batalla contra la impureza contribuirá a la verdadera felicidad que se encuentra en la intimidad de esa llamada.


Tengan siempre la confianza de pedir ayuda en estas luchas al amado San José, el verdadero padre espiritual de todos nosotros.


Amantísimo padre San José, que cuidaste y protegiste al Niño Jesús mientras crecía en gracia y sabiduría, cuídame y cuida a mi familia y a mis amigos en nuestra lucha para llevar una vida de amor y amistad. Intercede para que pueda ser yo ejemplo de un verdadero discípulo de tu amado Hijo y para que todos mis pensamientos, palabras y obras sean motivo de inspiración para quienes amo. Que siempre aspire a ver en ti un ejemplo de la verdadera intimidad humana y a tratar a otros con respeto y cortesía, pensando siempre en el bien de los demás y no en el placer propio. Defiéndeme de las tentaciones de la impureza y permíteme servir de ejemplo de modestia y castidad. Guíame en mi peregrinaje para que pueda descubrir la vocación para la cual me ha creado Dios y en esa vocación descubrir la alegría que tu experimentaste en tu Sacratísima Familia.
Amén.



Orientación para las parejas casadas y comprometidas


El verdadero guardián y vigilante de la extraordinaria dignidad del ser humano es la familia, en particular, los esposos y las esposas, que ejercen una función tutelar de la santidad de la vida. La pornografía no solamente presenta un peligro para la promesa de fidelidad que es el elemento fundamental del vínculo matrimonial, sino que amenaza el desarrollo moral y sexual de los niños cuya educación se confía al cuidado vigilante de los padres. Los esposos y las esposas son los combatientes más inmediatos y directos en la lucha contra la pornografía.


Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. Quien ama a su mujer, a sí mismo se ama. Ciertamente que nadie aborreció jamás a su propia carne; antes bien, la sustenta y cuida, así como también Cristo a su Iglesia, porque nosotros que la componemos, somos miembros de su cuerpo, formados de su carne y de sus huesos. Efesios 5, 28-30


Si bien los esposos y las esposas comparten la misma dignidad como personas, no comparten las tentaciones por igual, sobre todo la tentación relacionada con el azote de la pornografía. Cabe reconocer que el uso de la pornografía en gran parte, aunque no exclusivamente, está relacionado con los hombres. Si un matrimonio comienza a desmoronarse por la pornografía, esta última será introducida muy probablemente por el esposo.


Esposos, tengan presente que su solemne promesa de fidelidad, que es la base de la formación de su familia, se deteriora por cualquier uso de la pornografía. Esfuércense por honrar la promesa que hicieron al comienzo de su vida matrimonial. Las épocas en que la intimidad sea difícil son oportunidades para practicar el amor de sacrificio de un esposo que solamente su noble vocación ilustra con máxima perfección.


La búsqueda de consuelo en la ilusión de la pornografía corromperá gradualmente su comprensión de sí mismo, su percepción de su amada esposa y el modelo que presenta a sus hijos. Es absurdo creer que esta preocupación secreta se puede contener y aislar de la vida familiar. Poco a poco, el egocentrismo y la falta de respeto de sí mismo y de otros, que son el fundamento de este vicio, se manifestarán dentro de su relación con la familia.


Las esposas que descubran que sus cónyuges han sucumbido a la pecaminosa atracción de las imágenes o historias pornográficas deben ser cariñosas y perdonarlos, pero también deben ser severas para exigirle al esposo que vuelva a su verdadera vocación matrimonial. La traición de un cónyuge por algo que es apenas una ilusión es una experiencia amarga, sin embargo, en este caso el mejor antídoto es el amor, acompañado de apoyo y orientación.


El campo de la orientación psicológica, cuando se realiza con la debida comprensión de la persona humana y de la ley natural, también puede ser de gran ayuda. Muchos han descubierto que no pueden luchar contra la impureza solos y que la asistencia de un orientador o un terapeuta representa una enorme diferencia (que, a veces, es definitiva).


Los esposos y las esposas deben ejercer constante vigilancia para asegurarse de que la plaga de la pornografía no entre a la vida de sus hijos. Esta vigilancia comienza con un control prudencial de los medios de comunicación disponibles en la casa. Aliente a sus hijos a usar revistas, películas y libros que eleven el espíritu y dejen un mensaje constructivo. Cuando los padres ejerzan control sobre los medios de comunicación, deben dar a los hijos normas comprensibles y razones morales para recomendar y rechazar el contenido de los mensajes transmitidos por los medios de comunicación. Sean siempre claros y coherentes al explicar estas normas y demuestren su importancia al aceptarlas ustedes mismos.


Insistan en tener controles estrictos y claros sobre el uso de la Internet por cualquier niño. El uso de la Internet en la casa debe ocurrir siempre en los lugares de reunión de la familia. No se debe dar acceso a la Internet a los niños, ni siquiera a los de mayor edad, en la privacidad de su habitación. Los controles tecnológicos tanto en los computadores como en la televisión deben ser parte ordinaria del uso de los medios de comunicación por la familia.


Lo que es más importante, los esposos y las esposas proporcionan las enseñanzas más claras y seguras de castidad por medio del amor, la devoción y el propio sacrificio que demuestren en su relación mutua. Recuerden siempre que el Señor les ha confiado a ustedes por su propia vida en común el medio perfecto de llevar a sus hijos a comprender la intimidad humana, de una forma verdadera y madura.


Encomiéndense a sí mismos y encomienden a sus hijos siempre al cuidado de San José, el esposo perfecto.


Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo. Amantísimo Padre, apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción. Asistidnos propicio, desde el cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha con el poder de las tinieblas y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la muerte, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzar en el cielo la eterna felicidad.
Amén.



Orientación para los sacerdotes


¡Ah! No tengan que avergonzarse por mi causa aquellos que en ti confían, ¡oh Señor, Dios de los ejércitos! No queden corridos por causa mía los que van en pos de ti, ¡oh Dios de Israel! Salmo 69, 6


Me dirijo ahora a mis hermanos en Cristo, a mis hermanos sacerdotes, que deben realizar la ardua tarea de dirigir al pueblo cristiano en su lucha contra los males de la pornografía. Quienes hemos sido llamados a compartir el sagrado sacerdocio de Cristo también debemos compartir su pureza. Esta es una tarea vitalicia y realizada con amor, que debe traernos mucha alegría y gran humildad. Al alabar y glorificar a Dios en nuestros éxitos en este ministerio, también debemos arrepentirnos y hacer penitencia por nuestras propias faltas y por las faltas de nuestros hermanos.


Como sacerdotes nos encontramos sumergidos en una cultura que a menudo está diametralmente opuesta a la virtud. Al ser estudiantes de la cultura para poder capacitarnos mejor para la evangelización, debemos estar siempre alerta para impedir que nos asombren los mismos elementos que deseamos hacer desaparecer.


Tanto ustedes como yo somos hombres solteros para el Reino de Dios. Este gran don del celibato es una invitación a la intimidad que Cristo comparte con su Iglesia. Siempre debemos aceptar este don con alegría y crecer en el amor con capacidad para dar de nosotros mismos; ese amor es nuestra herencia. La sumisión a los falsos encantos de la pornografía es un pecado grave contra el don de la castidad del celibato.


Si un sacerdote es parte de este pecado, debe buscar asistencia del obispo o de su superior religioso. Esa falta no significa necesariamente el final de su ministerio. Quisiera ayudarles a lograr la sanación espiritual, psicológica y sacramental que será necesaria para que vuelvan a sus labor.


Todos los sacerdotes deben ser parte de una dirección espiritual permanente y frecuente. Estos encuentros con su director son una oportunidad invalorable e íntima de oír la voz del Maestro y de responder a su voluntad. Las conversaciones con los directores deben ser siempre francas y completas, sin esconder ninguna de las frustraciones y tentaciones de su ministerio, y revelar todas sus faltas. La humilde aceptación de dirección es una defensa segura contra los peligros de la impureza.


Ningún sacerdote puede ser un ministro de reconciliación idóneo si no busca con frecuencia la absolución. Los sacerdotes deben practicar con frecuencia la confesión en el Sacramento de la Penitencia. La demora o la disminución de la importancia de la confesión es señal de un corazón impenitente.


Todos los sacerdotes deben rendir cuentas de sus actos privados y públicos. En realidad, como ministros de Cristo, ningún acto es verdaderamente privado, con excepción de su oración personal, y aun los frutos de ella deben ser discutidos abiertamente con su director. No permitan nunca que surja una vida privada que deban mantener en secreto de sus hermanos. Los sacerdotes deben ser particularmente diligentes en este campo cuando se trate del uso de tecnología moderna de comunicación. Insto a cada sacerdote a que rinda cuentas a sus hermanos sacerdotes por el uso de esta tecnología.


Por último, desearía pedir a todos los sacerdotes que se encomienden a San José, el modelo de paternidad, y que recen con mucha frecuencia por su intercesión para ustedes y para sus hermanos.


"Oh Santísimo José, que llevaste al Niño Jesús en tus benditos brazos y que, durante treinta años, viviste en la más íntima familiaridad con Él, toma bajo tu poderosa protección a quienes Él ha investido con su autoridad y honrado con la dignidad de su sacerdocio. Sostenme en mi fatiga y mis esfuerzos; consuélame en mis dolores; fortifícame en mis combates; pero, sobre todo, aléjame de todos los males de la impureza.


Ayuda a lograr para todos mis hermanos la humildad de San Juan Bautista, la fe de San Pedro, el celo y la caridad de San Pablo, la pureza de San Juan y el espíritu de oración y recogimiento del que tú, amadísimo San José, eres modelo, para que después de haber estado en la tierra, los fieles dispensadores de los misterios de Tu Hijo adoptivo, Nuestro Señor Jesucristo, podamos recibir en el cielo la recompensa prometida a los pastores según el Corazón de Dios.
Amén.



V. El don de la vista


Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.


En medio del sufrimiento y del dolor causados por el mal de la pornografía, somos llamados a ser un pueblo de esperanza, a contemplar la imagen de Dios en otros y a restituir nuestro uso de la vista enfocándonos en la meta de nuestra fe y el destino final de nuestra vista.


La Iglesia siempre ha descrito al cielo como el estado de contemplación del Señor cara a cara. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8). Nuestro Señor pronuncia estas palabras al comienzo de su ministerio público. Por lo tanto, Él mismo revela la conexión entre la virtud de la pureza y la facultad de la vista. Según la explicación de esta beatitud dada en el Catecismo, la pureza de corazón es el preámbulo de la visión de Dios (CIC 2519).


Esta beatitud describe primero una característica esencial de los bienaventurados, de quienes han entrado en el gozo de la vida trinitaria (CIC 1721): son limpios de corazón. Esta descripción también sirve como exhortación moral: debemos buscar esa limpieza de corazón. En sentido general, la limpieza de corazón se refiere a la capacidad de amar que tiene la persona humana.


Indica un corazón dedicado por completo al Señor, no dividido por pasiones ni deseos contrarios a Él. Puesto que el corazón es la sede de la personalidad moral (CIC 2517), la limpieza de corazón significa rectitud moral.


Con todo, la limpieza de corazón guarda una relación particularmente estrecha con la sexualidad humana, ese aspecto esencial de la persona humana que concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro (CIC 2332). En este contexto, la beatitud indica específicamente un corazón purificado de deseos sexuales egoístas o rudimentarios; un corazón que no ve ni desea a otra persona con fines de placer o de ganancia egoístas. La limpieza de corazón se refiere a la integración de los deseos y acciones sexuales de una persona con la verdad de la sexualidad humana y una auténtica capacidad para dar de sí misma.


La segunda parte de la beatitud describe la recompensa para los limpios de corazón: ellos verán a Dios. Cada beatitud expresa algún aspecto del cielo, en este caso la visión de Dios. "Ver a Dios" tiene, ante todo, un significado metafórico. Se refiere al conocimiento de Dios, a la capacidad de "verlo" intelectualmente. Con todo, "ver a Dios" o tener la "visión de Dios" no es solamente una analogía del cielo. Más bien, tiene un profundo sentido literal también. Como el cuerpo humano resucitará el último día, los justos literalmente "verán" a Dios con sus propios ojos. Como tal, la expresión "ver a Dios" describe el anhelo definitivo de cada corazón humano y la finalidad de la vista humana.


La Encarnación de Nuestro Señor trae al ser humano la capacidad de satisfacer el deseo de ver a Dios. En su Evangelio, San Juan da testimonio elocuente de ello: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros: y hemos visto su gloria, como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14). En su primera carta, también San Juan presta testimonio de "lo que fue desde el principio o desde la eternidad, lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos y contemplamos, y palparon nuestras manos tocante al verbo de la vida" (1 Jn 1:1). En la Persona de Jesucristo, Dios habla al ser humano cara a cara y el ser humano ve el rostro de Dios. En realidad, no sería demasiado decir que Nuestro Señor vino al mundo precisamente para que pudiéramos verlo.


Por lo tanto, al sanar al ciego (cf. Mt 9, 27-28; 12, 22; Mc 8, 22-23; Jn 9), Él revela que ha venido a restituir la finalidad original de nuestra vista. Ante todo, con su muerte y resurrección, Nuestro Señor nos redime y, por lo tanto, nos permite entrar al cielo, a la propia presencia de Dios.


San Juan, de hecho, iguala la visión de Dios a la salvación propiamente dicha: "sabemos que cuando se manifieste claramente Jesucristo, seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 2). Por medio de nuestra visión de Él seremos como Él.


Al mirarlo, recibiremos salvación. Por lo tanto, la Iglesia habla del cielo como de la "visión beatífica", es decir, la visión que nos hace bienaventurados. Por eso escribió San Ireneo que "La vida del hombre es la visión de Dios". Al presente no vemos a Dios sino como en un espejo y bajo imágenes oscuras, pero entonces lo veremos cara a cara" (1 Cor 13, 12). Sobre la base de la Sagrada Escritura, la Iglesia ha reflexionado continuamente sobre este deseo y esta promesa de la visión de Dios. Describe la virtud de la fe como una forma de ver a Dios y de ver su verdad. Describe la contemplación, el punto culminante de la oración, en términos similares:


La contemplación es una mirada de fe, fijada en Jesús. "Yo le miro y Él me mira", decía, a su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a "mí". Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el "conocimiento interno del Señor" para más amarle y seguirle (CIC 2715).


Esta capacidad de "ver" espiritualmente tiene repercusiones para la vida moral: nos concede ver según Dios, recibir al otro como un prójimo; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina (CIC 2519).


Nuestra vista, más que una capacidad física, también es un medio importante para entender la fe, el cielo y la salvación. En realidad, su verdadero fin y su satisfacción es la visión de Dios mismo. La finalidad del ser humano está vinculada a su capacidad de ver. Con esta profunda verdad en mente, podemos apreciar mejor la grave amenaza que presenta la pornografía para el alma humana, la familia y la sociedad.



VI. Conclusión:


"Por ventura, ¿No sabéis que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, que habita en vosotros, el cual habéis recibido de Dios, y que ya no sois de vosotros, puesto que fuisteis comprados a gran precio? Glorificad a Dios y llevadle en vuestro cuerpo". (1 Cor. 6, 19-20).


Estamos en un umbral y podemos seguir permitiendo que esta plaga se propague con menos y menos controles o tomar medidas concretas para desarraigarla de nuestra vida, nuestra familia, nuestro vecindario y nuestra cultura.


Somos un pueblo llamado a compartir la visión pura y noble de Dios y de su creación. También somos un pueblo cuya futura gloria ha sido comprada con el invalorable sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo. No debemos olvidar el alto costo de esta compra.


Como pueblo libre, podemos combatir el grave peligro moral, social y espiritual de la pornografía con gran valor. Elevo mi ferviente oración para que los católicos, otros cristianos y todo el pueblo de bien entiendan esta amenaza y la enfrenten, faciliten la verdadera sanación y, más que nunca, practiquen plenamente el uso de la vista humana como don de Dios.




lunes, 16 de febrero de 2009

Fidelidad a la Gracia - P. Antonio Royo Marín

Fidelidad a la Gracia
P. Antonio Royo Marín, OP


Uno de los medios más importantes e indispensables para el adelantamiento espiritual es la fidelidad a la gracia, o sea, a las mociones interiores del Espíritu Santo que nos empuja a cada momento al bien.

Vamos a estudiar cuidadosamente esta fidelidad a la gracia, examinando su naturaleza, su importancia y necesidad, su eficacia santificadora y el modo de practicarla.

1. Naturaleza. – Prenotando. – La gracia actual. – Como fundamento indispensable para entender el verdadero alcance y significado de la fidelidad a la gracia es preciso tener en cuenta todo lo relativo a la naturaleza, necesidad, división, oficios y funciones de la gracia actual, que coincide precisamente con la inspiración del Espíritu Santo, a la que debe prestar el alma su fidelidad.

Examinemos ahora la naturaleza de la fidelidad a la gracia.

La fidelidad en general no es otra cosa que la lealtad, la cumplida adhesión, la observancia exacta de la fe que uno debe a otro. En el derecho feudal era la obligación que tenía el vasallo de presentarse a su señor y rendirle homenaje, quedándole sujeto y llamándose desde entonces hombre del señor X, o sea, tomando el nombre de su señor y quedando enteramente obligado a obedecerle. Todo esto tiene aplicación –y en grado máximo– tratándose de la fidelidad a la gracia, que no es, en fin de cuentas, más que la lealtad o docilidad en seguir las inspiraciones del Espíritu Santo en cualquier forma que se nos manifiesten.

Llamamos inspiraciones –dice San Francisco de Sales– a todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones (Sal. 20, 4), por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, excitarnos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestro bien eterno”.

De varias maneras se producen inspiraciones divinas. Los mismos pecadores las reciben, impulsándoles a la conversión; pero para el justo, en quien habita el Espíritu Santo, es perfectamente connatural el recibirlas a cada momento. El Espíritu Santo mediante ella ilumina nuestra mente para que podamos ver lo que hay que hacer y mueve nuestra voluntad para que podamos y queramos cumplirlo, según aquello del Apóstol: “Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Fil. 2,13).


sábado, 14 de febrero de 2009

Adoro Te Devote


Adoro te devote



Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

En la cruz se escondía sólo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios; haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame.

¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que da la vida al hombre; concédele a mi alma que de ti viva, y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.Jesús, a quien ahora veo escondido, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro ya no oculto, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.


* * *


Adóro te, devóte, latens déitas,quæ sub his figúris vere latitas.Tibi se cor meum totum súbiicit,quia te contémplans totum déficit.


Visus, tactus, gustus in te fállitur,sed audítu solo tuto créditur;credo quidquid dixit Dei Fílius:nil hoc verbo veritátis vérius.

In Cruce latébat sola déitas,at hic latet simul et humánitas;ambo tamen credens atque cónfitens,peto quod petívit latro pœnitens.

Plagas, sicut Thómas, non intúeor,Deum tamen meum te confíteor;fac me tibi semper magis crédere,in te spem habére, te dilígere.

O memoriále mortis Dómini!Panis vivus, vitam præstans hómini;præsta meæ menti de te vívere,et te illi semper dulce sápere.

Pie pellicáne, Iesu Dómine,me immúndum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fáceretotum mundum quit ab omni sælere.Iesu, quem velátum nunc aspício,oro, fiat illud quod tam sítio;ut te reveláta cernens fácie,visu sim beátus tuæ gloriæ.Amen.


Francisco Canals Vidal, maestro de la verdad - Monseñor Enrique Planas


Francisco Canals Vidal, maestro de la verdad

Por monseñor Enrique Planas



BARCELONA, martes, 10 febrero 2009 (ZENIT.org).- El 7 de febrero fallecía a los 86 años de edad el profesor Francisco Canals Vidal, catedrático de Metafísica, uno de los grandes filósofos católicos contemporáneos.

Miembro emérito de la Pontificia Academia de Santo Tomás, doctor honoris causa por las Universidades Santo Tomás de Manila, Abat Oliba CEU de Barcelona y FASTA de Mar del Plata, fue conocido sobre todo como catedrático de Metafísica de la Universidad de Barcelona, y como profesor de la Fundación Balmesiana y miembro de la "Schola Cordis Iesu".

Entre sus libros publicados destacan "Sobre la esencia del conocimiento" (PPU, Barcelona 1987), "Los siete primeros Concilios" (Scire, Barcelona 2003), "Santo Tomás, un pensamiento siempre actual y renovador" (Scire, Barcelona 2003), "San José, Patriarca del pueblo de Dios" (Balmes, Barcelona 1987) y "San José en la fe de la Iglesia" (BAC, Barcelona 2007).

Casado el 20 de junio de 1950 con Isabel Surís Fàbrega, era celador del Apostolado de la Oración
Ofrecemos a continuación el recuerdo de uno de sus discípulos, monseñor Enrique Planas, quien ha sido oficial del Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales, delegado de la Filmoteca Vaticana, y ha fundado la Red Informática de la Iglesia en América Latina (RIIAL).


Francisco Canals Vidal, maestro de la verdad


El profesor Francisco Canals Vidal acaba de fallecer dejando una ingente obra intelectual y una red de discípulos que se cuenta por decenas y que ejercen su magisterio en universidades de todos los continentes.

Canals tuvo dos maestros -en realidad uno sólo- el padre Ramón Orlandis, S.J. y el propio Tomás de Aquino: ambos nutrieron un magisterio que él supo transmitir a la realidad actual dando respuesta viva y eficaz a los problemas que plantea el presente momento histórico.

Comentar su obra es tarea imposible en un breve artículo, pero sería suficiente recordar el esfuerzo de liberar a Santo Tomás de Aquino de muchas adherencias y enriquecerlo con tantas de sus facetas olvidadas con el paso de los siglos y que en realidad son de vivísima actualidad. La reflexión de Canals ha dado como fruto una síntesis nueva de la doctrina del Doctor Angélico, expresada en unas tesis que van mucho más allá de las veinticuatro de la tradición reciente. De modo que tenemos a un Tomás nuevo en su ardor, nuevo en sus métodos y nuevo en su expresión, tal como exige la misión actual de la Iglesia de una nueva evangelización (Santo Tomás, un pensamiento siempre actual y renovador, Scire, Barcelona 2003).

Recuerdo que en 1967, en el banquete ofrecido al nuevo catedrático de Metafísica, en la Universidad de Barcelona, el doctor Alfredo Rubio de Castarlenas hizo un brindis que comenzaba diciendo: "en este homenaje al Canals metafísico yo brindo por el Canals teológico...". Más que una invitación dicho brindis fue una consigna que el profesor jamás olvidó y dio como fruto una obra cumbre, menos difundida de lo que merece, que recoge la doctrina de la ortodoxia católica según "Los siete primeros Concilios" (Scire, Barcelona 2003).

El cardenal Dario Castrillón, que tanto está haciendo a favor de la unidad de la Iglesia, me confesó que tiene esta obra como libro de cabecera. En un milagro de amena claridad este libro sabe explicar, de forma exhaustiva, la formulación de la ortodoxia católica demostrando que no hay nada nuevo bajo el sol y que si la verdad es indefectible también el error de las viejas herejías aflora sin cesar a través de la historia. ¿Acaso muchos dirigentes de la política y de la cultura cristiana de nuestros días no caen en la tentación de hacer un cristianismo sociológico-político que no es sobrenatural y que no es humano? Al igual que en el arrianismo se busca la construcción de estructuras político-sociales-culturales en la ignorancia de la dimensión sobrenatural. Es sólo un pequeño ejemplo de una obra que nos recuerda con simpatía y ternura las grandes verdades que sostienen el edificio de la Iglesia y que nunca habría que olvidar.

Canals gustaba decir, con pasión, humildad y garbo, que los hombres son instrumentos de Dios, cuando lo son, y otras veces también lo son, aunque no hagan más que estropear sus designios. Sin duda él fue un eficaz transmisor de la verdad de Dios y que, junto con sus maestros Tomás y Orlandis, en estos momentos está contemplando, cara a cara, la realidad Divina. Es algo que la fe y la confianza en la divina Misericordia nos hace pensar.


viernes, 13 de febrero de 2009

El lazo se rompió y volamos - Capítulo 6 - Horacio Bojorge


Horacio Bojorge


Capítulo 6: Castidad



Una mística matrimonial
1. Sin adoradores del Padre, la tierra sería como una tapera vacía y el universo se vería privado de la única creatura material, diputada de la materia, boca de la materia para cantar las alabanzas del Creador y corazón de la materia para amarlo.
Dando la vida, los esposos participan en la paternidad de Dios, aseguran que se multipliquen los hijos de Dios y las bocas y corazones que canten su alabanza en la tierra y eternamente en el cielo. La sexualidad está ordenada al amor conyugal de los hijos e hijas de Dios: del varón y de la mujer, colaboradores de Dios en la multiplicación de sus hijos sobre la tierra.. Este es el sentido pleno, religioso, de la fecundidad como bien, don y fin del matrimonio.

2. La alianza que los esposos creyentes contraen libremente implica un amor fiel, que proviene de su condición de Hijos de Dios, engendrados por el que es Fuente eterna e indeficiente de Caridad siempre fiel. La alianza les confiere la posibilidad y la obligación de guardar indisoluble el matrimonio.
En el matrimonio, la intimidad conyugal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Cada uno se convierte en don de Dios Padre para el otro. Por eso es que entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el Sacramento.

3. No se trata de una mera asociación con miras procreativas y fines intramundanos. Criar hijos que los auxilien en su vejez, o los alegren con los nietos en su ancianidad.

La castidad prematrimonial
4. En este tema, la exposición de la sabiduría de la fe católica no tiene más remedio que entrar en frontal contradicción con una pretendida "sabiduría" mundana, a la que no hay más remedio que contradecir y desenmascarar como errónea y funesta.

5. En el noviazgo, mucho más que en el matrimonio, la erotización excesiva o desenfrenada de las relaciones, va en desmedro del crecimiento de la amistad de pareja y del desarrollo de los intereses que los unen en otros dominios ajenos a la sexualidad.
La sexualidad y lo erótico tienen una fuerza obsesiva muy grande y tienden a acaparar, si no se los encauza y domina, todas las fuerzas de la pareja, en desmedro de otros aspectos de su relacionamiento humano. La erotización descontrolada deshumaniza y despersonaliza la relación.

6. Una pareja excesivamente erotizada, o fundada solamente sobre el atractivo erótico, descansa sobre un fundamento muy inestable, y se mantiene unida por un vínculo pasajero. Las pasiones pasan o se debilitan con los años o el hastío. Es necesario que la pareja esté unida por un vínculo de verdadera amistad matrimonial, que es el sólo duradero y capaz de resistir hasta la pérdida de los encantos físicos o de la potencia sexual. La amistad matrimonial, que debe comenzar a cultivarse en el noviazgo, debe seguir siendo cultivada y construida a lo largo de los años y la lujuria ahoga los demás intereses humanos que alimentan esa amistad.

7. Más todavía, la lujuria engendra fácilmente las frustraciones y por lo tanto la ira, y puede ser fuente de sentimientos negativos: rencores y hasta odios de pareja.

8. A veces, las relaciones prematrimoniales dan amargos frutos, a largo plazo, dentro del matrimonio. Cuando surgen las tensiones y conflictos de pareja, las relaciones sexuales mantenidas antes del matrimonio pueden ser fuente de rencores o reproches. Unas veces puede ser ella la que le reprocha a él que le haya exigido la prueba de amor antes de tiempo. Otras veces puede ser él, el que le reprocha a ella que se le entregó para atarlo.
Con los años, las semillas de mentira o de insinceridad que se mezclaron con el trigo del noviazgo, crecen como cizaña que infecta la amistad matrimonial y puede llegar a sofocarla.

9. Las relaciones sexuales entre adolescentes, a veces púberes, tienen lugar por curiosidad más que por pasión, ni qué digamos por amor altruista. Otras veces el motivo es de orden social, "para hacer lo que todos" o "para no ser el único que aún no lo hizo."
Hay, a esa edad, un uso o instrumentación del otro y de su cuerpo. Y no siempre lo que se averigua movido por la curiosidad, contribuye a hacer feliz. La promesa del conocimiento funciona aquí como tentación, a semejanza de la tentación del paraíso.
Siempre recuerdo el rencor que me confidenció cierta vez una jovencita hacia el varón con el que se había iniciado y por el que se había sentido tratada como una cosa. Había sido desflorada en una relación frustrante.

10. La desilusión y las frustraciones de este tipo se mantienen en secreto, mientras que la propaganda para inducir a los jóvenes a las relaciones prematrimoniales se bocinea. Los pedazos se recogen en secreto o se barren bajo la alfombra.

11. Para los que están habituados a recoger los pedazos y enterrar a los muertos, el mítico: está bien con tal de que sea por amor, haría reír si no fuese porque hace llorar. Y lo más triste es que ese mito lo repiten en forma irresponsable algunos padres, muchos educadores, religiosas y hasta sacerdotes en el confesionario. No hay peores ciegos que los que no quieren ver. Y estos arrastran consigo a la fosa a los que guían y pretenden conducir.

12. Son muchos los jóvenes que reconocen que haber mantenido relaciones prematrimoniales, les hace sentirse menos libres, ahora, en su relación con el otro. Se han atado como si fueran esposos y, sin embargo, aún no lo son y en el fondo del corazón albergan el temor de que podrían querer dejar de ser novios. Lo siguen siendo, pero, sintiéndose a menudo inseguros de sus sentimientos, no se sienten libres. Hay como una sombra sobre la relación, que proviene de estar viviendo como estable lo que, de hecho, saben bien que no lo es. A veces, esperando encontrar o habiendo ya encontrado a otra persona, lamentan haber convivido con la anterior.

13. Muchos de nuestros jóvenes católicos, hijos de Dios y llamados a la santidad en el pueblo de Dios, no están siendo informados y educados, en este dominio, por instancias familiares, eclesiales o docentes, capaces de contrarrestar el bombardeo arrogante y mentirosamente seguro, de los mitos y propagandas desviadoras que les viene del ambiente. Se hace cada vez más necesario desenmascarar esos mitos irresponsables que están en la base de tantas infelicidades juveniles y de las crisis matrimoniales tan extendidas.
Cada vez que en mi práctica sacerdotal me encuentro con una víctima, la animo a convertirse en consejera o consejero que alerte a otros para que no cometan los mismos errores.

14. Uno de esos mitos consiste en recomendar las relaciones prematrimoniales como una garantía de la futura armonía matrimonial: se casan conociéndose bien.
En realidad, la experiencia muestra que en muchos casos, como los referidos arriba en el número 7, funcionan como una bomba de tiempo para la destrucción del matrimonio.

15. Los sostenedores de este mito han renunciado a pensar y a mirar la realidad de lo que sucede a muchos jóvenes incautos que siguen su receta. Cualquiera que tenga trato con jóvenes, sabe que no es una posibilidad imaginaria que, como en la historia de Amnón y Tamar (2 Samuel 13,1ss) la atracción se convierta en aversión. Y que los que se acuestan creyendo quererse se levanten odiándose.

16. Lejos de consolidar una alianza de amor, la relación premarital suele desencadenar tormentas del alma que separan en vez de unir e imposibilitan el amor en vez de fundarlo. Más bien hay que considerar milagroso que un amor verdadero sobreviva a unas relaciones cuyos motivos son más la curiosidad o la lujuria, que el deseo generoso por el bien del otro.

17. La joven que se entrega a su novio, no lo haría si supiese el mal que le hace, tanto a él como a la futura relación de ambos, al condescender con su lujuria de varón y al arrojarlo, muy a menudo, a una obsesión física y orgánica que enturbia las otras dimensiones de la relación interpersonal. Condescendiendo con su apetito, no sólo no lo ayuda a dominarlo, sino que lo somete a su pasión. Debería, por el contrario, contribuir a que su novio alcanzase el autodominio en que consiste la castidad, y que es tan necesaria para el equilibrio y la madurez humana del varón. Tanto como contribuye a la felicidad de la esposa el varón casto, contribuye a su infelicidad el hombre lujurioso, al que ella misma, a menudo, ha contribuido a deformar.

La castidad matrimonial
18. El estado matrimonial no significa una patente de libre curso para relaciones egoístas de lujuria de una parte o de ambas. Algunos moralistas parecieran haber ignorado esta verdad.

19. El matrimonio debe precisamente contribuir, por la gracia del sacramento, a curar la herida de la concupiscencia en la naturaleza humana. Siendo el hombre el que padece más fuertemente el embate del deseo sexual y más expuesto está a la lujuria, tanto en el noviazgo como en el matrimonio, es la mujer la llamada a ayudarlo a lograr el autodominio que lo hace verdaderamente hombre, y le permite integrar su personalidad de varón mediante la virtud de la castidad.

20. La esposa que manipula a su marido y usa su debilidad pasional como instrumento de dominación, daña a su esposo, pues no lo ayuda a gobernar su pasión con su razón y a integrarse como persona, haciéndose verdaderamente hombre. Pero al dejar a su esposo dominado por la lujuria y sin defensa de su voluntad y de su razón, lo deja a merced de los encantos de otras mujeres. Ella no piensa que los propios encantos sexuales irán disminuyendo con la edad, o con el aburrimiento erótico, y que la lujuria de su esposo, tarde o temprano, lo arrastrarán hacia otras. No haber ayudado a su esposo a poner freno a sus pasiones lo pagará, probablemente, tarde o temprano con la infidelidad de su esposo, del cual ella tendrá también parte de culpa y de responsabilidad.

21. Un matrimonio donde los cónyuges no aprenden a dominar su lujuria y a vivir castamente su relación de amigos, se deshace fácilmente por el adulterio de uno de los dos o de ambos.
La experiencia enseña que la pasión sexual no dominada puede perjudicar el desarrollo de la amistad matrimonial o su perduración, convirtiéndose de servidora en enemiga de la unión de los esposos. A eso apunta la prohibición del adulterio y de los demás actos que provienen de la falta de dominio de la lujuria propia.

22. El nosotros esponsal, el tú y yo de la pareja, se constituyen en un primer momento mirándose el uno al otro, pero no pueden permanecer indefinidamente así sin que cada uno termine mirándose en realidad a sí mismo más que al otro.

23. Pronto deben volverse, para mirar juntos en la dirección de Dios. Eso lo expresa hermosamente el rito del sacramento del matrimonio, donde ambos miran hacia el sagrario, hacia el altar, el crucifijo y el ministro de la Iglesia.

24. En su vida matrimonial deberán vivir mirando juntos en la dirección de sus hijos. Con eso, el nosotros matrimonial se hace un nosotros abierto y generoso, abierto a la vida. Y así debe permanecer si quiere perdurar de verdad siendo humana.

25. La regulación de la natalidad representa uno de los aspectos de la paternidad y la maternidad responsables. La legitimidad de las intenciones de los esposos no justifica el recurso a medios moralmente reprobables (la esterilización directa, la contracepción). Aquí tiene su lugar la virtud de la castidad matrimonial que, dominando la pasión, libra de la lujuria y profundiza aún más la amistad matrimonial.

Educación en la castidad
26. La educadora natural en la castidad debiera ser la familia. Pero la legislación del divorcio ha contribuido a debilitar el vínculo matrimonial y su consistencia social, alentando de hecho las conductas de infidelidad. Los jóvenes y hasta los niños son iniciados e impulsados a comportamientos eróticos o sexuales prematuros. He sido testigo en pequeñas ciudades del interior del Uruguay, de que organizaban concursos de Lambada para niños de ocho años los mismos padres y educadores que deberían haberlos protegido.

27. La familia ha visto disminuida su autoridad y su capacidad formativa y educativa de las nuevas generaciones por múltiples factores: laboral, social, económico, legal (recortes de la patria potestad y adelanto de la mayoría de edad), escolar, cultural. Los educadores sexuales son, hoy, de hecho, los medios de comunicación y hasta la escuela, pues se quiere convencer a los padres de que ellos no saben lo necesario para enseñar a sus hijos y que deben delegar el ejercicio de ese derecho natural e inalienable. Pero existen los padres abandonadores que se desentienden y dejan en otras manos su responsabilidad.

28. A edades muy tempranas los niños suelen iniciarse mirando videos pornográficos. Una maestra de quinto de primaria, de una ciudad del interior, me contó que pudo comprobar sorprendida que la colecta realizada entre un grupo de varoncitos de su clase, era para alquilar... un video pornográfico.

29. Causa o resultado de estas iniciaciones prematuras son, con frecuencia, los incestos tempranos, las personalidades paidófilas, la masturbación infantil y juvenil.

30. Los preadolescentes de los colegios se ven empujados a conductas eróticas o sexuales prematuras. Se "arreglan" a edades en las que no están maduros para el noviazgo.

31. En cuestiones sexuales, la adolescencia y preadolescencia son las edades de la curiosidad, más que de la pasión, y mucho menos del amor verdadero, que es el generoso, el amor que es capaz de olvidarse de sí mismo para pensar y buscar el bien del otro.

32. El resultado de esto es que las relaciones pre-matrimoniales entre adolescentes no son actos de amor, sino la mayor parte de las veces de curiosidad y de instrumentación del otro a la búsqueda de sí mismo, en la que está embarcado el adolescente y el joven debido a su edad y el proceso de descubrimiento de sí mismo.
Son también actos de irresponsabilidad respecto de su propio cuerpo y del hijo que ya son capaces de engendrar pero aún no son capaces de recibir ni de educar. Tampoco son responsables para contemplar los derechos de las respectivas familias sobre ellos y su posible descendencia.
Así resulta que la Ley se desentiende de la irresponsabilidad sexual de los jóvenes cuando, en cambio, los considera irresponsables para manejar un auto o disponer de bienes económicos.

33. El que peca contra uno solo de los mandamientos está, en realidad, pecando contra todos, porque está desobedeciendo y apartándose del amor al Nosotros divino-humano. Así por ejemplo, la joven que permite que se inflame la pasión de su novio, contribuye a encenderla y por fin condesciende. Así el novio que induce a su novia a mantener relaciones sexuales prematrimoniales pretextando que debe darle una prueba de amor. Faltan directamente contra la virtud de la castidad y contra el sexto mandamiento, pero también faltan, indirectamente, contra los demás mandamientos y virtudes.

34. Faltan contra la piedad familiar y filial y por lo tanto contra el cuarto mandamiento, porque disponen de sí mismos al margen o contra la voluntad de sus padres y de otros familiares, que no aprueban lo que hacen; porque enfrentan a sus padres con hechos consumados imponiéndoles por vía de hecho lo que debía haber sido el resultado de una deliberación familiar conjunta.

35. Faltan contra la caridad y el quinto mandamiento, porque son motivo de pecado mortal para el otro. Además, si viniese un hijo no querido, se ponen temerariamente en ocasión y en peligro de abortar; ya sea por decisión propia o por presiones del otro o de otros familiares.

36. Faltan contra la justicia y contra el séptimo mandamiento porque disponen de lo que no les pertenece, en este caso del cuerpo propio y del cuerpo del otro; porque se apoderan, a menudo con engaño, del cuerpo ajeno, al margen de la justicia que se realiza sólo en el contrato matrimonial. Faltan a la justicia con sus familias a las cuales pertenecen y que tiene aspiraciones y derechos sobre ellos. Si viniese un hijo, faltarían a la justicia con él, pues el niño tiene derecho a nacer en una familia bien constituida y estable y a tener un padre, mientras que ellos lo llaman a la existencia en una situación de carencia.

37. Faltan a la verdad y al octavo mandamiento, porque su relación prematrimonial está al margen de la verdad familiar de la sexualidad que sólo se realiza en el matrimonio. La frecuencia con que él la abandona después que ella se entrega, muestran que en el pretendido y declarado amor había o autoengaño o mentira lisa y llana. Se miente amor donde hay pasión, se mienten el uno al otro y cada uno a sí mismo, engañándose sobre los móviles verdaderos de su relación. Y ya se ve cómo faltan también al sexto, noveno y décimo mandamientos.

La castidad salvífica y la persecución religiosa por la lujuria
38. La corrupción sexual organizada es una forma propia y verdadera de persecución religiosa y de destrucción del pueblo de Dios.

39. El desenfreno sexual destruye al pueblo de Dios, que es la Iglesia. A esa destrucción contribuyen aquellos medios de comunicación y de la industria del espectáculo que propagan la corrupción sexual y la pornografía, o dan por natural la corrupción de las costumbres, exaltan el adulterio, socavan la cultura del pudor, o profanan los signos sagrados asociándolos a imágenes perversas mediante la ingeniería de la imagen.

40. Jesús es nuestro modelo de castidad y María la protectora de nuestra pureza. Por eso el neopaganismo apóstata, que se irrita con ellos como ante un reproche, ataca su figura con filmes sacrílegos u obscenos: "Jesucristo Superstar", "Dios te salve María", "La última tentación de Cristo", "Jesús de Montréal", "Dogma". O con seriales televisivas que contaminan la imagen sacerdotal y religiosa.

41. Pero entre las nuevas generaciones de adolescentes y jóvenes en Europa y Estados Unidos, son muchos más los que redescubren hoy la hermosura humana de la pureza de cuerpo y espíritu, que confiere la castidad.
Aún en los peores tiempos, el 40% de los jóvenes norteamericanos se mantenían puros hasta el matrimonio, a pesar del terrorismo de la propaganda, las encuestas y la presión social contraria. Por lo cual vivían su propósito a escondidas y con cierto complejo.

42. No es, como dicen los apóstoles de la lujuria, por miedo al SIDA, que cada vez más jóvenes, a pesar de las campañas por el uso de preservativos y anticonceptivos y por lo que llaman "sexo seguro", se deciden a llegar puros al matrimonio.

43. Millones de adolescentes y jóvenes norteamericanos han tomado por lema de su decisión de aplazar sus relaciones íntimas hasta el matrimonio, la frase: "El verdadero amor, espera". Y recientemente comienzan a hacerlo muchos en América Latina (Ver Apéndice)

Ejercicios
· ¿Cuál es el fundamento religioso de la mística de la castidad?
· ¿Cómo se ayudan los esposos a vivir castamente? ¿Cómo puede la esposa ayudar a que su esposo viva la virtud de la castidad matrimonial?
· ¿Usted cree que nuestras mujeres católicas son conscientes de la responsabilidad que tienen para ayudar a sus esposos a adquirir la virtud de la castidad?
· ¿Cree que saben educar a sus hijas en este asunto?
· ¿Está de acuerdo en que la castidad matrimonial es la mejor defensa contra la infidelidad?
· Si ha cometido errores en estos asuntos ¿Ejercita el apostolado del buen consejo?
· ¿Es consciente de que mediante la protesta o la influencia debemos contribuir a sanear la atmósfera cultural que los "apóstoles" de la lujuria vuelven irrespirable y nociva para el pueblo de Dios?


APÉNDICE
(Fuente: Semanario Cristo hoy, V( 23-29/12/1999) N1 291, pág. 8)

QUITO (ACI): Bajo el lema "El verdadero amor espera", cerca de 1.800 estudiantes prometieron públicamente vivir en abstinencia hasta el matrimonio, en un acto de promoción de la castidad desarrollado en el estadio Modelo de Guayaquil. “Al ver que los preservativos fallan y que uno de cada seis jóvenes queda infectado o embarazada, al darnos cuenta que no existe el sexo seguro, hemos decidido darle a la juventud una alternativa que es segura, la abstinencia”, afirmó el director del proyecto, Nelson Zavala Avellán, que impulsa la abstinencia.

El año pasado se realizó también la promesa y cerca de dos mil jóvenes se comprometieron a no tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Pero la verdadera razón no es negativa sino positiva, el acto sexual sólo encuentra su verdad en la relación esponsal amorosa, abierta a la vida, generosa y responsable. El que comienza a cuidarse y amarse verdaderamente a sí mismo, debe progresar abriéndose al amor al cónyuge y los hijos.

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