P. Antonio Royo Marín, OP
Uno de los medios más importantes e indispensables para el adelantamiento espiritual es la fidelidad a la gracia, o sea, a las mociones interiores del Espíritu Santo que nos empuja a cada momento al bien.
Vamos a estudiar cuidadosamente esta fidelidad a la gracia, examinando su naturaleza, su importancia y necesidad, su eficacia santificadora y el modo de practicarla.
1. Naturaleza. – Prenotando. – La gracia actual. – Como fundamento indispensable para entender el verdadero alcance y significado de la fidelidad a la gracia es preciso tener en cuenta todo lo relativo a la naturaleza, necesidad, división, oficios y funciones de la gracia actual, que coincide precisamente con la inspiración del Espíritu Santo, a la que debe prestar el alma su fidelidad.
Examinemos ahora la naturaleza de la fidelidad a la gracia.
La fidelidad en general no es otra cosa que la lealtad, la cumplida adhesión, la observancia exacta de la fe que uno debe a otro. En el derecho feudal era la obligación que tenía el vasallo de presentarse a su señor y rendirle homenaje, quedándole sujeto y llamándose desde entonces hombre del señor X, o sea, tomando el nombre de su señor y quedando enteramente obligado a obedecerle. Todo esto tiene aplicación –y en grado máximo– tratándose de la fidelidad a la gracia, que no es, en fin de cuentas, más que la lealtad o docilidad en seguir las inspiraciones del Espíritu Santo en cualquier forma que se nos manifiesten.
“Llamamos inspiraciones –dice San Francisco de Sales– a todos los atractivos, movimientos, reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones (Sal. 20, 4), por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, excitarnos, empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a nuestro bien eterno”.
De varias maneras se producen inspiraciones divinas. Los mismos pecadores las reciben, impulsándoles a la conversión; pero para el justo, en quien habita el Espíritu Santo, es perfectamente connatural el recibirlas a cada momento. El Espíritu Santo mediante ella ilumina nuestra mente para que podamos ver lo que hay que hacer y mueve nuestra voluntad para que podamos y queramos cumplirlo, según aquello del Apóstol: “Dios es el que obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito” (Fil. 2,13).
