lunes, 25 de marzo de 2013

“Mira que tu Rey viene hacia ti” (Zac 9, 9) - Mons. Antonio Marino

“Mira que tu Rey viene hacia ti” (Zac 9, 9)
Mons. Antonio Marino


Homilía en el Domingo de Ramos, en la Catedral de Mar del Plata, el 24 de marzo de 2013.


Queridos hermanos: 


I. Semana Santa 

Esta celebración del Domingo de Ramos, nos introduce en la Semana Santa. Todas las semanas del año son tiempo de gracia y de la abundante misericordia de Dios. Pero ésta no es una semana más. Una manifestación mayor de esa misericordia nos espera. Es por cierto legítimo vincular con el descanso los feriados de los próximos días santos. Pero qué pobreza espiritual sería la nuestra, si los dejáramos pasar como días de simple turismo mundano, sin intensificar nuestra oración, sin procurar renovarnos mediante la gracia de los sacramentos y la participación fervorosa en los diversos actos de piedad. En estos días se contiene la respuesta a las preguntas más importantes de la vida. ¡No los dejemos pasar sin que dejen una huella en nosotros! 


II. Domingo de Ramos 

En el día de hoy se juntan dos aspectos que parecen contradictorios: el ingreso triunfal de Cristo en Jerusalén, aclamado como Rey y Mesías; y el relato de su pasión, muerte y sepultura. La gloria y el fracaso humano. Procuremos entender. 

Con fervor de creyentes hemos participado en la bendición y en la festiva procesión con los ramos y palmas. Con espíritu de fe, los hemos levantado para imitar el entusiasmo de los discípulos que aclamaron a Jesús cuando se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos. Lo mismo que ellos, “llenos de alegría”, hemos querido reconocerlo como Rey y Mesías: “¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!” (Lc 19, 38). 

Estos ramos que llevaremos a nuestras casas, encierran un simbolismo y nos mueven a un compromiso. Constituyen un recuerdo de lo que aquí hemos hecho. No son mágicos sino provocadores, porque nos estarán preguntando a lo largo del año si llevamos de manera coherente el nombre de cristianos que nos honra. 

Los discípulos pusieron sus mantos a modo de montura sobre el asno que llevaría al Maestro, y “mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino” (Lc 19, 36). Nosotros le hemos alfombrado el camino sometiendo nuestras vidas con humilde entrega al paso del único Señor que no nos envilece sino que nos eleva; hemos entregado nuestro corazón al único Rey cuya obediencia nos hace verdaderamente libres. 

Otras veces Jesús había recorrido este mismo camino, como uno más, mezclado entre los peregrinos. Pero esta vez quiso hacerlo montado en un asno, a la manera del rey anunciado por el profeta Zacarías: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna” (Zac 9, 9). 

El humilde asno, que haría sonreír a un emperador romano, muestra el verdadero mesianismo de Jesús. Comentando este episodio, nos decía el Papa Benedicto XVI: “Él es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y un rey de la sencillez, un rey de los pobres (…). Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que Él considera el único poder salvador” (Jesús de Nazaret II, p.15). En palabras de nuestro Papa Francisco, Jesús nos muestra el poder como servicio y el servicio como el verdadero poder. 

Pero no a todos agradó este ingreso triunfal de Jesús. Algunos intentaron acallar la voz de los discípulos que abiertamente identificaban a Jesús como el Rey Mesías. Escuchamos en el Evangelio: “Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras»” (Lc 19, 39-40). 

Sabemos que también hoy como ayer se intenta enmudecer la voz de los discípulos de Cristo. A algunos les molesta que la Iglesia predique las consecuencias que la fe en Él tiene para la sociedad y sus leyes. Los medios de comunicación y algunos políticos, han dicho con frecuencia que la Iglesia con sus doctrinas sobre la vida, el matrimonio y la familia, que considera inmutables, se aleja cada vez más de la gente. Lo mismo sucede con otros aspectos de su disciplina sacramental y de su enseñanza moral. De ahí que seamos invitados a “modernizarnos” y a cambiar para no perder vigencia. 


III. La pasión del Rey y Mesías 

Al concluir la procesión, el clima de fiesta religiosa cedió el lugar a las lecturas bíblicas que nos hablan de Cristo como Servidor obediente y quebrantado, y al relato de su humillante pasión. Si la vigencia que se pretende asignar a la Iglesia –como he leído ayer– consiste en hacer de ella simplemente “una instancia no autoritaria de valores universales” aceptados por todos, una institución bienhechora que predicara una moral según el gusto del momento, entonces la pasión de Cristo habría sido superflua y su cruz un hecho casual e insignificante. 

Resulta oportuno citar aquí las palabras de nuestro Papa Francisco en su primera homilía ante los cardenales del cónclave: “Cuando caminamos sin la cruz, cuando construimos sin la cruz y cuando confesamos a un Cristo sin la cruz... no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor”. 

El camino elegido por Cristo ha sido el compromiso con la verdad y la obediencia incondicional a la voluntad del Padre. El hombre más libre de la historia, fue el más obediente a Dios. Por eso, mediante su cruz, nos abrió un camino de auténtica libertad para que caminásemos siempre en la verdad y entendiéramos que debemos abrirnos al tiempo de Dios y a su paciencia con los hombres. 

Esta clara elección que hizo Cristo debe ser también la nuestra. La vigencia de la Iglesia en la sociedad no sigue los moldes mundanos. Jesús no vaciló en quedarse solo, aunque aquellos que Él había elegido lo abandonaran y el mismo Pedro lo negara. Ni sus propios discípulos lo entendieron. 

Él sabía que la verdadera liberación del hombre pasa por el cambio del corazón. Y en esto se manifiesta el triunfo de la gracia. Cuando alguien se decide a abrirse a la voluntad de Dios, cuya lógica resulta tantas veces oscura para nuestra pobre capacidad de entender, entonces allí comienza a germinar una semilla de su Reino, como un grano de mostaza (Lc 13, 18-19), o como el grano de trigo que llevará mucho fruto si previamente muere (Jn 12, 24). 

Nosotros desearíamos un Dios que interviniera en nuestra historia de manera fulgurante, derrotando el mal y creando un mundo mejor, sin pasar por el doloroso proceso de transformación de nuestra mentalidad, de nuestros sentimientos y pasiones no ordenadas según Dios. La lógica divina nos invita a la paciencia y a sembrar amor. 


IV. En el año de la fe y del Papa Francisco 

Queridos hermanos, durante los próximos días obremos de modo que esta semana sea de verdad “santa”. Si queremos seguir al Señor despertemos del sueño espiritual y no nos durmamos como los apóstoles, pues hemos oído al Señor que les dijo y nos sigue diciendo: “¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación” (Lc 22, 46). 

En este “año de la fe”, los católicos argentinos hemos sido reconfortados con la alegría singular de un Papa surgido de nuestra tierra. La conmoción y la euforia iniciales deben ahora transformarse en compromiso. ¿De qué nos serviría este legítimo orgullo si no lo tradujéramos en promesa de una vida de fe y de fidelidad al Evangelio? Y puesto que la fe se fortalece dándola, sepamos que el Bautismo y la Confirmación nos obligan a transmitir a los demás la riqueza de la fe que tenemos, primero con nuestro ejemplo y después con la palabra. 

Pidamos hoy por nuestra patria y por nuestros jóvenes. Abriguemos la esperanza de tiempos de unidad y reconciliación, de superación de resentimientos y alivio de conflictos sociales, en una nación más fraterna donde los adversarios se den la mano y todos busquemos la unión. 

Al término de esta homilía, dejo la palabra a nuestro Papa Francisco: “Yo quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor; sí, el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor, de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor que se derramó en la cruz; y de confesar la única gloria: a Cristo crucificado. Y así, la Iglesia irá hacia delante. Deseo para todos nosotros que el Espíritu Santo y la oración de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo” (Hom. ante los cardenales del cónclave). 













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