jueves, 28 de enero de 2010

El Cristo histórico es el Cristo de nuestra Fe - Benedicto XVI

El Cristo histórico es el Cristo de nuestra Fe
Benedicto XVI


VATICANO, 27 Ene. 10 (ACI).- En su habitual Catequesis de la Audiencia General de los miércoles, el Papa Benedicto XVI se dedicó a desmitificar la figura de San Francisco de Asís, y explicó que de modo similar, el Cristo histórico del que hablan los Evangelios es efectivamente el Cristo de nuestra Fe.

En la Catequesis en el Aula Pablo VI, el Santo Padre recordó que Francisco provenía de una rica familia, se refirió a su experiencia de Conversión y el fuerte llamado que experimentó para reconstruir la iglesia que coincidió con el sueño del Papa Inocencio III en 1207, quien reconoce en él al pequeño religioso que va a ayudar en la renovación eclesial. Explicó también el camino del joven santo hacia la creación de la Orden Franciscana.

Seguidamente el Papa resaltó que "algunos historiadores en el ochocientos y en el último siglo han buscado crear detrás del Francisco de la tradición, un así llamado Francisco histórico, así como se busca crear detrás del Jesús de los Evangelios, un así llamado Jesús histórico. Tal Francisco histórico no habría sido un hombre de Iglesia, sino un hombre ligado solamente a Cristo, un hombre que quería crear una renovación del pueblo de Dios, sin formas canónicas y sin jerarquía".

viernes, 22 de enero de 2010

Juan Pablo II y los movimientos eclesiales - Germán Doig Kingle

Juan Pablo II y los movimientos eclesiales
Pentecostés 1998
Germán Doig Kingle [1]


Los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades «son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio»[2], afirmó el Papa Juan Pablo II a los millares de miembros de movimientos que colmaron y rebasaron la plaza San Pedro avanzando sobre la vía de la Conciliación, en dirección al río Tíber. Fue la tarde de la vigilia de Pentecostés, el 30 de mayo de 1998. Se trató de un acontecimiento inédito. Por primera vez el Sucesor de Pedro convocaba a un encuentro con él a estas nuevas formas de vida asociada que han recibido el calificativo de movimientos eclesiales. El Santo Padre había invitado a sus integrantes a dar «un testimonio común» en el año dedicado al Espíritu Santo. Para ello encomendó al Pontificio Consejo para los Laicos la organización de un Congreso mundial de los movimientos eclesiales, así como de un gran Encuentro en la plaza San Pedro. Todo ello culminaría con la celebración de la Eucaristía en la magna solemnidad de Pentecostés el domingo 31 de mayo.


1. Los movimientos eclesiales en el hoy de la Iglesia

¿Qué son estos movimientos eclesiales? ¿Qué lugar ocupan en la vida del Pueblo de Dios? ¿Qué aportan a la misión de la Iglesia en el umbral del tercer milenio de la fe?

Los llamados movimientos eclesiales forman parte de un florecimiento singularmente fecundo de nuevas formas de vida asociada que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia en los últimos tiempos. No ha sido un hecho humanamente planificado. Ha acontecido de manera inesperada y sobre todo espontánea. Ciertamente no es un fenómeno uniforme. El Espíritu Santo ha hecho brotar distintos tipos de comunidades que han ido haciendo su propio camino, acentuando, en la unidad de la fe de la Iglesia, aspectos o perspectivas del Evangelio y de la vida como creyentes, y plasmando sus objetivos y servicios de manera particular dentro de la comunión eclesial. Esto ha generado una rica e interesante diversidad de expresiones en el Pueblo de Dios. En este caminar no han faltado tampoco las dificultades, algunas de ellas dolorosas. No es extraño que lo nuevo suela encontrar problemas para abrirse camino. Hay de eso, y también de la experiencia de un tiempo de maduración que viene a menudo acompañado de tensiones que bien pueden llamarse de discernimiento y crecimiento.

Un poco por la novedad y por la importancia de los conceptos parece oportuno detenerse a reflexionar sobre el alcance del nombre movimientos eclesiales y lo apropiado de su uso cuando se habla en general, y sobre lo atentos que hay que estar para evitar globalizaciones que pueden confundir. Así pues, parece evidente que se puede hablar, en términos generales, de un fenómeno amplio con características semejantes. En ello es recomendable tener presente que se trata de respuestas suscitadas por el Espíritu Santo en el seno del Pueblo de Dios para una misma época y ante desafíos comunes. Ello da una determinada fisonomía que permite encuadrar a los movimientos eclesiales en un cierto tipo de manifestación de la Iglesia de cara al tercer milenio. Pero es igualmente claro que dentro de dicho fenómeno general se dan realidades y expresiones diversas, con impostaciones, estilos, características y métodos diferentes. De ahí que haya que tener prudencia al ensayar globalizaciones que integren a todas estas nuevas expresiones asociadas. Para reflejar adecuadamente la realidad concreta habría que distinguir aquello que es común y aquello que no lo es. En algunos casos no está bien diluir en generalizaciones las diferencias, historias e identidades propias de cada cual en sus manifestaciones particulares. Para reconocer debidamente esta doble realidad de lo común y de lo particular, cuando se deja de hablar en sentido lato, es apropiado tener en cuenta las características propias de cada caso concreto al que se hace referencia. Vale aquí lo mismo que sucede con la vida consagrada. Si bien se puede hablar de la vida consagrada en general, y ciertamente así se viene haciendo siempre que se trate de una perspectiva global que apunta a los fundamentos o manifestaciones comunes de la misma, se puede y se debe distinguir, siempre que ello sea pertinente, las características y formas concretas de una determinada congregación o instituto. Atribuir a toda la vida consagrada las características de una o dos de sus manifestaciones concretas ayudaría muy poco, cuando no confundiría, a la comprensión de la rica y plural realidad que la vida consagrada tiene en la Iglesia.

Señalada esta necesaria precisión, hay que destacar que el término que ha encontrado mayor fortuna para denominar esta nueva y variopinta floración asociativa es el de movimientos eclesiales[3]. Al parecer las raíces de esta expresión se encuentran en las grandes corrientes sociales, culturales y religiosas de las décadas anteriores. Se habla así de nuevos movimientos eclesiales como de un concepto que engloba formas nuevas de vida asociada en el Pueblo de Dios que han surgido en estos últimos tiempos, y que si bien agrupan sobre todo a laicos, incluyen también a clérigos y consagrados. En los últimos años han comenzado a multiplicarse los documentos y trabajos que tratan de explicar este fenómeno abriendo un interesante horizonte de reflexión[4]. Se han ensayado diversas definiciones sin llegar a una totalmente satisfactoria. Por eso quizás muchos han optado por quedarse en las descripciones del fenómeno antes que ensayar una definición. El concepto expresa a la vez una realidad carismática y otra sociológica que no deben ser confundidas. La carismática se refiere a un don del Espíritu Santo que se plasma en formas concretas en las que se acentúan diversos elementos del único misterio de fe así como algunos aspectos de la vida cristiana. Esta dimensión carismática encuentra su garantía de veracidad en el discernimiento que hace la jerarquía de la Iglesia. La sociológica se refiere a una forma de organización que incluye los aspectos más o menos comunes de toda asociación o vinculación entre personas.

El Papa Juan Pablo II ofreció una importante iluminación en su Magisterio durante los días de Pentecostés de 1998 sobre lo que son los movimientos eclesiales. Lo primero y principal que se debe destacar en lo que el Romano Pontífice enseña sobre los movimientos es algo a la vez muy simple y esencial: son una «propuesta de vida cristiana»[5]. Lo había señalado en la vigilia de Pentecostés de 1996, cuando convocó a la celebración en el año dedicado al Espíritu Santo. Y lo volvió a afirmar en el mensaje que envió al Congreso mundial de los movimientos eclesiales. Son pues caminos concretos para acoger en la propia existencia la vida que el Señor Jesús nos trajo. En el Encuentro lo planteó de una hermosa manera: «En los movimientos y en las nuevas comunidades habéis aprendido que la fe no es un discurso abstracto ni un vago sentimiento religioso, sino vida nueva en Cristo, suscitada por el Espíritu Santo»[6]. Se trata de ámbitos para la formación de una vida cristiana consciente y apostólica, que ha de crecer en la comunión de la Iglesia, aportando su fervor y caridad en el esfuerzo cotidiano por vivir el Plan de Dios como contribución a la edificación de la Iglesia. Toda la vida cristiana, como despliegue del Bautismo y la Confirmación, toma fuerza y se dirige a la Eucaristía, el Sacrificio, memorial de la muerte y resurrección del Señor, por el que se significa y realiza la unidad del Pueblo de Dios[7]. Queda así en evidencia su eclesialidad, inscrita en la rica tradición de la Iglesia, con dos mil años de historia. No hay, pues, propiamente ninguna novedad en esto. Lo que aportan los movimientos son nuevas maneras, nuevos estilos, de vivir la fe. Es decir, son portadores del germen de la renovación; de una renovación en continuidad, ciertamente.

En el mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales el Papa Juan Pablo II ofreció algunas importantes orientaciones sobre lo que caracteriza a los movimientos. Recogiendo las muchas interrogantes que se alzan sobre lo que constituye un movimiento eclesial el Santo Padre se hizo la siguiente pregunta: «¿Qué se entiende, hoy, por "movimiento"?»[8]. Su respuesta es iluminadora: «El término se refiere con frecuencia a realidades diferentes entre sí, a veces, incluso por su configuración canónica. Si, por una parte, ésta no puede ciertamente agotar ni fijar la riqueza de las formas suscitadas por la creatividad vivificante del Espíritu de Cristo, por otra indica una realidad eclesial concreta en la que participan principalmente laicos, un itinerario de fe y de testimonio cristiano que basa su método pedagógico en un carisma preciso otorgado a la persona del fundador en circunstancias y modos determinados»[9].

En medio de los desafíos y problemas entre los que peregrina la Iglesia en estos tiempos el surgimiento de estas comunidades trae un viento fresco que despierta esperanzas y abre nuevos horizontes de servicio evangelizador. El Papa Juan Pablo II habla de una nueva primavera para la Iglesia que se insinúa en estos nuevos brotes llenos de vigor, y la vincula directamente al Concilio Vaticano II. Algunos piensan que esta época sería en cierto sentido parangonable con otras que vieron el crecimiento de comunidades de cristianos que fueron dóciles al influjo del Espíritu Santo para la renovación de la Iglesia en vistas a los desafíos de su tiempo y lugar. Estas comunidades y asociaciones de bautizados se plasmaron de diversas formas -siempre en directa relación a su tiempo y cultura- y generaron grandes movimientos de renovación. Por esa razón muchos -como, por ejemplo, el Cardenal Joseph Ratzinger[10]- no dudan en hacer un paralelo entre nuestro tiempo y otros del pasado en los que también se dio un florecimiento de experiencias que bien podrían englobarse bajo el concepto de movimiento.


2. La celebración de Pentecostés de 1998

La celebración de la solemnidad de Pentecostés de 1998 le dio la oportunidad al Papa Juan Pablo II de ofrecer algunas importantes orientaciones y reflexiones sobre los aspectos fundamentales de este fenómeno que viene creciendo en los últimos tiempos. La ocasión no podía ser más propicia. Si había que pensar en una fecha central en el año dedicado al Espíritu Santo, en el camino de preparación del Pueblo de Dios para el Gran Jubileo del 2000, ésa ciertamente era Pentecostés. En un gesto muy elocuente el Santo Padre escogió esa fecha tan importante para congregar a estas asociaciones eclesiales que ponen de manifiesto de manera tan vital la acción del Espíritu. Y al hacerlo quiso también fortalecer la comunión que él como Sucesor del Apóstol Pedro está llamado a cuidar y promover.

El Santo Padre tuvo la oportunidad de dirigirse en tres ocasiones a los miembros de los movimientos eclesiales durante esos días:

1. Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales (27/5/1998);
2. Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades (30/5/1998);
3. Homilía en la Eucaristía en la solemnidad de Pentecostés (31/5/1998).

La ocasión puso claramente de manifiesto que el gran motivo detrás de todo este programa era la celebración del don del Espíritu Santo; don que, entre otras realidades, se manifiesta a través de la rica diversidad de aquellas nuevas experiencias eclesiales que se ha venido a llamar movimientos eclesiales. El Papa citó en su discurso durante el Encuentro del sábado un pasaje de San Pablo muy significativo que expresa esta diversidad que el Espíritu anuda en una sola realidad, en una misma fe y comunión: «Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo, (...) el Señor es el mismo, (...) es el mismo Dios que obra todo en todos»[11]. Tanto en el Congreso como en el Encuentro en la plaza San Pedro se manifestó la riqueza de los diversos carismas, con sus distintos métodos formativos y modalidades de acción y servicio. Pero al mismo tiempo se pudo percibir el espíritu de comunión eclesial que unía a los presentes, para los cuales, además, es de capital importancia la constante referencia al ministerio petrino y su servicio a la unidad de la Iglesia.

El Papa Juan Pablo II ha manifestado reiteradamente que considera que los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, tomadas así en términos generales, constituyen un don del Espíritu Santo para la Iglesia en este tiempo. Lo había dicho claramente en la vigilia de Pentecostés de 1996: «Uno de los dones del Espíritu Santo a nuestro tiempo es, ciertamente, el florecimiento de los movimientos eclesiales»[12]. Y lo reiteró en sus palabras tanto al Congreso como al Encuentro, presentando a los movimientos como «suscitados por el Espíritu de Cristo para dar un nuevo impulso apostólico a toda la comunidad eclesial»[13].

El Santo Padre se aproxima a la experiencia de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades a partir de la acción del Espíritu Santo en el Pueblo de Dios. El gran telón de fondo es sobre todo lo que aconteció en el Cenáculo de Jerusalén en Pentecostés. «¡Cómo no dar gracias a Dios por los prodigios que el Espíritu no ha dejado de realizar en estos dos milenios de vida cristiana!»[14], exclamó en su homilía en la Misa de Pentecostés. A lo largo de la historia se han seguido comprobando los frutos maravillosos de aquel acontecimiento del Cenáculo. También hoy, añadió el Romano Pontífice, el Espíritu Santo «da vida a carismas y dones siempre nuevos, que atestiguan su incesante acción en el corazón de los hombres. Prueba elocuente de ello es esta solemne liturgia, en la que están presentes numerosísimos miembros de los movimientos y las nuevas comunidades, que durante estos días han celebrado en Roma su congreso mundial. Ayer, en esta misma plaza de San Pedro, vivimos un inolvidable encuentro de fiesta, con cantos, oraciones y testimonios. Experimentamos el clima de Pentecostés, que hizo casi visible la fecundidad inagotable del Espíritu en la Iglesia»[15].

Los movimientos son un don del Espíritu para la Iglesia en vistas a su misión en el aquí y ahora de la historia. Han sido suscitados en función de los desafíos con los que la Iglesia se está encontrando en estos tiempos. Los movimientos, destacó el Santo Padre, generan «un renovado impulso misionero, que lleva a encontrarse con los hombres y mujeres de nuestra época, en las situaciones concretas en que se hallan»[16]. Los carismas que el Espíritu Santo derrama en su Pueblo constituyen una llamada «a vivir en plenitud, con inteligencia y creatividad, la experiencia cristiana»[17], lo cual, señaló el Papa, «es el requisito para encontrar respuestas adecuadas a los desafíos y urgencias de los tiempos y de las circunstancias históricas siempre diversas»[18].

Este nuevo impulso apostólico que el Espíritu Santo suscita debe ser entendido en relación con los desafíos del tiempo actual en el que se difunde cada vez más un clima de secularización donde se prescinde de Dios en una suerte de agnosticismo funcional. «En nuestro mundo, frecuentemente dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone modelos de vida sin Dios -afirmó el Papa en el Encuentro-, la fe de muchos es puesta a dura prueba y no pocas veces sofocada y apagada. Se siente, entonces, con urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida y profunda formación cristiana. ¡Cuánta necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal, de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta necesidad de comunidades cristianas vivas! Y aquí entran los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales: son la respuesta, suscitada por el Espíritu Santo, a este dramático desafío del fin del milenio. Vosotros sois esta respuesta providencial»[19].


3. Una confirmación y un exigente aliento

Desde los comienzos de su pontificado el Papa Juan Pablo II ha alentado a los movimientos eclesiales. Su prédica en favor de estas nuevas expresiones de vida asociada en la Iglesia ha sido constante. Esto se ha visto tanto en sus documentos como en sus encuentros y visitas pastorales a lo largo y ancho del planeta. Ha ofrecido así importantes criterios de orientación sobre su identidad y su lugar en la vida y misión de la Iglesia. No ha cejado en impulsarlos a una mejor y más fecunda inserción en las realidades de las Iglesias particulares, al tiempo que ha pedido insistentemente que se les acompañe en dicho proceso y se les dé el espacio para que puedan fructificar y ofrecer sus dones a toda la Iglesia. Ha solicitado reiteradamente que se respete y valore su carisma y por lo tanto se resguarde su identidad, mientras que ha animado a los movimientos a que den frutos de santidad en fidelidad al carisma recibido. Con paciencia ha limado asperezas y promovido el encuentro, alentando a que se superen reservas y recelos. De esta forma ha fortalecido la comunión en el Pueblo de Dios y ha abierto cauces para que las nuevas expresiones eclesiales que el Espíritu Santo está suscitando para estos tiempos de cambios y crisis puedan ir desarrollándose y dando fruto aportando a la misión de la Iglesia.

¿Cómo interpretar la celebración de Pentecostés con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades en el año dedicado precisamente al Espíritu Santo camino al tercer milenio?

Ante todo se trata de un gesto del Sucesor de San Pedro, un gesto elocuente de aprecio y valoración de estas nuevas expresiones eclesiales. La figura venerable del Pastor de blanco que saludaba a la multitud que desbordaba la plaza San Pedro hizo presente para los hijos de la Iglesia la roca en la que el Señor Jesús quiso cimentar su Iglesia. Él, Pedro para nosotros, quiso este encuentro. Fue él mismo quien invitó a los movimientos para dar ese «testimonio común». Era la primera vez que se hacía una convocatoria de este tipo. El Papa lo sabía y lo explicitó afirmando que se trataba de un acontecimiento «inédito». Con la conciencia de la trascendencia de lo que hacía, convocó y confirmó en la fe y la comunión de la Iglesia a los movimientos eclesiales. Recapituló así veinte años de siembra y seguimiento a estas nuevas realidades. Y los lanzó hacia el futuro, hacia el tercer milenio, para que asuman con ardor y creatividad, con fidelidad y amor a la Iglesia, los nuevos desafíos que se están alzando en muchos casos amenazantes pero preñados de oportunidades pastorales.

Pero además, con la mirada y el corazón puestos en el tercer milenio, Juan Pablo II ha ofrecido una síntesis, hermosa y precisa a la vez, de sus enseñanzas sobre los nuevos movimientos eclesiales y su lugar en la Iglesia. Los tres textos que ofreció en esos días recogen aspectos importantes de sus reflexiones y de sus orientaciones al respecto, y las presentan de manera orgánica. El Papa ha recapitulado y reafirmado sus intuiciones y sus expectativas centrales. Retomando las líneas matrices de su Magisterio sobre el particular ha ofrecido una pequeña suma de los aspectos teológicos y pastorales principales. Y lo ha hecho colocando como gran marco de todo la acción vivificadora del Espíritu Santo.

Su gesto y sus palabras son también una confirmación y un exigente aliento. El Papa ha confirmado la figura y el valor de los movimientos eclesiales. Ha confirmado definitivamente un cauce dentro del Pueblo de Dios que descubre suscitado por el Espíritu de vida y verdad para dinamizar y renovar la vida cristiana y el impulso misionero. Como Sucesor del Apóstol San Pedro, y por tanto como principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad del Pueblo de Dios, ha confirmado a los movimientos eclesiales en la comunión de la Iglesia toda. Pero, a la vez, los ha alentado a responder al don recibido, a cuidar lo que deben administrar, a ser fieles a la fe de la Iglesia, a que desarrollen el carisma que se les ha confiado y a que lo pongan con parresía al servicio de la misión de la Iglesia. Como señaló en otra ocasión, la comunión eclesial es «un gran don del Espíritu Santo» que debe ser acogido «con gratitud» y al mismo tiempo «con profundo sentido de responsabilidad»[20].

Sus palabras son asimismo una invitación a la fidelidad y a la madurez en el servicio a la misión de la Iglesia. El Santo Padre ha ofrecido un hermoso conjunto de orientaciones que, por un lado, recogen los frutos ya visibles de estas nuevas formas asociativas que ha suscitado el Espíritu Santo, al tiempo que, por otro lado, constituyen un horizonte hacia el cual caminar en la búsqueda de la fidelidad al designio divino. Son palabras claras y exigentes, que plantean las características de lo que es una auténtica experiencia eclesial, en apertura al Espíritu y en función de la misión de la Iglesia. Así, recuerdan como condición de fecundidad la fidelidad a la invitación del Espíritu Santo, que es fidelidad a la gracia bautismal y su despliegue.

El Papa espera que los movimientos «den copiosos frutos para bien de la Iglesia y de la humanidad entera»[21]. Pero un sarmiento sólo puede dar fruto si está unido a la vid. El Señor Jesús es la «vid verdadera»[22], y nos enseña que no se puede dar fruto si no se permanece en Él. «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada»[23]. El Papa Juan Pablo II es consciente de que esos frutos deben crecer en medio de situaciones difíciles, en medio de limitaciones y debilidades. Por ello espera que se inicie una nueva y exigente etapa donde se manifieste más ampliamente la madurez evangélica de los movimientos. Esta nueva etapa de madurez no está, sin embargo, desprovista de exigencias para los dirigentes e integrantes de los movimientos. La guía del Magisterio y la fidelidad a la fe y misión de la Iglesia son claves de discernimiento para recorrer el camino hacia el futuro, ayudando a construir una cultura según el Plan de Dios. Por eso en el Encuentro afirmó: «Hoy ante vosotros se abre una etapa nueva: la de la madurez eclesial. Esto no significa que todos los problemas hayan quedado resueltos. Más bien, es un desafío, un camino por recorrer. La Iglesia espera de vosotros frutos "maduros" de comunión y de compromiso»[24]. La comunión y el compromiso en la fe y la misión de la Iglesia quedan constituidos así como ineludibles coordenadas para depurar la acción y en general la respuesta de cada movimiento buscando ser fieles a los impulsos del Espíritu. Este asunto es sumamente importante, pues evita un triunfalismo superficial y toca la realidad profunda de la respuesta, con la fuerza de la gracia, de personas heridas por el pecado y que desde la conciencia de su fragilidad aspiran a responder libremente a los amorosos impulsos del Espíritu Santo.

Toda llamada del Espíritu espera una respuesta, como la dio Santa María con su fiat. De la misma manera hay que decir que todo don conlleva como correlato un compromiso. El fiat que los movimientos deben dar a la llamada del Espíritu es la condición primera para que el don fructifique, según la gracia de Dios. Y eso implica un exigente compromiso. Los miembros de los movimientos deben ser conscientes de la enorme responsabilidad que significa haber sido convocados por el Espíritu a formar parte de estas nuevas respuestas para los desafíos de este tiempo. Se explicita así una responsabilidad frente al Espíritu que convoca. Pero se pone también de manifiesto una responsabilidad frente a la Iglesia toda. Los carismas que han recibido son para utilidad de todo el Pueblo de Dios y deben ser puestos al servicio de la misión. No son dones para un bien particular. Los movimientos tienen, en consecuencia, una ineludible responsabilidad con relación a todo el Pueblo de Dios que debe ser asumida con seriedad y coherencia en la comunión.

El Santo Padre ha alentado a que se ofrezca a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades las vías para que fructifiquen según el designio divino y aporten sus energías y riquezas en la renovación de la vida cristiana y en las tareas de la evangelización. Pero eso supone también que los movimientos asuman su responsabilidad y, en fidelidad al designio divino, pongan los medios para acoger la gracia que el Espíritu derrama. Podrán así crecer en frutos de santidad para bien del Pueblo de Dios y de los hombres y mujeres de estos tiempos. Ello debe ser hecho desde la comunión de la Iglesia, en todas sus instancias, y con la convicción de que sólo desde la comunión se pueden esperar verdaderos frutos de santidad. Todo esto estaba magníficamente bien resumido en el tema del Congreso: comunión y misión en los umbrales del tercer milenio.


4. Mirando el tercer milenio

Juan Pablo II espera que cada vez se manifieste más «la fecunda vitalidad de los movimientos en el Pueblo de Dios, que se prepara para cruzar el umbral del tercer milenio»[25]. El Papa explicitó que tenía la mirada puesta en el Gran Jubileo del 2000, cuando celebraremos la amorosa Encarnación del Verbo Eterno en el seno de la Inmaculada Virgen María. Refiriéndose al sábado por la tarde, el Papa habló de «este extraordinario encuentro, que nos proyecta hacia el gran jubileo del año 2000»[26]. Tenía, a la vez, presente el tercer milenio de la fe, tiempo en el que espera que los movimientos den mucho fruto. Por ello en el Encuentro afirmó: «Jesús dijo: "He venido a traer fuego a la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!"[27]. Mientras la Iglesia se prepara a cruzar el umbral del tercer milenio, acojamos la invitación del Señor, para que su fuego se encienda en nuestro corazón y en el de nuestros hermanos»[28].

De esta manera también ha señalado a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades como un ámbito donde está actuando el Espíritu Santo en vistas a los tiempos advenientes. Un pasaje de su homilía en la Misa del domingo resume bien su convicción: «Los movimientos y las nuevas comunidades, que son expresiones providenciales de la nueva primavera suscitada por el Espíritu con el Concilio Vaticano II, constituyen un anuncio de la fuerza del amor de Dios que, superando todo tipo de divisiones y barreras, renueva la faz de la tierra, para construir en ella la civilización del amor»[29]. En un mundo lleno de rupturas y de conflictos, los movimientos eclesiales pueden ser testimonio del amor reconciliador del Padre, quien en el Señor Jesús ofreció la reconciliación que restableció la comunión perdida y derrumbó los muros que separaban a los pueblos. En medio de las rupturas y divisiones los movimientos están invitados a predicar la Palabra de la reconciliación[30], que es el fundamento de una sociedad más justa, fraterna, solidaria y reconciliada.

A través de lo que está aconteciendo en los movimientos eclesiales se pueden apreciar algunos de los desafíos que están apareciendo y que en cierto modo permiten ya vislumbrar algunas de las pistas por las que transitará la humanidad en el nuevo milenio. Juan Pablo II es consciente de que estamos en una época de profundas transformaciones con hondas repercusiones culturales y grandes desafíos. Una de las características más graves que se está difundiendo en sectores cada vez más amplios es una prescindencia de Dios. Incluso en sociedades tradicionalmente cristianas se está produciendo un alejamiento de Dios y una marginación de la verdad del Señor Jesús. En el trasfondo se descubre una crisis en torno a la verdad que está generando un agnosticismo funcional. Hay como un quiebre que está avanzando culturalmente y que hace difícil que las nuevas generaciones escuchen la Buena Nueva y se adhieran con generosidad a ella. Todo esto llama a un serio discernimiento por parte de la Iglesia con relación a los nuevos desafíos que la sociedad adveniente traerá. En esta tarea no se puede prescindir de aquello que el Espíritu Santo ha suscitado en respuesta a los tiempos actuales de cara al futuro. Observar cómo se va manifestando el Espíritu en estas nuevas realidades eclesiales y cómo los que se encuentran inmersos en ellas procuran responder a lo que creen que el Espíritu los llama, puede ser una eficaz ayuda para encontrar los caminos nuevos que permitan llevar al corazón del ser humano de este tiempo la verdad del Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre[31].

Invocando el auxilio de Santa María el Santo Padre ha alentado a los movimientos eclesiales a que asuman su responsabilidad en la Iglesia de cara a los tiempos advenientes. Ha vuelto a señalar a la Madre del Señor como modelo de acogida del Espíritu. Su fiat debe servir de paradigma para aprender la verdadera docilidad ante la acción del Espíritu. «A María -dijo en el Encuentro-, primera discípula de Cristo, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia, que acompañó a los Apóstoles, en el primer Pentecostés, dirijamos nuestra mirada para que nos ayude a aprender de su fiat la docilidad a la voz del Espíritu»[32]. En la Meditación mariana que hizo después de la Misa de Pentecostés señaló también: «A la Reina de los Apóstoles encomendamos los movimientos y las demás formas de compromiso misionero que han surgido durante estos últimos años»[33].

Y con la lección aprendida en la escuela de María, invocó el Papa la presencia del Espíritu Santo para que derrame sus bendiciones en los corazones de los fieles, y en especial de los miembros de los movimientos eclesiales: «Hoy, en este cenáculo de la plaza de San Pedro, se eleva una gran oración: ¡Ven Espíritu Santo! ¡Ven y renueva la faz de la tierra! ¡Ven con tus siete dones! ¡Ven, Espíritu de vida, Espíritu de verdad, Espíritu de comunión y de amor! La Iglesia y el mundo tienen necesidad de ti. ¡Ven, Espíritu Santo, y haz cada vez más fecundos los carismas que has concedido!»[34].



Fuente: BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA – BEC – VE MULTIMEDIOS



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Notas:
[1] Germán Doig Klinge (1957-2001), fue Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana, miembro del Pontificio Consejo para los Laicos y formaba parte del Consejo Editorial de la revista «VE». Participó como auditor en la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos. Entre sus obras se cuentan: Juan Pablo II y la cultura en América Latina; Derechos humanos y enseñanza social de la Iglesia; El silencio y la liturgia; De Río a Santo Domingo; Diccionario Río, Medellín, Puebla, Santo Domingo.
[2] Juan Pablo II, Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, 30/5/1998, 7 (a partir de ahora Encuentro).
[Puede leerlo en:
http://studiumlibros.blogspot.com/2009/02/congreso-mundial-de-los-movimientos.html ].
[3] También se les suele llamar movimientos apostólicos.
[4] Entre la amplia bibliografía publicada en los últimos tiempos se puede mencionar: Cardenal Jorge Medina Estévez -entonces obispo de Valparaíso-, Apuntes sobre el tema de los movimientos eclesiales, Valparaíso 1994; Barbara Zadra, I movimenti ecclesiali e i loro statuti, Gregorian University Press, Roma 1995; Comisión Episcopal de Apostolado Laical de la Conferencia Episcopal Peruana, Asociaciones y movimientos eclesiales. Criterios de orientación, Lima 1996; Mons. Paul Josef Cordes, Segni di speranza. Movimenti e nuove realtà nella vita della Chiesa alla vigilia del Giubileo, San Paolo, Milán 1998; Manuel Ma. Bru Alonso, Testigos del Espíritu. Los nuevos líderes católicos: movimientos y nuevas comunidades, Edibesa, Madrid 1998. También es muy iluminador el libro de Guzmán Carriquiry L., Los laicos y la Nueva Evangelización, Vida y Espiritualidad, Lima 1996; así como el documento de la Conferencia Episcopal Italiana de 1981, Criterii di ecclesialità dei gruppi, movimenti e associazioni (Elle Di Ci, Turín).
[5] Juan Pablo II, Homilía en la vigilia de Pentecostés, 25/5/1996, 7. Citado en Juan Pablo II, Mensaje al Congreso mundial de los movimientos eclesiales, 27/5/1998, 1 (a partir de ahora Congreso).
[Puede leerlo en:
http://studiumlibros.blogspot.com/2009/02/congreso-mundial-de-movimientos.html ].
[6] Encuentro, 7.
[7] Ver Lumen gentium, 11; Sacrosanctum Concilium, 10.
[8] Congreso, 4.
[9] Lug. cit. (Idem ant.)
[10] Ver Cardenal Joseph Ratzinger, Los movimientos eclesiales y su colocación teológica; conferencia en el Congreso mundial de los movimientos eclesiales, Roma, 27/5/1998.
[ Puede leerlo en:
http://fraternidadvidanueva.blogspot.com/2009/01/los-movimientos-eclesiales-y-su.html ].
[11] 1 Cor 12, 4-6.
[12] Juan Pablo II, Homilía en la vigilia de Pentecostés, 25/5/1996, 7.
[Puede leerlo en:
http://studiumlibros.blogspot.com/2009/02/congreso-mundial-de-movimientos_02.html ].
[13] Congreso, 3.
[14] Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de Pentecostés, 31/5/1998, 2 (a partir de ahora Misa).
[15] Lug. cit. (Idem ant.)
[16] Congreso, 2.
[17] Allí mismo, 4.
[18] Lug. cit. (Idem ant.)
[19] Encuentro, 7.
[20] Ver Juan Pablo II, Christifideles laici, 20.
[21] Congreso, 5.
[22] Jn 15, 1.
[23] Jn 15, 5.
[24] Encuentro, 6; ver también Congreso, 2.
[25] Congreso, 1.
[26] Encuentro, 2.
[27] Lc 12,49.
[28] Encuentro, 9.
[29] Misa, 2.
[30] Ver 2 Cor 5, 19.
[31] Ver Heb 13, 8.
[32] Encuentro, 9.
[33] Juan Pablo II, Meditación mariana después de la Misa de Pentecostés, 31/5/1998.
[34] Encuentro, 9.


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Para profundizar sobre los Movimientos Eclesiales, haga clic en los siguientes enlaces:






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Mire el video de Germán Doig sobre "Los Movimientos Eclesiales"




martes, 12 de enero de 2010

Inseparables defensa de la creación y defensa de dignidad humana, recuerda el Papa

Inseparables defensa de la creación y defensa de dignidad humana,
recuerda el Papa


VATICANO, 11 Ene. 10 (ACI).- Al dirigir esta mañana su discurso de inicio del año al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el Papa Benedicto XVI se refirió al tema de la defensa de la creación, explicando que esta es inseparable de la defensa de la dignidad humana y que es una "exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios".

Tras denunciar que la actual crisis económica global, a la que responde en su encíclica Caritas in Veritate, ha sido originada por "la vigente mentalidad egoísta y materialista, que no tiene en cuenta los límites inherentes a toda criatura", el Santo Padre resaltó que esta manera de ver las cosas también afecta la ecología.

Poniendo como ejemplo la caída del Muro de Berlín hace 20 años, el Papa recordó que así "se derrumbaron los regímenes materialistas y ateos que habían dominado durante varios decenios una parte de este continente, ¿acaso no fue posible calcular el alcance de las profundas heridas que un sistema económico carente de referencias fundadas en la verdad del hombre había infligido, no sólo a la dignidad y a la libertad de las personas y de los pueblos, sino también a la naturaleza, con la contaminación de la tierra, las aguas y el aire?"

Por eso, dijo, "la negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana, y devasta también la creación. Por consiguiente, la salvaguardia de la creación no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios".

Seguidamente recordó la reciente Cumbre de Copenhague e hizo votos para que en las siguientes en Bonn y México "sea posible llegar a un acuerdo para afrontar esta cuestión de un modo eficaz. Se trata de algo muy importante puesto que lo que está en juego es el destino mismo de algunas naciones, en particular ciertos Estados insulares".

El Papa Benedicto XVI destacó que "si se quiere construir una paz verdadera, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del ambiente y la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento? En el respeto de la persona humana hacia ella misma es donde se manifiesta su sentido de responsabilidad por la creación. Pues, como enseña Santo Tomás de Aquino, el hombre representa lo más noble del universo. Además, como ya recordé en la reciente Cumbre Mundial de la FAO sobre la Seguridad Alimentaria, «la tierra puede alimentar suficientemente a todos sus habitantes», con tal de que el egoísmo no lleve a algunos a acaparar los bienes destinados a todos".


Urgente necesidad de desarme

Luego de expresar su particular preocupación por África y América Latina en cuanto a este tema, Benedicto XVI alentó a que "en la Conferencia de examen del Tratado de no proliferación de armas nucleares, que tendrá lugar el próximo mes de mayo en Nueva York, se tomen decisiones eficaces con vistas a un desarme progresivo, que tienda a liberar el planeta de armas nucleares. En general, deploró que la producción y la exportación de armas contribuya a perpetuar conflictos y violencias, como en Darfur, Somalia o en la República Democrática del Congo".

"A la incapacidad de las partes directamente implicadas para evitar la espiral de violencia y dolor producida por estos conflictos, se añade la aparente impotencia de otros países y organizaciones internacionales para restablecer la paz, sin contar la indiferencia casi resignada de la opinión pública mundial. No es necesario subrayar cuánto perjudican y degradan estos conflictos al medio ambiente. Asimismo, se ha de mencionar el terrorismo, que pone en peligro muchas vidas inocentes y causa una difusa ansiedad".

"En esta solemne ocasión, quisiera renovar el llamamiento que hice el 1 de enero, en la oración del Ángelus, a todos los que pertenecen a cualquier grupo armado, para que abandonen el camino de la violencia y abran sus corazones al gozo de la paz", añadió.

"Las graves violencias que acabo de evocar –prosiguió el Papa– unidas a las plagas de la pobreza y el hambre, así como a las catástrofes naturales y a la destrucción del medio ambiente, hacen que aumente el número de quienes abandonan sus propias tierras. Frente a dicho éxodo, deseo exhortar a las Autoridades civiles implicadas de un modo u otro a trabajar con justicia, solidaridad y clarividencia".

Seguidamente se refirió a "los cristianos de Oriente Medio. Amenazados de muchos modos, incluso en el ejercicio de su libertad religiosa, dejan la tierra de sus padres, donde creció la Iglesia de los primeros siglos. Con el fin de darles apoyo y hacerles sentir la cercanía de sus hermanos en la fe, he convocado para el próximo otoño una Asamblea especial del Sínodo de Obispos sobre Oriente Medio".

En la parte final del discurso el Papa indicó que "el anhelo de salvación que atañe a toda la creación, es todavía más intenso y está presente en el corazón de todos, creyentes o no. La Iglesia indica que la respuesta a esta aspiración está en Cristo ‘primogénito de toda criatura; porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres’. Fijando mis ojos en Él, exhorto a toda persona de buena voluntad a trabajar con confianza y generosidad por la dignidad y la libertad del hombre".

"Que la luz y la fuerza de Jesús nos ayuden a respetar la ecología humana, conscientes de que la ecología medioambiental se beneficiará también de ello, ya que el libro de la naturaleza es único e indivisible. De esta manera, podremos consolidar la paz, hoy y para las generaciones venideras. Os deseo a todos un feliz año", concluyó.


Para leer el discurso completo, ingrese a:
http://www.aciprensa.com/Docum/documento.php?id=255









sábado, 2 de enero de 2010

Concierto por la Vida y la Familia - Fernando Moser & Otros

Concierto por la Vida y la Familia
Fernando Moser & Otros


En el marco del "Año Diocesano de la Familia", el músico católico Fernando Moser brindará un concierto de oración el día viernes 8 de enero a las 21 hs. en el Multiespacio Cultural "El Camino", Av. Luro 4344 - 1º Piso, de nuestra ciudad de Mar del Plata.

Fernando Moser nació el 12 de agosto de 1961 en Lomas de Zamora, Buenos Aires, Argentina, pertenece a la comunidad de la Parroquia San Francisco de Asís de Llavallol, Provincia de Buenos Aires. Desde 1986 esta casado con Roxana, con quien comparte la bendición de sus tres hijos, Brenda, Carla y Mauro.

Tiene editados tres trabajos discográficos: "Levántate" (1999), "Soltando Amarras" (2002) y “Es por Ti” (2008). Este último grabado en vivo en la Parroquia María Madre del Redentor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Los cambios en la liturgia pontificia introducidos por Benedicto XVI - Mauro Gagliardi

Los cambios en la liturgia pontificia introducidos por Benedicto XVI
P. Mauro Gagliardi
Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice


CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 25 de diciembre de 2009 (ZENIT.org).- Los fieles de todo el mundo han podido constatar en directo por la televisión los cambios producidos en la liturgia pontificia bajo Benedicto XVI.

Hemos conversado sobre esto con el sacerdote Mauro Gagliardi, ordinario de la Facultad de Teología del Ateneo Pontificio "Regina Apostolorum" de Roma y consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

Se ocupa además de la firma de teología litúrgica "Espíritu de la liturgia", que ZENIT publica cada quince días.


- Leyendo el artículo de Luigi Accattoli Il rito del silenzio secondo papa Ratzinger [El rito del silencio según el Papa Ratzinger] (Liberal, 1 de diciembre de 2009, p. 10), emerge la idea de un cierto trabajo, solicitado por el mismo Santo Padre, para poner a la liturgia papal más en línea con la tradición. Como nos acercamos a las solemnes celebraciones de las fiestas navideñas, que serán presididas en San Pedro por Benedicto XVI, queremos aprovechar la ocasión para hablar con usted sobre estos cambios.

- Mauro Gagliardi: El artículo de Accattoli presenta una eficaz panorámica de algunas de las más visibles, entre las recientes decisiones en materia de liturgia pontificia, aunque hay otras, probablemente no mencionadas por brevedad o por ser de más difícil comprensión para el gran público.

El destacado y apreciado vaticanista subraya varias veces que estos cambios están inspirados por el mismo Santo Padre quien, como todos saben, es experto en liturgia.


- Accattoli empieza su reconstrucción mencionando las vestimentas papales que habían caído en desuso en las últimas décadas: el camauro, el saturno rojo, la muceta con piel de armiño. También mencionan los cambios producidos respecto al palio.

- Mauro Gagliardi: Se trata de elementos de las vestiduras propias del pontífice, como el color rojo de los zapatos, no recordado explícitamente por el articulista.

Si bien es cierto que en las últimas décadas los sumos pontífices han elegido no utilizar estos elementos, o cambiar su forma, también es verdad que nunca han sido abolidos y, por tanto, todo Papa los puede utilizar.

No hay que olvidar que, como la mayoría de los elementos visibles de la liturgia, también las vestiduras de uso extralitúrgico responden tanto a necesidades prácticas como simbólicas.

Recuerdo que cuando el Papa Benedicto utilizó por primera vez el camauro --un tocado de invierno que protege bien del frío--, un conocido semanario italiano publicó el rostro sonriente del Santo Padre, que llevaba el camauro, y bajo la foto se leía un pie de foto que decía: "¡Ha hecho bien!", refiriéndose al hecho de que también el Papa tiene derecho a resguardarse del frío.

Pero no son sólo razones prácticas. No debemos olvidar quién es y qué función desempeña la persona que usa esas vestimentas: por eso, tienen también un valor simbólico, que se expresa con su belleza y su particular decoro.

Distinto es el caso del palio, que es en cambio una prenda litúrgica. Juan Pablo II utilizaba uno igual al que llevan los arzobispos metropolitanos.

Al inicio del pontificado de Benedicto XVI, se había preparado uno con forma distinta, que retomaba usos antiguos y que el Santo Padre utilizó durante algún tiempo.

Después de estudios atentos, se advirtió que era preferible volver a la forma usada por Juan Pablo II, aunque se han introducido pequeñas modificaciones que resaltan claramente la diferencia entre el palio de los metropolitanos -que les impone el Papa- y el palio del sumo pontífice.

Puede encontrarse más información sobre esto en la entrevista a monseñor Guido Marini, maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias, publicada en "L'Osservatore Romano" del 26 de junio de 2008.


- ¿Qué puede decirse de la férula escogida por Benedicto XVI en lugar del crucifijo del escultor Scorzelli, utilizado por Pablo VI y por los dos Juan Pablo, hasta la primera parte del pontificado del mismo Papa Benedicto?

- Mauro Gagliardi: Se podría decir que también aquí vale el mismo principio. Se puede mencionar una razón práctica: el actual pastoral de Benedicto XVI, que él utiliza desde el inicio del presente año litúrgico, pesa 590 gramos menos respecto al crucifijo de Scorzelli, por tanto más de medio kilo de diferencia, que no es poco.

En cuanto al aspecto histórico, el pastoral con forma de cruz responde más fielmente a la forma del pastoral típico de la tradición romana, o bien al utilizado por los sumos pontífices, que siempre ha sido con forma de cruz y sin crucifijo.

También aquí se podrían añadir otras reflexiones desde el punto de vista simbólico y estético.


- Accattoli cita también otros cambios, que podríamos definir como más de sustancia: la preocupación por los momentos de silencio, la celebración orientada hacia el crucifijo y de espaldas a la asamblea y la comunión distribuida a los fieles de rodillas y en la lengua.

- Mauro Gagliardi: Se trata de elementos de gran significado, que obviamente no puedo analizar aquí de modo detallado, sino sólo brevemente. La Institutio Generalis del Misal Romano publicado por Pablo VI prescribe en diversos lugares observar el sacro silencio.

La atención en la liturgia papal a este aspecto, por tanto, no hace más que poner en práctica las normas establecidas.

En lo que se refiere a la celebración orientada hacia el crucifijo, vemos que, como norma, el Santo Padre está manteniendo la posición del altar considerada "hacia el pueblo", tanto en San Pedro como en otros lugares.

Ha celebrado sólo unas pocas veces hacia el crucifijo: en particular, en la Capilla Sixtina y en la Capilla Paulina, restaurada recientemente.

Como toda celebración de la Misa, cualquiera que sea la posición física del celebrante, es una celebración dirigida al Padre a través de Cristo en el Espíritu Santo y no dirigida "al pueblo" o a la asamblea, excepto en los pocos momentos dialogados, no es extraño que quien celebra la Eucaristía pueda disponerse también físicamente "hacia el Señor".

Particularmente en lugares como la Capilla Sixtina, donde el altar está adosado a la pared, es algo natural y fiel a las normas celebrar sobre el altar fijo y dedicado, dirigido por tanto hacia el crucifijo, en lugar de añadir un altar móvil para la ocasión.

Finalmente, en lo que respecta a la manera de distribuir la Santa Comunión a los fieles, es necesario distinguir el aspecto de recibirla de rodillas del de recibirla en la lengua.

En la actual forma ordinaria del rito romano (o Misa de Pablo VI), los fieles tienen derecho a recibir la Comunión estando de pie o de rodillas.

Si el Santo Padre ha decidido dar la comunión de rodillas, pienso - obviamente ésta es sólo una opinión personal - que considera esta manera más adecuada para expresar el sentido de adoración que debemos siempre cultivar ante el don de la Eucaristía.

Es una ayuda que el Papa da a los que reciben la comunión de sus manos, una ayuda para considerar atentamente a quién es Aquel al que se va a recibir en la santísima Eucaristía.

Por otra parte, en la Sacramentum Caritatis, citando a san Agustín, el Santo Padre había recordado que al recibir el Pan eucarístico debemos adorarlo, porque pecaríamos recibiéndolo sin adoración.

Antes de comulgar, el mismo sacerdote se arrodilla ante la Hostia, ¿por qué no ayudar a los fieles a cultivar el sentido de adoración propiamente a través de ese gesto?

En lo referente, en cambio, a recibir la Comunión en la mano, se recuerda que esto es hoy posible en muchos lugares (posible, no obligatorio), pero que sigue siendo una concesión, una derogación a la norma ordinaria que afirma que la Comunión se recibe sólo en la lengua. Esta concesión se les ha hecho a las Conferencias Episcopales que la han pedido y no es la Santa Sede quien la sugiere o promueve.

Y, por supuesto, ningún obispo miembro de la Conferencia Episcopal que ha pedido y obtenido el indulto está obligado a aplicarlo en su diócesis: todo obispo puede siempre decidir que en su diócesis se aplique la norma universal, que está vigente a pesar de todos los indultos concedidos, norma que establece que los fieles deben recibir la Santa Comunión en la lengua.

Si ningún obispo del mundo está obligado a aplicar el indulto, ¿cómo podría estarlo el Papa?. Es importante, en efecto, que propiamente el Santo Padre mantenga la regla tradicional, confirmada ya una vez por Pablo VI, que veta a los fieles recibir la comunión en la mano.


- En conclusión, según usted, que forma parte del equipo de consultores de monseñor Guido Marini, ¿qué sentido ve en las novedades introducidas en la liturgia papal bajo Benedicto XVI?

- Mauro Gagliardi: Naturalmente sólo puedo hablar a título personal, sin tener mi opinión ningún carácter de posición oficial de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice.

Me parece que lo que se está intentando hacer es conjugar con sabiduría lo antiguo y lo nuevo, actuar en el espíritu y en la letra, en la medida de lo posible, según las indicaciones del Vaticano II y hacerlo de manera que las celebraciones pontificias sean ejemplares bajo todos los aspectos.

Quien asiste a la liturgia papal debe poder decir: "¡Eso es, así se hace! ¡Así debemos hacer también nosotros en nuestra diócesis, en nuestra parroquia!".

Querría, por último, destacar que esta "novedad", como la define usted, no se introduce simplemente de manera autoritaria.

Habrá notado que a menudo las novedades son explicadas, por ejemplo a través de entrevistas que el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias concede a "L'Osservatore Romano" o de otras comunicaciones periodísticas.

También nosotros los consultores de vez en cuando publicamos artículos en el diario de la Santa Sede para explicar el sentido histórico y teológico de las decisiones que se toman.

Para usar una palabra que está de moda, diré que es un modo "democrático" de proceder, entendiendo con esto, no que las decisiones se tomen por mayoría, sino que se intenta hacer entender el motivo profundo de estos cambios, que es siempre un motivo histórico, teológico y litúrgico y no puramente estético, y menos ideológico.

Podríamos decir que nos esforzamos por dar a entender la ratio legis y me parece que también este hecho representa una "novedad" de cierta importancia.





jueves, 24 de diciembre de 2009

Santa y Feliz Navidad - Fraternidad de Vida Nueva

Santa y Feliz Navidad
Fraternidad de Vida Nueva


“Univérsi, qui te exspéctant, non confundéntur, Dómine”
[“Todos los que en ti esperan no quedarán confundidos, oh Señor”]


Dios acababa de dar a la tierra un Salvador y en los brazos de Maria en éxtasis, los Ángeles adoran al Verbo encarnado. ¡Que lección para nuestra fe! El tiempo no disminuye la profundidad del misterio; los siglos pasan por delante de este pesebre bendito, el cual nos conserva y nos transmite el recuerdo del nacimiento de Jesucristo, sublime y encantadora prueba del amor de Dios hacia nosotros! Si vosotros no podéis olvidar vuestra madre, vuestra familia, vuestra patria, cristianos no olvidéis al que ha nacido para salvarnos.

Oración. Dios Todo Poderoso, que derramáis hoy sobre nosotros la nueva luz de vuestro Verbo encarnado, haced que la fe de este misterio se infunda también en nuestros corazones. Señor y Dios nuestro, haced del mismo modo, te lo rogarnos, que celebrando con alegría la Natividad de N. S. Jesucristo, merezcamos, por una vida digna de El, gozar de su presencia. Así sea.


Es el deseo de:
Fraternidad de Vida Nueva
y Multiespacio Cultural EL CAMINO



sábado, 12 de diciembre de 2009

Oración a la Virgen de Guadalupe - Emperatriz de América y Patrona de nuestra Fraternidad de Vida Nueva

Oración a la Virgen de Guadalupe
Emperatriz de América y Patrona de nuestra Fraternidad de Vida Nueva


Préstame Madre tus ojos, para con ellos poder mirar,
porque si con ellos miro, nunca volveré a pecar.

Préstame Madre tus labios, para con ellos rezar,
porque si con ellos rezo, Jesús me podrá escuchar.

Préstame Madre tu lengua, para poder comulgar,
pues es tu lengua patena de amor y santidad.

Préstame Madre tus brazos, para poder trabajar,
que así rendirá el trabajo una y mil veces más.

Préstame Madre tu manto, para cubrir mi maldad,
pues cubierta con tu manto al Cielo he de llegar.

Préstame Madre a tu Hijo, para poder yo amar.

Si tu me das a Jesús, qué más puedo yo desear
y ésta será mi dicha por toda la eternidad.

Amén.



Vea el video "Águila que Ama" de Martín Valverde (sobre san Juan Diego) tomado de su CD "Profeta".






lunes, 7 de diciembre de 2009

El Papa Benedicto XVI advierte peligros de teología marxista de la liberación y pide superar graves consecuencias

El Papa Benedicto XVI advierte peligros de teología marxista de la liberación y pide superar graves consecuencias


VATICANO, 05 Dic. 09 / 08:22 am (ACI): El Papa Benedicto XVI advirtió de los peligros de la teología marxista de la liberación y alentó a superar sus graves consecuencias en medio de las comunidades eclesiales, como la rebelión y el disenso, a la luz de la instrucción Libertatis nuntius que cumple 25 años de publicación y que fuera redactada cuando él era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Al recibir este mediodía al grupo de Obispos de Brasil de la región Sur 3 y Sur 4 en visita ad limina, el Santo Padre recordó que "en agosto pasado se cumplieron 25 años de la Instrucción Libertatis nuntius de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, que subraya el peligro que comportaba la aceptación acrítica, realizada por algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo".

Benedicto XVI advirtió, tras haber reflexionado sobre el papel de las universidades católicas, que las secuelas de la teología marxista de la liberación "más o menos visibles de rebelión, división, disenso, ofensa, anarquía, aún se hacen sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas gran sufrimiento y grave pérdida de fuerzas vivas".

Por esa razón, el Santo Padre exhortó "a cuantos se algún modo se sientan atraídos, involucrados y afectados en lo íntimo por ciertos principios engañosos de la teología de la liberación, que se confronten nuevamente con la referida Instrucción, acogiendo la luz benigna que la misma ofrece con mano extendida".

Benedicto XVI recordó también "la regla suprema de fe de la Iglesia proviene efectivamente de la unidad que el Espíritu estableció entre la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, en una reciprocidad tal que no pueden subsistir de manera independiente", como explica en la encíclica Fides et Ratio el Papa Juan Pablo II.

"Que en el ámbito de los entes y las comunidades eclesiales, el perdón ofrecido y acogido en nombre y por amor de la Santísima Trinidad, que adoramos en nuestros corazones, ponga fin a las tribulaciones de la querida Iglesia que peregrina en las Tierras de la Santa Cruz", alentó.

La Instrucción Libertatis nuntius fue publicada el 6 de agosto de 1984, tras la autorización del Papa Juan Pablo II, para que el entonces Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, procediera con la publicación.

El objetivo de la instrucción, explica el mismo texto, es "atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista".

El citado texto explica "la certeza de que las graves desviaciones ideológicas" de la teología marxista de la liberación "conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres". Entre otras cosas, la instrucción también advierte que el análisis marxista de la realidad "arrastra las ‘teologías de la liberación’ a aceptar un conjunto de posiciones incompatibles con la visión cristiana del hombre".



Para más información:

«Libertatis Nuntius»
Instrucción sobre algunos aspectos de la “teología de la liberación”
Congregación para la Doctrina de la Fe
http://www.aciprensa.com/apologetica/teologia/libertatis.htm


«Libertatis Conscientia»
Instrucción sobre libertad cristiana y liberación
Congregación para la Doctrina de la Fe
http://www.aciprensa.com/apologetica/teologia/conscientia.htm


martes, 1 de diciembre de 2009

"Madre, a tu corazón confiamos la causa por la vida" - Mons. Juan Alberto Puiggari

"Madre, a tu corazón confiamos la causa por la vida"
Carta de Mons. Juan Alberto Puiggari a los fieles de Mar del Plata
36° Marcha de la Esperanza - 05 de Diciembre 2009 - 16 hs



Queridos hermanos:

Al comienzo de este año pastoral, inspirado en las Palabras de Jesús: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Cf. Jn 10,10), convoqué a toda la Diócesis, "a anunciar con renovado vigor el Evangelio de la vida"; "a unir fuerzas y trabajar ( ... ) teniendo como horizonte la belleza y la altísima dignidad de la vida humana" (Carta Pastoral con ocasión de la celebración de la Semana de la Vida 2009). Les decía en esa Carta Pastoral: "Debemos acrecentar la conciencia de la dignidad de toda persona humana desde la concepción hasta su muerte natural. En cada situaci6n, ante cada hermano, en cada etapa del desarrollo de la vida humana, debemos afirmar y anunciar la buena noticia de la vida". Doy gracias a Dios, porque nos ha permitido realizar los objetivos que nos habíamos propuestos en la misi6n de anunciar, promover y cuidar el don de la vida, que viene de Dios y que Él nos confía para que vivamos en plenitud. Plenitud, que sólo es posible por la primacía de su Gracia y que se puede traducir en una vida de dignidad, que madura en el amor, que se fortalece en el sacrificio y se embellece en la alteridad, descubriendo al hermano como un don. Plenitud que se alcanza en la Verdad y la Caridad y que hace posible la tan anhelada libertad, sin la cual el hombre no puede ser verdaderamente feliz.

Desde la pastoral ordinaria y con acciones extraordinarias pudimos -como escribí en la Carta Pastoral- ''unirnos, en el desafío de multiplicar gestos, actitudes, acciones que manifiesten el compromiso ante la maravilla de la creación y, en especial, de la vida humana". Acciones que nos permitieron contemplar, desde el inicio de la vida en el seno materno, hasta su ocaso natural, los distintos rostros humanos que nos interpelan a acoger y cuidar el don maravilloso de la vida humana (cf. ídem).

Llegamos al final del año pastoral y nos encontramos con la "Marcha de la Esperanza" que como todos los años quiere ser la expresión de amor a la Virgen María y de confianza filial en la Madre que nos abre las puertas del Adviento y nos señala a su Hijo Jesús, que es "Camino, Verdad y Vida".

Quiero invitarlos a culminar este "Año de la Vida" confiando todo a María. Que juntos podamos decirle a la Virgen: "Madre, a tu corazón confiamos la causa por la vida". El encuentro con la Virgen será el sábado 5 de diciembre a las 16 hs. en la Gruta de Lourdes. Desde allí -como todos los años- nos pondremos en marcha a hacia la Iglesia Catedral; pasando por las parroquias San Antonio, Jesús Obrero, San José y la Asunción de la Virgen.

La Marcha de la Esperanza es una verdadera manifestación de religiosidad popular en donde se destacan tres signos. En primer lugar, el caminar, que nos recuerda nuestra condición de peregrinos hacia la casa del Padre en donde alcanzaremos la Vida eterna. Lo segundo, la oración, que a lo largo del camino tiene distintos matices, penitencial, de alabanza y de intercesión. Por los altoparlantes se escucha la Palabra de Dios, la música, los cánticos y las preces que van predisponiendo el corazón del peregrino para que la oración, sea un dialogo de amor y amistad con aquel que sabemos que camina junto a nosotros, nos ama y nos da la vida en abundancia. El tercer signo es la fraternidad, caminamos juntos, hacemos la experiencia de que vivir es convivir, alentándonos mutuamente, la oración no sólo es diálogo con Dios sino también con los hermanos. ¡Qué bien nos hace saber que otros rezan con nosotros y muchas veces por nosotros!

Peregrinación, oración y fraternidad tres signos de una realidad superior: "la Iglesia". En la "Marcha de la Esperanza" está la Iglesia porque está el Obispo, porque están los sacerdotes, los diáconos, los consagrados, porque están los laicos, niños, jóvenes, familias, ancianos. Es la Iglesia que camina hacia el encuentro con su Señor en la Eucaristía, por eso como todos los años les insisto en que la "Marcha" termina con la bendición de la Misa y con el saludo "Pueden ir en Paz". Hemos caminado, hemos rezado y cantado, hemos celebrado la vida; asumidos por Cristo en su sacrificio, fuimos pacificados por Él y devueltos a la vida diaria para ser instrumentos de su paz.

En esta Marcha de la Esperanza también tendremos muy presente a los sacerdotes. Como recordarán, el Santo Padre Benedicto XVI, en ocasión de cumplirse 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars, mandó que en toda la Iglesia se celebrase un Año Sacerdotal, "Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote". En la Marcha rezaremos por esta fidelidad, para que el sacerdote sea santo, de manera que como Jesús, sea un buen compañero de camino para los hombres. Que con Jesús sea maestro de oración. Que en su ministerio sea el buen pastor que da la vida por sus hermanos.

Queridos hermanos, que nadie se quede en casa el sábado 5 de diciembre. Con María y con Jesús queremos cantar por las calles de nuestra ciudad el amor a la vida. Les propongo que en estos días previos a la Marcha salgamos a invitar a nuestros parientes, vecinos y amigos. Que las parroquias, capillas, los colegios y todos los movimientos e instituciones de la Iglesia nos preparemos con la oración y los sacramentos, especialmente la confesión, "ponernos el traje de fiesta", revestimos de la Gracia de Cristo, para que esta gran fiesta tenga la luminosidad de Cristo que brilla en los corazones reconciliados.

Los espero en la Gruta de Lourdes y con mi afecto de padre y pastor, los bendigo.


Mar del Plata, Octubre 2009



Mons. Juan Alberto Puiggari
Obispo de la Diócesis de Mar del Plata





domingo, 22 de noviembre de 2009

Jesucristo, Rey del Universo - Mario Caponnetto

Jesucristo, Rey del Universo
Mario Caponnetto


La celebración de la Festividad de Cristo Rey que, a partir de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, cierra el ciclo del tiempo ordinario y clausura el año litúrgico, ha de movernos a una seria reflexión. Pues si la Iglesia proclama a Jesucristo como Rey debemos preguntarnos qué significa este reinado y cuáles son las consecuencias que de él se derivan.

Muchos sospechan que el Concilio no se ha limitado a un simple traslado de la antigua festividad instituida por el Papa Pío XI, en 1925, del último domingo del mes de octubre al último domingo del ciclo anual, sino que ha ido más lejos: ha cambiado sustancialmente el sentido originario de la misma festividad. En efecto, se dice, ya no se trata de afirmar el reinado de Cristo sobre todas las realidades, principalmente aquellas que son propias del orden público y social, sino de acentuar, más bien, la naturaleza espiritual, extramundana y metahistórica de aquel Reinado. El traslado, en consecuencia, respondería antes a este criterio nuevo pues la festividad clausura, ahora, y da cima a todo el clima esjatológico que tiñe marcadamente la liturgia de los últimos domingos del año.

Pero ¿es esto así? Como sucede muy a menudo, desde la aparición en la vida de la Iglesia de nuestro tiempo del Concilio Vaticano II, también en este delicadísimo punto, un espíritu mundano y secularizante -hoy lamentablemente muy difundido en amplios sectores eclesiales- parece querer prevalecer no sólo sobre el espíritu del propio Concilio sino, lo que es más grave, sobre lo que ha sido y sigue siendo doctrina permanente y segura del Magisterio de la Iglesia, de la Tradición y de la propia Escritura, fuentes insustituibles de la Fe Católica.

Volvamos, pues, a la pregunta inicial: el Reinado de Cristo ¿es sólo la consumación metahistórica del Reino anunciado por el mismo Jesús o, además, conlleva una efectiva y real potestad de Cristo sobre el orden temporal público y privado? La respuesta debe ser meditada y repensada por la inteligencia cristiana en esta época de tanta confusión y -¿cómo no decirlo aunque duela?- de tanta pusilanimidad entre los católicos, sean laicos, sean pastores.

La guía más segura, al respecto, es volver a una atenta lectura de la Encíclica Quas primas, dada por el Papa Pío XI, el 11 de diciembre de 1925. Este importante documento -cuya vigencia no ha sido negada oficialmente ni por el Concilio ni por ninguno de los Sumos Pontífices posteriores a Pío XI- no solamente instituye la festividad litúrgica de Cristo Rey sino que compendia admirablemente la verdadera doctrina católica sobre nuestro tema.

A nuestro juicio son tres los elementos esenciales a tener en cuenta en la lectura de la Encíclica: primero, el sentido y el fundamento de la Realeza de Cristo; segundo, el carácter de esta Realeza; tercero, el contexto histórico en el que fue escrita la encíclica.


a. Sentido y fundamento de la Realeza de Cristo.

Distingue Pío XI un doble sentido de la realeza de Cristo: el metafórico (translata verbi significatione) y el propio (propria verbi significatione). Según el primero de estos sentidos decimos que "Cristo reina en la inteligencia de los hombres [...] por ser Él la misma Verdad y por la necesidad que tienen los hombres de beber en Cristo la verdad y aceptarla de Él". También, "que reina en las voluntades de los hombres [...] porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad, encendiendo en ella los más altos propósitos"; finalmente, Cristo "es rey de los corazones, porque con su supereminente caridad [...] se gana el amor de las almas" (1).

Pero en un sentido propio "se ha de atribuir a Jesucristo hombre el título y la potestad de rey; pues sólo como hombre se puede afirmar de Cristo que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino (Dan. 7, 13-14) ya que como Verbo de Dios, identificado sustancialmente con el Padre, posee necesariamente en común con el Padre todas las cosas y, por lo tanto, también el mismo poder supremo y absoluto sobre toda la creación" (2).

Estamos, sin duda, ante una definición de singular trascendencia pues se trata, nada menos, que de la Realeza de Cristo vista a la luz suprema del misterio de la unión hipostática. Y aquí reside el fundamento radical de dicha realeza: "en una palabra, por el sólo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre la creación universal" (3).

Es que la Encarnación del Verbo ha transfigurado, de raíz, todas las realidades humanas. Ya nada es lo mismo a partir del hecho, capital y fundante, de la Encarnación. Y si Santo Tomás, al establecer, con Aristóteles, que la verdad es el fin del universo, recuerda que por eso ad veritatis manifestationem divina Sapientia carne inducta se venisse in mundo (4), de tal modo que a partir de ahora esa Verdad, entrevista por el Filósofo, no es otra que la Verdad Encarnada, fundamento y fin de toda sabiduría humana, así también, a partir de la Encarnación podemos hablar de una Potestad Encarnada -divina potestas carne inducta- fundamento y fin de toda potestad sobre la tierra.


b. Carácter de la Realeza de Cristo.

El Papa se detiene extensamente en las fuentes escriturísticas (tanto del Viejo cuanto del Nuevo Testamento) que abonan la Realeza de Jesucristo y no puede sino concluir que todos los textos sagrados demuestran con plena evidencia "que este reino es principalmente espiritual y que su objeto propio son las realidades del espíritu" y que "cuando los judíos y aún los mismos apóstoles juzgaron equivocadamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo judío y restablecería el reino de Israel, Cristo deshizo y refutó esta idea vanamente esperanzada" (5).

No; no hay lugar alguno para confundir el Reino de Cristo con ningún reinado temporal ni para identificarlo con ninguna forma de dominio humano. Pero este aspecto esencial y eminente no se contradice con la potestad real que Cristo ejerce sobre todo el hombre y sobre todo el universo. Entonces, ¿por qué substraer las realidades políticas y sociales a la potestad real de Jesucristo? ¿Por qué cerrarle, precisamente, las puertas al Rey de la Historia, allí donde los hombres fundan la ciudad terrena? ¿Por qué inexplicable prejuicio se ha de excluir de la divina potestad del Redentor el orden social, jurídico, económico y familiar? "Incurriría en grave error -concluye Pío XI- el que negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las realidades sociales y políticas del hombre" (6).


c. Contexto histórico de la encíclica.

Por último, no hay que olvidar el contexto histórico en el que fue escrito este notable documento. El Papa lo señala desde las palabras iniciales: se trata de un mundo sobre el que se ha precipitado un diluvio de males cuya causa no es otra que el rechazo de la inmensa mayoría de la humanidad a Jesucristo y su santísima ley, tanto en la vida privada, en la vida familiar y en la vida pública. Por eso, concluye, es vana la esperanza de paz de los pueblos si se deja de lado a Cristo. Resuena, entonces, firme e intrépida, la consigna con la que el Papa convoca a los hombres de aquella hora: pax Christi in Regno Christi.

También hacia el final de la Carta vuelve Pío XI al panorama del mundo de entonces. Señala, como gravísimos males del aquel mundo, el laicismo y la apostasía pública que él ha producido en las sociedades (7). Justamente, se trata de reparar tales males instituyendo para ello la celebración solemne de Cristo Rey porque la Iglesia, por medio de su admirable pedagogía, cada vez que quiere hacer viva en los fieles la presencia de una verdad determinada, la celebra, la hace liturgia.

Para concluir: ¿quién puede negar que aquel laicismo devastador y aquella apostasía de las naciones que atribulaban el corazón del Papa hace ya casi ocho décadas, son casi nada si las comparamos con este radical inmanentismo y con este impío secularismo que presiden, hoy, la construcción de una Civitas Mundi, inspirada en el Regnum Hominis en perenne batalla contra la Civitas Dei?

Más, mucho más que en 1925, se hace hoy preciso rescatar la necesaria proyección temporal del Reinado de Cristo como único modo de hacer un mundo más justo y más humano. Todo cuanto hagamos en este sentido, es cierto, ha de ser con la mirada puesta en ese Reino que consumará la Historia. Pero mientras aguardamos -y dejando expresamente a salvo la legítima pluralidad de las opciones políticas del cristiano- recordemos, con palabras de Jordán B. Genta, maestro y mártir de la Fe: "Con Cristo lo podemos todo y nuestro empeño en lo político debe ser para que Él reine... (8).

"No tengamos miedo de proclamar esta Realeza de Cristo. Sobre los tejados. Sin flaquezas. Con caridad. Nadie puede temer este Reinado. Pues como lo recuerda Pío XI: Non eripit mortalia, qui regna da caelestia.



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Notas

(1) Quas primas, 4. Seguimos el texto español de Doctrina Pontificia, II, Documentos Políticos, BAC, Madrid, 1958.

(2) Ibidem.

(3) Quas primas, 6.

(4) C.G. I, c. 1.

(5) Quas primas, 8.

(6) Ibidem.

(7) Quas primas, 12 y 13.

(8) Jordán B. Genta, El nacionalismo argentino, Buenos Aires, 1972.





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