viernes, 20 de marzo de 2015

De nuevo el Cardenal Baldisseri, Secretario del Sínodo sobre la Familia - Bruno Moreno Ramos

De nuevo el Cardenal Baldisseri, Secretario del Sínodo sobre la Familia
Bruno Moreno Ramos


El Cardenal Lorenzo Baldisseri reprendió a quien se atrevió a defender la Doctrina de la Iglesia sobre el Matrimonio en un Congreso en Roma. Cuando lo denunció la organización católica «Voice of the Family» dijo no haber dicho lo que dijo. Una grabación da cuenta de las palabras del Cardenal y zanjó el asunto.


Hace unos días, se celebró en Roma un congreso de movimientos y organizaciones católicas convocado para tratar sobre los temas planteados en el Sínodo extraordinario sobre la Familia del año pasado y como preparación para el de este año. En él participaron ochenta grupos diferentes y, gracias a Dios, se defendió con claridad la Doctrina Católica.

Como señaló el P. Santiago Martín, fundador de los Franciscanos de María: “La práctica totalidad de los movimientos presentes en Roma […] está a favor de mantener la Doctrina Tradicional. Todos quieren […] que se trate con el máximo amor a los divorciados para que no se sientan excluidos de la Iglesia, pero sin que eso suponga devaluar la Eucaristía y permitir que se pueda acceder a ella sin estar en gracia”.

[NdE: ver artículo “Laicos Católicos: «Rebajas no, gracias»” del P. Santiago Martín en http://infovaticana.com/blog/firma-invitada/2015/01/26/laicos-catolicos-rebajas-no-gracias-por-santiago-martin/; ver video “Los laicos dicen «no» a las rebajas” también del P. Santiago Martín en http://magnificat.tv/es/node/7491].

En este congreso, sin embargo, el Cardenal Baldisseri, Secretario del Sínodo, volvió a expresar opiniones impropias de su cargo y a manipular de forma inaceptable las discusiones, “guiándolas” hacia el rechazo de la Doctrina de la Iglesia sobre el Matrimonio y la aceptación de un divorcio católico. La misión del Secretario General de un Sínodo en ningún caso incluye intentar determinar cuáles van a ser las conclusiones del mismo y las discusiones relacionadas y menos aún actuar así en contra de la Doctrina de la Iglesia. Es muy difícil entender por qué el Secretario de este Sínodo ha estado haciendo precisamente eso desde el comienzo del mismo.


En su intervención inicial, a pesar de reconocer que los párrafos 52, 53 y 55 sobre los divorciados y las parejas del mismo sexo de la Relatio final del Sínodo Extraordinario no habían sido aprobados, en la práctica les dio el mismo peso que a cualquier párrafo aprobado y defendió claramente, según esos párrafos, la necesidad de buscar “opciones pastorales valientes” y “caminos pastorales nuevos” para ayudar a las familias heridas, frases que se han utilizado a lo largo de los últimos meses como código que significaba “dar la comunión a los divorciados en una nueva unión” (de la misma manera que “volver a decir otra vez lo mismo” era la manera despectiva de referirse a mantener la doctrina de la Iglesia). Además, reiteró estas ideas en las conclusiones de la intervención y en todo el tono de la misma.

Si esto fuera todo, podría tratarse de una simple forma poco apropiada de expresarse. Analicemos, pues, la información disponible acerca del resto de su intervención, en las preguntas y respuestas posteriores al texto preparado, para arrojar luz sobre el asunto. Por ejemplo, Maria Madise, directora de la organización católica «Voice of the Family», presente en el congreso, reprochó posteriormente al Cardenal su conducta en esa segunda parte de su intervención:
El Cardenal Baldisseri corrigió públicamente a un delegado que protestó por los ataques a la enseñanza Católica. Es notable que se negara a hacer lo mismo cuando la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción fue negada unos momentos después por un delegado diferente. La impresión que da es que el único pecado hoy es defender lo que la Iglesia siempre ha enseñado. Todo parecía puesto en duda en esta conferencia, incluyendo preguntas ya claramente resueltas por el Magisterio de la Iglesia. Tal discusión distrae de la tarea de encontrar soluciones reales a los problemas que enfrentan las familias reales. Apenas se habla de graves males como el aborto, la eutanasia y los ataques a los derechos de los padres. Estas son algunas de las cuestiones clave también omitidas en el informe final del Sínodo 2014. Las familias que sufren no son asistidas por los sofismas de los disidentes profesionales, ya sea clérigos o laicos”.

El Cardenal Baldisseri respondió a esta dura crítica de «Voice of the Family» echando balones fuera y culpando a los traductores, asegurando que:
“las declaraciones atribuidas a mí por «Voice of the Family» no se corresponden con mi pensamiento. Probablemente, hablando en italiano, algunas frases podrían haber sido limitadas por la traducción simultánea. Por eso invito a leer el texto de mi discurso”.

Es muy significativa la restricción mental del Cardenal en su “aclaración”, porque, como señaló «Voice of the Family», el Cardenal no había dicho esas cosas en su discurso, sino al responder a las preguntas posteriores. Por lo tanto, la invitación a leer el texto oficial del discurso, en el que no figuran las preguntas y respuestas posteriores, sólo puede ser un triste intento de desviar la cuestión.

El asunto habría quedado en un intercambio de afirmaciones contrarias, imposibles de verificar, de no ser porque, como en el caso del Cardenal Kasper, había alguien que tenía una grabación de las declaraciones del Cardenal Baldisseri y podía citarlas literalmente. Se trataba del portal informativo «Aleteia», que confirmó lo que había señalado «Voice of the Family» y mostró que, en efecto, el Cardenal había reprendido al delegado que se atrevió a defender la Doctrina de la Iglesia y había justificado el rechazo de esa Doctrina.

Aleteia informó de que el representante de una organización católica venezolana manifestó su preocupación y asombro por la propuesta del Cardenal Kasper en el consistorio de Febrero, repetida en el Sínodo, de dar la Comunión a los divorciados en una nueva unión después de un “proceso penitencial”, tras el cual, a todos los efectos, esa nueva unión sería aceptada por la Iglesia, contra la Tradición de la Iglesia, los Dogmas de Trento y, en general, toda la Doctrina Católica sobre el tema.

El Cardenal Baldisseri, en este caso, no se alegró por la diversidad que existía entre su opinión y la del venezolano, sino que le reprendió, asegurando que “no deberíamos asombrarnos de que haya posturas diferentes a la «doctrina común»” y que “no hay razón para escandalizarse de que un Cardenal o un Teólogo digan algo que sea diferente de la llamada «doctrina común». Eso no significa ir en contra. Significa reflexionar, porque el Dogma tiene su propia evolución, que es un desarrollo y no un cambio”. Asimismo, señaló que “eso es exactamente lo que queremos hoy. Queremos discutir cosas, pero no para crear la duda, sino para verlas en un nuevo contexto y con una nueva conciencia. De otro modo, ¿qué está haciendo la Teología sino repetir lo que se dijo en el siglo pasado o hace veinte siglos?”.

Es imposible no asombrarse ante un Cardenal que, aparentemente, no conoce la diferencia entre Teología y Doctrina. Un Sínodo de Obispos no se convoca para hacer Teología, sino para proclamar la Doctrina y la Pastoral de la Iglesia. Las consecuencias del Sínodo no serán de especulación teológica, sino Doctrinales y Pastorales. Son ámbitos diferentes y, por eso, los Teólogos tienen una libertad mayor en su esfera que los Pastores, porque una cosa es investigar y otra enseñar la Fe de la Iglesia. Si un Teólogo se equivoca de buena fe, los demás Teólogos le rebatirán o la Iglesia le corregirá y ya está. En cambio, si la Doctrina de la Iglesia se adultera, aunque sea de buena fe, las consecuencias para los fieles son terribles, porque lo que está en juego es la vida eterna. Cuando se confunden ambas esferas, como hace el Cardenal Baldisseri, lo que se está haciendo es experimentar irresponsablemente con materias gravísimas.

Por otra parte, el Cardenal no puede ignorar que lo que se discute no es mera “Teología”, sino que se está negando el Magisterio de la Iglesia, Magisterio de un altísimo nivel: Concilio de Trento, cánones sobre el Sacramento del Matrimonio V y VII; Exhortación Apostólica «Familiaris Consortio» de San Juan Pablo II, número 84; Exhortación Apostólica «Sacramentum Caritatis» de Benedicto XVI, número 29; «Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la recepción de la Comunión Eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar» del 14 de septiembre de 1994; Catecismo de la Iglesia Católica, números 1664, 2353, 2364 y 2384; o Código de Derecho Canónico, can. 1141, entre otros muchos Documentos Magisteriales. Si la Iglesia tiene una gran cantidad de Magisterio sobre este tema, ¿cómo se puede pretender que se trata meramente de discusiones teológicas? O, mejor dicho, ¿qué se pretende al fingir que ese Magisterio no existe?

Además, es evidente para cualquiera que las palabras del Secretario del Sínodo no se ajustan a la verdad. Al margen de que la propuesta del Cardenal Kasper y otros Obispos sea correcta o no, lo que está claro es que no se trata de un “desarrollo” de la Doctrina sobre ese tema, sino una concepción diametralmente opuesta a lo enseñado por la Iglesia hasta el día de hoy. Decir exactamente lo contrario de algo no es desarrollar ese algo. ¿Dónde está el desarrollo que va de “cualquier segunda unión en vida de los cónyuges es nula y un gravísimo pecado de adulterio público y continuado” a “esa segunda unión es admisible para la Iglesia y no excluye de la comunión”? No hace falta ser un Teólogo para comprender lo vergonzoso que es el intento de hacer pasar la negación de una Doctrina por un desarrollo de esa Doctrina, algo que condenó expresamente San Pío X (cf. Juramento Antimodernista, 1910).

Finalmente, desafía a la imaginación que el Cardenal Baldisseri fuera capaz de hablar despectivamente de “repetir” lo que se dijo “hace veinte siglos”. ¿Qué es eso que sucedió hace precisamente veinte siglos? Cosillas sin importancia, como la Encarnación, Vida Pública, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo y la predicación de los Apóstoles. Ante esta actitud del Cardenal, sólo podemos reaccionar como Patrick Buckley, el representante en el congreso de la Sociedad para la Protección de los Niños No Nacidos, que afirmó:
“La enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad del Matrimonio se funda en las palabras de Jesucristo. Estas palabras pueden haber sido dichas hace 2.000 años, pero para los Católicos siguen siendo ni más ni menos que inmutables mandatos de Dios”.

La verdad es que Iglesia no puede dar otra cosa que lo que ha recibido, aunque al Cardenal Baldisseri le parezca aburrido. Digámoslo con total claridad: Sí, llevamos dos mil años repitiendo la Doctrina Católica y no nos avergonzamos de ello, porque en esa Doctrina está la Salvación que Cristo nos regala. Abandonar esa Doctrina es perder la Vida Eterna.

No puedo evitar, sin embargo, admirar la audacia del Cardenal Baldisseri al recordarnos que en el Concilio de Nicea los Padres Conciliares llegaron a los golpes. Lo que no parece recordar el Cardenal es que los Padres de Nicea llegaron a los golpes precisamente por lo contrario de lo que el propone. No se debió a que todas las opiniones pudieran discutirse libremente, sino a que, cuando los Padres escucharon a Arrio negar la Doctrina de la Iglesia, se taparon los oídos ante tamaña vergüenza. Y San Nicolás, no pudiendo aguantar más aquella indignidad, se enzarzó con Arrio en una pelea. Al terminar el Concilio, en lugar de felicitar a los herejes por sus “opciones pastorales audaces”, como aparentemente haría el Cardenal Baldisseri, se los desterró donde no pudieran hacer más daño y los Padres Conciliares se divirtieron de lo lindo quemando sus obras heréticas (y, quizá, aprovechando para asar unas salchichas en el fuego, aunque eso ya no lo dicen los libros de historia). Nada que ver, por lo tanto, con el indiferentismo propuesto por el Secretario General del Sínodo.

En cuanto a los divorciados en una unión civil, el Cardenal Baldisseri afirmó:
¿Qué hacemos con esta gente? No podemos seguir como hasta ahora […] Si tienen hijos que cuidar o padres ancianos del segundo matrimonio que necesitan ayuda, ¿qué hacen? ¿Es que alguien debe quedarse solo porque un esposo o una esposa tomó otro camino? […] El único sacramento que requiere dos personas para recibirlo es el matrimonio. Y [en algunos divorcios] está la víctima, que no es culpable. Quizás el marido se marchó con su secretaria. Entonces, [la esposa] tiene que sufrir todas las consecuencias. Actualmente, somos más sensibles a estas cosas”.

He aquí, de nuevo, la misma forma engañosa de hablar, que produce una cierta vergüenza ajena en el lector. El Cardenal apela conmovedoramente al cuidado de niños o ancianos, a pesar de que sabe perfectamente que la Doctrina actual de la Iglesia no prohíbe en ningún caso que se cuide de esos niños o ancianos, sino que, al contrario, manda que así se haga cuando sea ése el deber del interesado. Y da a entender, aún más engañosamente, que existe algún vínculo necesario aunque invisible entre adulterar y cuidar niños o ancianos, de modo que la Iglesia debería permitir ese adulterio en defensa de los más desvalidos. ¿Cuál es ese vínculo necesario? No existe, pero eso no importa, porque basta con sugerirlo sibilinamente, dando así la impresión de que la práctica de la Iglesia produce injusticias, cuando la realidad es exactamente la contraria, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica:
El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres” (Catecismo de la Iglesia Católica 2353).

Por supuesto, esta injusticia real producida por cualquier adulterio (también el del cónyuge abandonado) desaparece mágicamente de la argumentación de los Cardenales Kasper, Baldisseri y sus partidarios. No es de extrañar, porque su argumentación se basa en negar lo objetivo y afirmar la mera voluntad subjetiva, de modo que omiten cualquier realidad objetiva y la sustituyen por insinuaciones, afirmaciones confusas, medias verdades y apelaciones sentimentaloides a una falsa misericordia.

Aún son más curiosas sus conclusiones, según las cuales, puesto que un cónyuge ha adulterado, el otro tiene derecho a contraer una nueva unión. Apliquemos este razonamiento a cualquier otro pecado. Si alguien me roba mis ahorros de toda la vida, ¿alguien en su sano juicio opina que, entonces, yo puedo ir y robarle a otra persona los suyos porque no es justo que yo “sufra todas las consecuencias” del robo? ¿Acaso tenemos que aprobar la conducta de alguien que ha sufrido una dolorosa mentira de otra persona y considera que, a partir de ese momento, la sinceridad deja de tener sentido y puede mentir a placer?

Si todo esto es absurdo, ¿por qué se nos intenta hacer creer que la persona que ha sufrido un abandono tiene por ello carta blanca para adulterar? ¿O, más increíblemente aún, que puede decidir que la indisolubilidad ya no va con ella y puede casarse otra vez a pesar de que sigue estando casada? El Cardenal Baldisseri lo afirma sin rubor, alegando que la persona abandonada no se va a “quedar sola” por el hecho de que el cónyuge “tome otro camino”, de modo que puede casarse de nuevo a pesar de que según la Fe Católica ya está casada. O nos señala que, como “el marido se marchó con su secretaria”, aparentemente la mujer puede hacer lo mismo y marcharse con el cartero, porque… porque… ¿por qué no? En fin, son afirmaciones que no tienen el más mínimo asomo de justificación racional o teológica y que, de hecho, sólo se apoyan en formas engañosas de hablar. Es un claro caso de lo que Orwell llamaba doublespeak o, en palabras de Tolkien, wormtongue.

Por otro lado, la posibilidad planteada por el Cardenal Baldisseri con respecto al cónyuge abandonado fue expresamente anatematizada por el Concilio de Trento:
“Si alguno dijere, que la Iglesia yerra cuando ha enseñado y enseña, según la Doctrina del Evangelio y de los Apóstoles, que no se puede disolver el vínculo del Matrimonio por el adulterio de uno de los dos consortes; y cuando enseña que ninguno de los dos, ni aun el inocente que no dio motivo al adulterio, puede contraer otro Matrimonio viviendo el otro consorte; y que cae en fornicación el que se casare con otra dejada la primera por adúltera, o la que, dejando al adúltero, se casare con otro; sea anatema” (Concilio de Trento, Canon VII sobre el Sacramento del Matrimonio).

¿Qué sentido tiene discutir hoy lo que fue definido como Dogma de Fe hace cinco siglos? Más aún, ¿qué sentido tiene poner en duda ese Dogma y sugerir su (imposible) modificación, como han hecho el Cardenal Baldisseri y el Cardenal Kasper? Rozar o caer de lleno en la herejía material no es más que la consecuencia, tan inevitable como perniciosa, de pretender que todas las opiniones son admisibles en un Sínodo de Obispos, aunque sean contrarias a la Fe Católica.

Finalmente, el Cardenal Baldisseri se apoyó en que, si bien lo esencial no puede modificarse, la disciplina sí que es susceptible de modificación. Como ilustración de este principio, señaló la facilidad actual para la secularización de los sacerdotes. Aunque el principio es cierto, la afirmación del Cardenal es contradictoria con sus afirmaciones anteriores. ¿No nos había dicho que se trataba de “evolución del Dogma”? ¿Cómo es que ahora, mágicamente, se trata de disciplina y no de Dogma? ¿No proponía el propio Baldisseri apartarse de la “doctrina común”? ¿Cómo puede ahora pretender que se trata meramente de temas disciplinarios y no Doctrinales? A la postre, la argumentación del Secretario del Sínodo parece ser: cara gano yo, cruz pierdes tú. Aparentemente, da igual que los argumentos que presenta sean mutuamente contradictorios y por lo tanto se anulen unos a otros, lo único que importa es la victoria de una agenda que defiende a capa y espada y que debe triunfar cueste lo que cueste, por más que la Fe de la Iglesia se quede por el camino como víctima colateral.

Todo esto, después de un planteamiento relativista del Sínodo y de una manipulación sin precedentes de su funcionamiento. Como señaló Juanjo Romero sobre el tema:
“Transparencia que se manifestó en la decisión de no publicar los discursos/comunicados de los Padres Sinodales. Transparencia para muñir una relatio intermedia con tres puntos [que] no respondían a lo hablado en el Sínodo, tal como relataron varios Cardenales. Transparencia que se manifestó en distribuir esa ‘relatio’ antes a la prensa que a todos los Padres Sinodales, intentando presionar desde fuera. Como afirmó el Cardenal Napier, daba igual que se pudiese corregir dentro de las sesiones, el mal ya no se podría controlar. Transparencia a la que se acogió para no publicar las conclusiones de los ‘círculos menores’, a lo que fue obligado por la petición al Papa de varios Cardenales”.

En resumen, además de una forma turbia y partidista de organizar el Sínodo y las reuniones conexas y de pretender corregir a los que defienden la Fe de la Iglesia, hemos visto como se rechazan públicamente los Dogmas de Trento, el Magisterio de San Pío X, San Juan Pablo II y Benedicto XVI, las declaraciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Catecismo de la Iglesia Católica, por no hablar de la Doctrina inmemorial de la Iglesia y las palabras del mismo Cristo. Todo ello, en palabras del Papa Francisco, haciendo gala de un “buenismo destructivo, que en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero curarlas y medicarlas”.

Dios quiera que los resultados del Sínodo sean buenos, aunque temo que para ello hará falta un milagro, porque, hasta el momento, la forma de organizarlo y dirigirlo no ha podido ser peor ni menos acorde con la Tradición de dos milenios de historia de la Iglesia.








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