Carlos Daniel Lasa
"Oren por mí, para que yo no me escape, por miedo, ante los lobos". Estas palabras fueron pronunciadas por Benedicto XVI, flamante Obispo de Roma, el día de la misa inaugural, el 25 de abril de 2005. Sus palabras estaban denotando la clara conciencia que el Papa poseía respecto de las graves dificultades que amenazarían su Pontificado.
Y no se equivocaba. Los lobos, apenas iniciado su ministerio pastoral, se pusieron a trabajar afanosamente haciéndolo blanco de una sistemática ofensiva. En el año 2010, dos destacados vaticanistas escribieron un libro titulado Attacco a Ratzinger [1]. Esos ataques al Papa, según los autores de este libro, fueron dirigidos desde fuera y desde dentro de la Iglesia Católica.
Resulta evidente que los resultados que la Iglesia ha tenido después del Concilio Vaticano II no han sido de los mejores: seminarios vacíos, una Europa descristianizada, sacerdotes que abandonan su ministerio, colegios y universidades católicas que han perdido su razón de ser, etc.
El por entonces Cardenal Ratzinger, haciendo referencia a los dos frentes de peligro que enfrentaba la Iglesia Católica, afirmaba: "Estoy convencido que los males que hemos experimentado en estos veinte años no se deben al Concilio 'verdadero', sino al hecho de haberse desatado en el interior de la Iglesia ocultas fuerzas agresivas, centrífugas, irresponsables o simplemente ingenuas, de un optimismo fácil, de un énfasis en la modernidad, que ha confundido el progreso técnico actual con un progreso auténtico e integral. Y, en el exterior, al choque con una revolución cultural: la afirmación en Occidente del estamento medio-superior, de la nueva 'burguesía del terciario', con su ideología radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista" [2].
Ocupémonos, por un momento, de la amenaza interior que vive actualmente la Iglesia y que, a nuestro juicio, se denomina progresismo. Este progresismo no es sino la continuación de aquel modernismo que, condenado por San Pío X en su encíclica Pascendi, se mantuvo larvado en el seno mismo de la Iglesia durante un buen tiempo; luego pasó de ser un resfriadillo (en palabras de Jacques Maritain en el Campesino del Garona) a una grave enfermedad apenas terminado el Concilio. Hoy se asemeja, creemos, a un cáncer metastásico que amenaza seriamente la existencia misma de la Iglesia Católica.
Ocupémonos, por un momento, de la amenaza interior que vive actualmente la Iglesia y que, a nuestro juicio, se denomina progresismo. Este progresismo no es sino la continuación de aquel modernismo que, condenado por San Pío X en su encíclica Pascendi, se mantuvo larvado en el seno mismo de la Iglesia durante un buen tiempo; luego pasó de ser un resfriadillo (en palabras de Jacques Maritain en el Campesino del Garona) a una grave enfermedad apenas terminado el Concilio. Hoy se asemeja, creemos, a un cáncer metastásico que amenaza seriamente la existencia misma de la Iglesia Católica.
























