domingo, 31 de mayo de 2026

Magnifica humanitas: luces y sombras en la Encíclica inaugural de León XIV - Mario Caponnetto

Magnifica humanitas
:
luces y sombras en la Encíclica inaugural de León XIV
Mario Caponnetto
    
    
    Finalmente, el pasado 25 de mayo la Santa Sede dio a conocer la esperada primera Carta Encíclica de León XIV: Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El tema estuvo presente en la preocupación del Santo Padre desde el inicio de su Pontificado. De hecho, la misma adopción del nombre respondió a esta inquietud: así como León XIII afrontó en el siglo XIX la cuestión social en Rerum novarum, ahora se hace necesario, a ejemplo de aquel gran Pontífice, hacerse cargo de las novedades del siglo XXI centradas fundamentalmente en el grave problema que representan las nuevas tecnologías, en especial la llamada inteligencia artificial. 

    El desafío que supone este artefacto -cuya aparición se inscribe en el contexto más amplio de una cultura dominada por una suerte de imperialismo de la ratio technica- es uno de los grandes temas de este tiempo. Nada podía ser, pues, más oportuno y necesario que una directa intervención del Magisterio capaz de iluminar con la luz del Evangelio y la doctrina perenne de la Iglesia tan ardua y difícil cuestión. 

    Sin embargo, una atenta lectura del documento, hecha con espíritu filial y una sincera disposición a un obsequioso asentimiento al magisterio ordinario tal como lo pide la Iglesia, no puede dejar de advertir que en este texto aparecen destellos de luz que se recortan en un fondo de sombras. Lejos de nuestra intención cuestionar la autoridad del Papa: pero precisamente la fidelidad a la Iglesia, a su constante enseñanza y al mismo Papado nos obliga, en conciencia, a una respetuosa recepción crítica que procuraremos exponer del mejor modo posible. 
    

I. Dos imágenes bíblicas: dos actitudes del hombre
    
    El texto se abre con una evocación de dos imágenes bíblicas que resumen en sí dos actitudes del hombre: “levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” [1]. La primera actitud se corresponde con el pasaje de Génesis 11. 1-9 que relata la decisión de los hombres, establecidos en la llanura de Senaar, de levantar una ciudad y una torre cuya cúspide fuese capaz de alcanzar el cielo. Es la imagen del hombre autosuficiente que solo confía en sus fuerzas y prescinde de Dios. La conclusión es una sola: el enorme engaño de una humanidad que acaba sumida en la confusión de las lenguas y en la dispersión. La segunda actitud se ve reflejada en el pasaje de Nehemías 2, 18, 20: Nehemías regresa a Jerusalén y a la vista de la ciudad devastada convoca a los israelitas a reedificarla desde sus ruinas, convencido de que “el Dios del cielo nos dará buen éxito”. Es exactamente la actitud opuesta: la del hombre que levanta la ciudad terrena bajo la mirada de Dios y para su gloria.

    Estas referencias bíblicas y su profundo simbolismo dan el gran marco a todo el documento y son, sin lugar a dudas, lo más logrado de la Encíclica y lo más oportuno puesto que hoy asistimos a un renovado intento de edificar una nueva Babel mediante el enorme poderío técnico que ha alcanzado la humanidad. La propuesta del Papa es reconstruir la ciudad humana, sin renegar de la técnica, pero bajo la mirada de Dios. “Babel -concluye- revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios” [2]. 

    No es difícil advertir en este proemio la idea de las dos ciudades enfrentadas hasta el fin de los tiempos, entrevistas por el genio de Hipona. De hecho, más adelante la referencia a esta magna visión agustiniana de la historia se hace explícita [3].  
    

II. La reflexión sobre la técnica. El fenómeno de la tecnociencia.
    
    1. El corazón de la Encíclica es una reflexión sobre la técnica en su relación con la dignidad de la persona humana en la que se manifiesta la presencia de esa “humanidad magnífica” creada por Dios y esclarecida en el misterio del Verbo encarnado: “En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud” [4].

    Tal reflexión no se presenta como una respuesta circunstancial y específica a un tema crucial; por el contrario, el Papa ha decidido insertar esta Encíclica en el marco de la Doctrina Social de la Iglesia tal como ha sido elaborada a partir de León XIII hasta hoy. De esta manera, Magnifica humanitas viene a ser, hasta el momento, la última expresión de un magisterio unitario y gradual que reconoce en los sucesivos papas que han abordado las cuestiones sociales, atapas en la conformación progresiva de un único y mismo corpus doctrinal. En concordancia con esta intención, la primera tarea que asume León XIV es reseñar, bien que someramente, el desarrollo histórico de ese corpus y definir, a modo de síntesis, sus fundamentos y sus principios. 

    De esta manera recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia hunde sus raíces en el Evangelio y en la Tradición; no es un invento humano, sino que se funda en el Dios Uno y Trino y en el hombre creado a su imagen, imagen en la que reside la única razón de su eminente dignidad y de los derechos que de ella derivan. Los principios sillares de esta Doctrina son el bien común, la subsidiaridad, el destino universal de los bienes y la solidaridad o, más propiamente, la amistad social. Se ha de destacar que, en relación con el principio de subsidiaridad, el Papa pone especial acento en el papel de los cuerpos intermedios: la sociedad es un plexo de sociedades ordenadas desde la familia hasta la sociedad civil, la suprema y perfecta comunidad; de este modo retoma la concepción clásica de la política única respuesta válida frente al individualismo liberal y el colectivismo marxista. 

    Tales fundamentos y principios debidamente ordenados guían y estructuran toda la exposición acerca del tema de la técnica con especial énfasis en la llamada “inteligencia artificial”. Así, inspirado en Rerum novarum, tal como adelantamos, el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)” [5].
    
    2. En realidad, el tema de la técnica no es de ahora. Ya en el lejano 1934, el sociólogo e historiador estadounidense Lewis Mumford daba a luz su libro Technics and Civilization, redactado en1932, donde analizaba los desafíos tecnológicos de su tiempo de frente a los desarrollos técnicos que habían cobrado su fuerza a partir de la revolución industrial. Mumford alertaba sobre las trasformaciones producidas por la técnica, especialmente su influjo en la configuración de una mentalidad y de una cultura orientadas a la lógica de las máquinas con el consiguiente peligro que ello suponía [6].  

    Años después, en 1953, en su conocido trabajo La pregunta por la técnica, Martín Heidegger, en el marco de su peculiar metafísica, reflexionaba sobre la esencia de la técnica y formulaba su conocida tesis según la cual la técnica moderna representa una provocación de la naturaleza (herausfordem) la que queda reducida a una suerte de reservorio (bestand) del que se extraen permanentemente los recursos que alimentan la actividad incesante de las producciones tecnológicas. Esto supone, como es fácil advertir, una radical transformación de la relación del hombre con la naturaleza [7]. 

    Pero solo a partir de la segunda mitad de la década del 70 del siglo pasado el problema de la técnica adquiere una notoria relevancia con la configuración del fenómeno de la llamada tecnociencia. En esencia, esta tecnociencia es una suerte de compacto, de híbrido, entre la ciencia pura y la técnica; de hecho, esta hibridación supone una absorción de la primera por parte de la segunda dando lugar, de este modo, a un tipo de saber radicalmente operativo y práctico: por tanto, no es exagerado afirmar que la ciencia como teoría desaparece virtualmente, subsumida en el universo tecnológico. 

    Frente a este fenómeno son numerosos los autores que, desde perspectivas diversas, se han ocupado del tema elaborando lo que podemos llamar con toda propiedad una filosofía de la técnica. En este sentido merece particular mención el filósofo belga Jean Ladrière quien no solo ha insistido en destacar el carácter radicalmente operativo de la tecnociencia en detrimento del saber teorético, sino que ha señalado tres rasgos que la definen: ella es, en efecto, no ontológica, no ética, no dialógica: no ontológica en cuanto atiende exclusivamente a la operación sin tener en cuenta el sujeto sobre el que se ejerce dicha operación; no ética ya que se asume a sí misma como el único modo válido de racionalidad negando así cualquier otra forma de racionalidad que pretenda imponérsele; y finalmente, por la misma razón, resulta no dialógica ya que permanece cerrada en un solipsismo epistemológico que clausura toda posibilidad de diálogo [8]. 

    Esta digresión nos parece oportuna para contextualizar históricamente el texto pontificio y mejor apreciar su contenido y su propósito. La tecnociencia, fundamentalmente en estos tiempos, se ha impuesto no solo como un modo de conocimiento: ella se ha hecho, parafraseando a Ortega y Gasset, el proyecto de un nuevo tipo de hombre, el homo thecnicus. Los avances de la técnica, de una vertiginosa velocidad, no solo inciden en nuestros hábitos o en los nuevos modos de relación impuestos principalmente por la virtualidad sino, sobre todo, en el sentido mismo de nuestra existencia; el homo thecnicus al que aludíamos, resulta así un hombre descentrado, alienado de sí mismo, agitado, incapaz del silencio y de una genuina vida interior: tal la mutación antropológica que tan certeramente señalara Benedicto XVI [9]. 

    En este contexto que acabamos de reseñar, se comprende que cada nueva adquisición de la técnica se acompañe de una creciente preocupación. Esto es lo que ocurre en estos días con la inteligencia artificial, el último producto tecnológico que está literalmente revolucionando el mundo; es aquí, pues, donde encaja la Encíclica que tenemos a la vista.

    
III. La dignidad de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.
    
    Las reflexiones de León XIV tienen, como ya se dijo, una marcada impostación personalista que estructura todo el documento. El Papa destaca el costado ambiguo de la técnica y la dificultad de evaluar, en las presentes circunstancias, su impacto sobre la dignidad de la persona y la vida social orientada al bien común como a su fin propio. Es justamente en esta doble dirección, individual y social, en la que el texto pontificio se va desplegando, profundizando cada uno de estos dos aspectos.

    Si nos atenemos al plano individual, la preocupación del Papa se centra en salvaguardar la dignidad de la persona humana en un tiempo en que esa dignidad está en riesgo de eclipsarse ante nuevas formas de deshumanización: “es urgente -enfatiza- permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor” [10]. 

    En esta misma línea de custodiar la “magnífica humanidad” que nos ha sido dada en Cristo, el Papa levanta su voz contra los llamados transhumanismo y poshumanismo; ambos representan tendencias diversas, pero todas confluyentes en su intento de superar la condición humana, potenciando sus capacidades mediante la hibridación del cuerpo humano con la máquina. Incluso, en sus versiones más radicales, imaginan un punto en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva [11]. Verdadera locura que reflota, potenciado, el viejo sueño del superhombre.

    En el plano social, la Encíclica abre un amplio espectro de temas vinculados a la multitud de problemas, de tensiones y desequilibrios que configuran este complejo siglo XXI. Advierte el Papa, entre otras cosas, el peligro que representa el manejo de las nuevas tecnologías por parte de poderosos sectores y grupos privados que se sobreponen al poder y a la soberanía del Estado y monopolizan la información y la comunicación. La crítica del Papa se orienta de modo particular al orden económico construido sobre una supremacía absoluta del mercado. La justicia social es a menudo despreciada y combatida en la teoría y en la praxis de las corrientes económicas dominantes. Tampoco escapa a la inquietud papal el grave problema de las guerras con el consiguiente sufrimiento de poblaciones enteras obligadas a menudo a desplazarse, a perderlo todo, incluso la vida. 

    En definitiva, la pregunta es si la inteligencia artificial hace la existencia del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, más humana y más digna. Si la respuesta es afirmativa se podrá reconocer en ella una buena posibilidad para una reconstrucción según el modelo de Nehemías. Si, en cambio, es negativa, estaríamos frente a una nueva versión de Babel, tan grandiosa como inhumana [12].

    Pero el Papa no se limita a una mera crítica. Avanza en propuestas concretas dirigidas sobre todo a los gobernantes. Algunas de estas propuestas merecen toda la atención posible ya que apuntan no solo a asegurar el recto uso de la técnica sino a regular y controlar su desarrollo, tanto a nivel local como mundial, mediante acuerdos y alianzas entre los distintos actores en juego.

    Una conmovedora invocación a María cierra el documento. 
    

IV. Un fondo de sombras
    
    1. Estos son, sin duda, aspectos positivos que no pueden dejar de destacarse en un análisis objetivo. Pero, como ya adelantamos, estos aspectos aparecen en un contexto que hemos denominado un fondo de sombras. Tales sombras no son sino la expresión de la grave crisis que hoy sacude a la Iglesia. En este sentido, el Papa -triste es decirlo- cede a todos los tópicos de esta suerte de neo Iglesia, sinodal, antropocéntrica y ecológica, cada vez más alejada de la Iglesia de Cristo.

    En primer lugar, anotemos cómo concibe León XIV la Doctrina Social de la Iglesia. Esta Doctrina, en palabras textuales, “surge de una Iglesia que camina con la humanidad”, “que se sitúa a la par del mundo sin imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón de la humanidad”. Se trata de un encuentro, de un dialogo del Evangelio con las realidades de cada época; “nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia”, por eso, ella se realiza en la historia en un proceso de discernimiento comunitario que concibe la verdad “como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar” y que “libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. La Iglesia, en definitiva, “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad. porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir” [13].

    No hace falta demasiado esfuerzo para advertir que nos hallamos ante una grave deformación de la naturaleza y de la misión de la Iglesia tal como Cristo la fundó y la quiso. Es cierto que la Iglesia opera en el mundo a modo de un signo sacramental que testimonia el misterio de Jesucristo y acompaña a una humanidad caída que necesita del auxilio de la gracia que solo ella puede transmitir. Pero esto supone, ante todo, una actitud magisterial desde el momento que el Señor no envió a sus discípulos a dialogar sino a enseñar para que el mundo crea y se salve ya que la misión magisterial está inescindiblemente unida a la misión salvífica porque “el que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado” (Mateo 16, 16). Una Iglesia que renuncia a defender la verdad, siempre asediada por las puertas del infierno, es sencillamente una Iglesia que ha abdicado de sí misma. Esta Iglesia que solo acompaña y camina al costado del mundo, es una Iglesia que ha abandonado su sitial de maestra y de madre. 

    La conclusión, diríamos inevitable, de esta eclesiología distorsionada no podía ser otra que esta sinodalidad asfixiante (en la que el Papa insiste hasta el límite de lo soportable) que subvierte la estructura jerárquica de la Iglesia y la convierte en una suerte de asamblea democrática donde, a imitación de la sociedad civil, se busca la participación, la inclusión y la toma conjunta de decisiones. 

    Este mimetizarse con el mundo supone también asumir los lugares comunes impuestos por la propaganda y la mentalidad dominante. Ya no hay lucha “entre buenos y malos”; por el contrario, se renuncia explícitamente a toda actitud de resistencia al mal, pues todo se diluye en una confusa fraternidad, en el dialogo entre todas las religiones, todas iguales, según el “espíritu de Asís”. Es imposible no preguntarse dónde ha quedado la palabra de la Escritura: milicia es la vida del hombre sobre la tierra (Job, 7, 1). 

    En consonancia con esto el ideal de una Civilización Cristiana ha sido sustituido por una difusa “civilización del amor”, expresión ambigua y equívoca que se presta a multitud de interpretaciones; ya no se busca levantar y reedificar la Civitas Christiana que tantos bienes trajo al mundo, sino construir una sociedad pluralista en la que la Iglesia es solo una voz, una más en medio de las tantas que se mezclan como las lenguas en la Torre de Babel. 

    Súmese a esto un pacifismo ingenuo y utópico -que no ha hecho otra cosa que multiplicar las guerras- que llama a condenar de modo absoluto y sin precisiones toda guerra emprendida en nombre de Dios y a superar la noción de guerra justa como si fuera posible borrar de la historia Lepanto, la Guerra Cristera o la Cruzada Española; o dejar de lado rica doctrina elaborada a través de los siglos; como si fuera posible desentenderse de las enseñanzas de los Padres, de los escolásticos medievales y de los grandes pensadores de la Escuela de Salamanca que dieron origen al moderno derecho de guerra.

    Añádase una falsa idea de que el hombre de nuestro tiempo ha adquirido una mayor y positiva conciencia de su dignidad; el elogio de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, de incuestionable raigambre masónica, como un faro que ilumina a la humanidad de este tiempo; la exaltación a la categoría de arquetipos de personajes dudosos por decir lo menos: Luther King, Nelson Mandela, Dorothy Day, Maria Sk?odowska-Curie (¿no hubiera sido más justo señalar como modelo de científico a Jérôme Lejeune?), Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y, para dolor de los argentinos, la reivindicación del falso mártir Angelelli.

    No podemos dejar pasar por alto el increíble pedido de perdón por no haber sido capaces de oponernos a la esclavitud hasta el siglo XIX, grueso error histórico solo atribuible a una suerte de complejo de culpa ante las falsedades de las leyendas negras [14]. 
    
    2. Podemos seguir enumerando sombras. Pero es necesario ir a la raíz última de todas ellas si en verdad estamos dispuestos a superarlas. Esa raíz reside principalmente en la inteligencia. El problema fundamental, aunque suene paradójico, no es la inteligencia artificial sino la inteligencia del hombre afectada de una grave debilidad. El pensamiento posmoderno ha declarado la debilidad del pensamiento, debilidad que consiste en el expreso rechazo de toda posibilidad de conocer la realidad y de adecuar a ella nuestro intelecto. Los mentores de este pensamiento débil no creen en la verdad como la adaequatio rei et intellectus. El problema es, en el fondo, metafísico: la realidad del ser, objeto propio de la inteligencia, es desplazado del horizonte de la razón. Por eso, ella se debilita por falta de un sustento ontológico a la par que estrecha cada vez más su capacidad de abarcar la realidad. 

    De esta manera, cae la razón metafísica y con ella, en sucesivas etapas, la razón antropológica y la misma razón ética: solo queda en pie la razón técnica. Aquí reside la raíz última del problema de la técnica. Desgraciadamente, el pensamiento católico no se ha sustraído a este proceso; hoy asistimos a una alarmante debilidad del pensamiento católico y a un lamentable eclipse del intellectus fidei.

    Por eso, el único camino posible para superar nuestras dificultades es ampliar la razón, restituirle su horizonte natural rehabilitándola en el hábito de las distinciones últimas y de los principios primeros. Benedicto XVI vio con particular lucidez este problema. En su célebre Discurso en Ratisbona lo expresó de manera clara e inconfundible: “La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso […] Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir su horizonte en toda su amplitud” [15].

    Esta es la gran tarea que como católicos nos aguarda. En la medida en que seamos capaces de abrir en toda su amplitud el horizonte de nuestra razón uniéndola a la fe, se disiparán las sombras y seremos, como nos lo pide el Señor, sal de la tierra y luz del mundo. 





_______
Notas:

[1] Magnifica humanitas, 1.

[2] Magnifica humanitas, 7. 

[3] Magnifica humanitas, 128. 130, 

[4] Magnifica humanitas, 1, 

[5] Magnifica humanitas, 3. 

[6] Cf. LEWIS MUMFORD, Técnica y civilización, Madrid: Alianza, 1998.

[7] Cf. MARTÍN HEIDEGGER, “La pregunta por la técnica”, en Filosofía, Ciencia y Técnica, tercera edición, Santiago de Chile, 1997 (113- 142).

[8] Cf. JEAN LADRIÈRE, Les enejas de la rationalité. Le défi de la science aux cultures, Aubier, Paris, 1977.

[9] SS BENEDICTO XVI, Homilía pronunciada en la iglesia de la Cartuja de Serra San Bruno, 9 de octubre de 2011. 

[10] Magnifica humanitas, 15. 

[11] Cf. Magnifica humanitas, 116. 

[12] Cf. Magnifica humanitas, 129.

[13] Cf. Magnifica humanitas, 20, 25, 27. 

[14] Cf, Magnifica humanitas, 176, 

[15] SS BENEDICTO XVI, Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006.







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