
luces y sombras en la Encíclica inaugural de León XIV
Mario Caponnetto
Finalmente, el pasado 25 de mayo la Santa Sede dio a conocer la esperada primera Carta Encíclica de León XIV: Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El tema estuvo presente en la preocupación del Santo Padre desde el inicio de su Pontificado. De hecho, la misma adopción del nombre respondió a esta inquietud: así como León XIII afrontó en el siglo XIX la cuestión social en Rerum novarum, ahora se hace necesario, a ejemplo de aquel gran Pontífice, hacerse cargo de las novedades del siglo XXI centradas fundamentalmente en el grave problema que representan las nuevas tecnologías, en especial la llamada inteligencia artificial.
El desafío que supone este artefacto -cuya aparición se inscribe en el contexto más amplio de una cultura dominada por una suerte de imperialismo de la ratio technica- es uno de los grandes temas de este tiempo. Nada podía ser, pues, más oportuno y necesario que una directa intervención del Magisterio capaz de iluminar con la luz del Evangelio y la doctrina perenne de la Iglesia tan ardua y difícil cuestión.
Sin embargo, una atenta lectura del documento, hecha con espíritu filial y una sincera disposición a un obsequioso asentimiento al magisterio ordinario tal como lo pide la Iglesia, no puede dejar de advertir que en este texto aparecen destellos de luz que se recortan en un fondo de sombras. Lejos de nuestra intención cuestionar la autoridad del Papa: pero precisamente la fidelidad a la Iglesia, a su constante enseñanza y al mismo Papado nos obliga, en conciencia, a una respetuosa recepción crítica que procuraremos exponer del mejor modo posible.
I. Dos imágenes bíblicas: dos actitudes del hombre
El texto se abre con una evocación de dos imágenes bíblicas que resumen en sí dos actitudes del hombre: “levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” [1]. La primera actitud se corresponde con el pasaje de Génesis 11. 1-9 que relata la decisión de los hombres, establecidos en la llanura de Senaar, de levantar una ciudad y una torre cuya cúspide fuese capaz de alcanzar el cielo. Es la imagen del hombre autosuficiente que solo confía en sus fuerzas y prescinde de Dios. La conclusión es una sola: el enorme engaño de una humanidad que acaba sumida en la confusión de las lenguas y en la dispersión. La segunda actitud se ve reflejada en el pasaje de Nehemías 2, 18, 20: Nehemías regresa a Jerusalén y a la vista de la ciudad devastada convoca a los israelitas a reedificarla desde sus ruinas, convencido de que “el Dios del cielo nos dará buen éxito”. Es exactamente la actitud opuesta: la del hombre que levanta la ciudad terrena bajo la mirada de Dios y para su gloria.